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Sábado 02.01.2021 - Última actualización - 19:57
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Peisadillas

Ya fue…

"La persistencia de la memoria", de Salvador Dalí.
Crédito: Archivo El Litoral

"La persistencia de la memoria", de Salvador Dalí. Crédito: Archivo El Litoral



Peisadillas Ya fue… Si hablamos de un mal sueño, el 2020 fue una larga noche negra, fue la peor de las pesadillas que la humanidad vivió en las últimas décadas. Hoy estamos desperezándonos del año que se fue, pero la resaca de todo lo malo que pasó aún nos acompaña.

"Demos tiempo al tiempo: para que el vaso rebose, primero hay que llenarlo", Antonio Machado.

 

Los sueños no tienen tiempo, no se rigen por segunderos ni minuteros, no tienen métrica ni respetan convencionalismos, no son lineales ni temporales, generalmente sus finales son abruptos y carecen del "fade out" (fundido) con el que finalizan las películas. En ese divagar onírico se me representa el tiempo como los relojes derretidos del conocido cuadro de Dalí "La persistencia de la memoria". El tiempo, como los sueños, no se pueden atrapar. Los nativos Ojibwas, pertenecientes a América del Norte, utilizaban un amuleto circular con tejido interior con forma de telaraña y plumas, que era utilizado, según sus creencias, para atrapar a los malos sueños; algo así como un filtro para pesadillas, je. Pero el mito que nace de la leyenda de los "atrapasueños" (dreamcatcher) nos grafica la obsesión del hombre con los sueños y el miedo inmanente a las pesadillas. Y si hablamos de un mal sueño, el 2020 fue una larga noche negra, fue la peor de las pesadillas que la humanidad vivió en las últimas décadas. Hoy recién estamos desperezándonos del año que se fue, pero la resaca de todo lo malo que pasó aun nos sigue acompañando, pues el tiempo, señoras y señores, es relativo.

 

Pero el almanaque, que es determinante, nos dice que se fue nomás. Ya está, "ya fue" dicen los chicos. Lo fáctico es que el 2020 ya no existe más, aquel año (utilizo la palabra "aquel" como recurso temporal, pero está tan presente que todavía duele) comenzaba con renovadas ilusiones, con toda esa carga emocional y la curiosidad con la que nos recargamos en cada comienzo de algo. Con la ansiedad propia de lo que iba a deparar ese año que arrancaba desde el vamos con aquella –muy lejana– especie de gripe china, tan lejana la veíamos que no la vimos venir; y que cuando la tuvimos (sin verla porque es tan invisible), ya fue tarde.

 

Ese año que convergía con esa mezcla de esperanza renovadora de un nuevo gobierno frente a un desgastado y endeudante gobierno en retirada. Las fiestas habían pasado casi en silencio, pues en Santa Fe se vivieron bajo la ordenanza de pirotecnia cero, si bien uno que otro cuete se dejaba oír, se despedía un año signado por el desgaste y el cansancio natural, sumado al tedio que siempre se nos representa en los años electorales. Apenas pasados unos días, el mundo se despertaba con la noticia del asesinato de un alto jefe del ejército Iraní, Qasem Soleimani, que había sido alcanzado por un misil guiado. Las imágenes posteriores al asesinato, mostraban a un exultante y despelucado -el ahora ex presidente "Trumpita"– exageradamente histriónico, orgulloso y canchero frente a sus odiados periodistas. "The work is done" (el trabajo está hecho), demostrando una vez más esa arraigada y vieja costumbre yanqui de hacer la paz con la violencia, de matar para que ellos sigan viviendo "the american way", siempre arrogándose el derecho auto-instituido sobre las demás sociedades, sean democráticas o no.

 

Por aquellos primeros días del peor año de nuestras vidas, ardía Irán y ardía Australia. Las imágenes satelitales mostraban al lejano continente consumiéndose en llamas; las especies autóctonas desaparecían de a millones devoradas por el fuego. Nada bueno podía salir de todo esto, y lo que ahora parece anecdótico, fue una cabal muestra de lo que vendría, era la antesala del infierno, solo era la punta de la mecha.

 

Las ilusiones de un buen año caían como el Helicóptero que transportaba a una de las más famosas y admiradas figuras del básquet, Kobe Bryant desaparecía junto a su hija adolescente en un accidente aéreo. Y ahí nomás, sobre el pucho y el calor de los incendios, los chinos daban a conocer que las muertes producidas por neumonía eran responsabilidad de esa nueva gripe que pasaría a llamarse Covid19. En esos días la OMS (Organización Mundial de la Salud) declaraba la emergencia internacional alertando la rápida propagación del virus. Muy a destiempo en tiempos de las comunicaciones y de la globalidad de la aldea.

 

Con incierto desconcierto los "miedos de comunicación" intentaban informar lo que sucedía con esa gripe mortal; algunos periodistas se transformaban en epidemiólogos, médicos de salud; "opinólogos" y "sabelotodólogos" varios visitaban los canales y estudios de radio para dar a conocer su versión de lo que de un momento a otro iba a ser una realidad y un problema nacional.

 

Alberto Fernández, el número uno o dos de los F (según desde donde se mire y de quién lo cuente) anunció en conferencia de prensa allá por el día 19 de marzo, una cuarentena a nivel nacional, con distintas fases y/o restricciones que dependían de cada provincia. La medida fue conocida como "Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio". Palabras más, palabras menos, la medida que fue tomando diferentes alcances según cada provincia. El período comprendido entre el 20 de marzo que llega hasta nuestros días con el nombre de Reapertura Progresiva o Nueva Normalidad se hizo conocida por la voz del pueblo –vox populi- como "la cuareterna".

 

Muchos discutirán, grieta mediante, si la cuarentena obligatoria sirvió de algo o si gracias a esos preventivos días estamos viviendo con menos números de infectados y víctimas de lo que hubiera sido si no se hubiera implementado; lo cierto es que el virus sigue, los sanos no paran de ser contagiados y las víctimas cada vez son más.

 

Pero hoy, querido/a lector/a; hoy es otro día de otro año; hoy el 2021 comienza con esperanzas renovadas. La vacuna, sea cual fuere su país de origen, es parte de esa esperanza ¿será el principio del fin? Solo el inalterable paso del tiempo dirá si será posible empezar a vivir la normalidad con la que estábamos acostumbrados hasta aquel lejano/cercano enero del 2020.

 

Por lo pronto, el 2021 ya está en marcha y roguemos por que los chinos de China (no quiero que el super "de la vuelta" me considere persona no grata) no hayan ampliado sus gustos gastronómicos en estas festividades… no vaya a ser que se hayan comido un grillo (ortóptero) mutante o una ensalada murciélagos y palomas y terminemos peor que el 2020, año olvidable y que gracias al almanaque que me regalaron en la gomería, ya se fue.

 

El tiempo, como los sueños, no se pueden atrapar. Los nativos Ojibwas, utilizaban un amuleto circular con tejido interior con forma de telaraña y plumas, que -según sus creencias- atrapaban los malos sueños; algo así como un filtro para pesadillas.

Si hablamos de un mal sueño, el 2020 fue una larga noche negra, fue la peor de las pesadillas que la humanidad vivió en las últimas décadas. Hoy estamos desperezándonos del año que se fue, pero la resaca de todo lo malo que pasó aún nos acompaña.

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