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Domingo 27.12.2020 - Última actualización - 11:37
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Peisadillas

Las bolas y el viento (sucundun, sucundun)

 Crédito: Archivo El Litoral
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Peisadillas Las bolas y el viento (sucundun, sucundun) Más allá de la simbología cristiana, nuestras navidades son de reencuentro, de empatía, de sentirnos más familia y más argentinos.

"Al igual que la enfermedad y la tristeza, no hay nada en el mundo tan irresistiblemente contagioso como la risa y el buen humor". Charles Dickens

 

Y llegó nomás, como quien no quiere la cosa, la Navidad llegó. Llegó sin mucha alharaca, sin tanta pompa y circunstancia. Es entendible, la perra enfermedad del Covid-19 (con perdón de nuestras amadas mascotas, pero si digo algún que otro epíteto para putear la pandemia me va a saltar a la yugular algún movimiento en defensa de algo/alguien/algunos/as/es). Las condiciones de salubridad archiconocidas, las pérdidas irremediables, los bolsillos llenos de aire y las futuras cuentas por pagar, atentaron contra la felicidad y la voluntad que generalmente rodea a la nochebuena. Cuando leas este texto, querido/a lector/a, ya habrá pasado una noche de la noche vieja, y el estático arbolito, con las bolas al viento –fuerte- que azotó en la semana previa en algunas zonas de la ya castigada Argentina, quizás haya dejado en nuestros corazones algo más que una Navidad para recordar o para olvidar.

 

Las navidades, históricamente, siempre fueron el pretexto para unir a la familia que a lo largo del año tuvieron algunas, ínfimas, diferencias. Y es el momento perfecto para saber si la nuera, "esa yegua" (creo que va a ser la sociedad protectora la que me va a saltar a la yugular… yo sigo) va a levantarse a ayudar porque siempre se hace la tonta –léase boluda- y no es capaz de dar una mano, esa que ostenta con uñas esculpidas llena de brillitos; sí el tío, el borracho ese, el que más chupa, va a volver a mamarse y a ponerse los dientes en la ilustre y lustrosa pelada, haciendo de payaso y de receptor de las indisimuladas patadas de la tía que seguramente y a altas horas de la noche también va a caer en las garras de ese tío cuya libido aumenta conforme aumenta el grado etílico en sangre; si el yerno, ese tacaño, va a traer el champagne más barato, comprado en oferta y promoción, pero va a tomar el de marca francesa original, de la bodega más famosa y prestigiosa, aludiendo que si toma la marca que el trajo, le producirá acidez estomacal; y lo niños, esas ricuritas exaltadas y siempre inquietas, que adornan con sus gritos desaforados y excitados junto con los relajantes sonidos de chin-chines de entrechocar de copas, del dulce tañido de campanitas colgadas a la buena de la brisa en las ventanas junto a los cactus y suculentas y, cuando no, el repetitivo tun-tun de la cumbia puesta en asesinos decibeles del vecino que estrena ese parlante gigante con luces de led y control que sólo tiene un botón, repetir siempre el mismo tema. Una y otra vez, y otra, por si te quedaste sin escucharla en alguna de las setecientas cinco veces anteriores.

 

En ese rincón: la mesa de los chicos

 

La mesa de los chicos en apariencia siempre es la solución al futuro desorden que es ordenar las fiestas navideñas, siempre respecto a la visión de los grandes y a los denodados esfuerzos de separar la algarabía infantil de la algarabía adulta. Gran error. La mesa de los chicos es uno de los grandes problemas de B.U.F.O.N (Banda Unida de Familiares Organizadores de Navidad). A saber, la mesa de los más pequeños se soluciona con: vasos irrompibles, platos irrompibles, cubiertos de uso diario, servilletas de papel y un mantel plástico descartable aguantador de derrames y/o roturas con variadas y coloridas imágenes navideñas, jugos en jarra y gaseosas varias. Primer problema, los adolescentes y pre adolescentes, esos energúmenos imberbes a los que todo les molesta, ellos, pobres desentendidos de la sociedad que está en contra de sus preceptos, no se sienten chicos y, por ende, estar con sus hermanitos y primitos es algo así como una tortura, es para ellos estar en su más temido infierno: vivir en una isla sin internet, dispositivos móviles y exentos de consolas de juegos. Otro dilema de estos dolientes seres que pueblan las habitaciones con puertas cerradas, es que también les molestan los adultos. Esos barrigones tomadores de cerveza que con sus chistes que suenan fuera de tiempo, con esas harto repetidas anécdotas escuchadas una y otra vez a lo largo de las navidades pasadas, con sus cargadas y la consabida frase familiar de "pero qué grande que estás, ya se te notan los bigotes" o si es niña "pero ya estarás hecha toda una señorita, debes tener noviecito ya". Los/as adolescentes serán puestos en la zona que bien podría llamarse el limbo, un par de sillones, una mesa ratona, o la punta de la mesa de los adultos, separados por la brecha etaria e ideológica, y unidos por alguna que otra bebida cola que disimule el "ferné" para tomar a escondidas que el tío piola le paso de contrabando o sus primeros sorbos de sidra.

 

Distribuidos en sus lugares respectivos, acercándose a la medianoche, se produce el fenómeno más hermoso de la navidad: la apertura de los regalos y el brindis –o viceversa- y la emoción se hace presente; se nota en los más viejos, inducidos por los recuerdos, por el exceso de alcohol o sencillamente y, lo más importante, ver la familia en todo su esplendor, con auténticos gritos de algarabía, fundidos en abrazos largos e intensos, regalándose de corazón por los buenos deseos, unidos por recuerdos comunes, olvidados los recelos, desplazadas las diferencias, las lágrimas decoran los ojos de nuestros seres queridos, es la navidad, la natividad, el nacimiento. Más allá de la simbología cristiana, nuestras navidades son de reencuentro, de empatía, de sentirnos más familia y más argentinos. Si bien es una fiesta religiosa, en las mesas navideñas no se habla ni de política ni de religión.

 

En "Un cuento de navidad" del escritor británico Charles Dickens, al agrio personaje Scrooge lo visitaban tres fantasmas; el fantasma de la navidad pasada, el de la navidad presente y el de la navidad futura. La historia es simple y se las hago corta, Scrooge era un prestamista amargo y amarrete que vivía en una lúgubre casa oscura y triste; odiaba la época navideña y todo lo que ella producía en la gente. Con la visita de los fantasmas, el personaje descubre todo lo bello de la navidad, rescatando las esperanzas, los buenos deseos, la familia y el calor del hogar. Un clásico, una alegoría de un cuento que a lo largo de los años cobra más significado, rescatarse de las miserias, unir a la familia y gozar de una de las pocas alegrías que el mundo comparte desde hace siglos.

 

Es una navidad distinta, pero por más que tengamos las bolas por el piso de esta pandemia, espero que hayan tenido una feliz Navidad. Ahora sí, que venga el año nuevo, ¡no te tenemos miedo 2021!

 

La mesa de los chicos en apariencia siempre es la solución al futuro desorden que es ordenar las fiestas navideñas, siempre respecto a la visión de los grandes y a los denodados esfuerzos de separar la algarabía infantil de la algarabía adulta. Gran error.

Los/as adolescentes serán puestos en la zona que bien podría llamarse el limbo, un par de sillones, una mesa ratona, o la punta de la mesa de los adultos, separados por la brecha etaria e ideológica

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