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Lunes 04.01.2021 - Última actualización - 05.01.2021 - 10:23
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LITERATURA

Los rituales masculinos y la intensidad de la isla

La última novela de Selva Almada, "No es un río", cierra su trilogía sobre el universo de los varones que comenzó con "El viento que arrasa". Pero propone esa revisión en un espacio natural recóndito.

"No es un río" es la nueva novela de Selva Almada, que fue concebida a modo de cierre de una trilogía "de varones".
Crédito: Editorial Random House

"No es un río" es la nueva novela de Selva Almada, que fue concebida a modo de cierre de una trilogía "de varones". Crédito: Editorial Random House



LITERATURA Los rituales masculinos y la intensidad de la isla La última novela de Selva Almada, "No es un río", cierra su trilogía sobre el universo de los varones que comenzó con "El viento que arrasa". Pero propone esa revisión en un espacio natural recóndito. La última novela de Selva Almada, "No es un río", cierra su trilogía sobre el universo de los varones que comenzó con "El viento que arrasa". Pero propone esa revisión en un espacio natural recóndito.

 

"No es un río" comienza con una imagen tan potente como premonitoria: tres hombres (Enero Rey, el Negro y Tilo) se esfuerzan desde el reducido espacio de un bote para extraer una raya de enormes proporciones del fondo del río. En esa lucha, que también los obliga a mirarse hacia adentro y revisar sus propias debilidades, se sintetizan en cierto modo las fuerzas que permanecerán en tensión durante toda la novela. La última que escribió Selva Almada y que representa de algún modo el cierre de la trilogía que comenzó con "El viento que arrasa" y prosiguió con "Ladrilleros", donde la autora entrerriana revisa, con una mirada ácida que nunca pierde de vista la belleza formal, el universo de los varones con sus rituales y tradiciones.

 

A través de una prosa que por momentos remite a Juan José Saer (en su descripción bien precisa de la isla, separada del continente por mucho más que un tramo de agua), en otras a Horacio Quiroga (el destino trágico de varios de los personajes y el poder inquietante de la naturaleza) y hasta a Juan Rulfo (lo cotidiano se vuelve misterioso), Almada construye una historia que, en su brevedad y economía narrativa, resuena en distintos lugares. Le bastan un par de párrafos para trasladar al lector hasta el mediodía brillante y pegajoso de la costa, el atestado zaguán de la casa de un curandero donde un grupo de niños quiere ir a preguntar por el sueño de uno de ellos con el Ahogado, a un rancho con paredes descascaradas donde una mujer trata de disipar sus penas, a un baile pueblerino donde los ánimos se caldean en un abrir y cerrar de ojos o una precaria provista donde corren el alcohol, el juego y las pasiones.

 

 

Dentro y fuera

 

 

Almada posa su mirada en diversas temáticas, que van desde el amor, la violencia, el sexo, los celos, la muerte, la culpa y hasta el aborto. Pero hay una mirada más exhaustiva sobre una serie de rituales que, por tradición y costumbre, se volvieron esencialmente masculinos. El viaje de pesca a la isla (que, como dice uno de los personajes, es la excusa para escaparse de la rutina y poder "chupar" tranquilos). La salida grupal a los bailes como un modo de eludir las responsabilidades del trabajo y la familia. La "joda" como un signo de virilidad. La amistad varonil y su muchas veces lábil basamento, más centrado en sostener una apariencia que en un afecto sincero. Enero Rey y el Negro han perdido a su amigo Eusebio, ahogado en el río en un confuso episodio. Y ahora llevan a Tilo, el hijo adolescente de Eusebio, a pescar con ellos en una especie de "iniciación" que pretende dar continuidad a una ceremonia con códigos muy precisos, que parece transmitirse de una generación a otra. En la cual las mujeres quedan afuera y no son más que catalizadores de algunas peleas.

 

Pero hay más. Almada incorpora a la isla con sus lugareños como algo mucho más complejo (y, en un punto, tenebroso) que un mero contexto donde se desarrolla la acción. Así se introducen en la trama Siomara, una mujer abandonada por su marido que busca en el fuego una forma de exorcizar sus demonios internos. Sus dos hijas adolescentes, Mariela y Lucy que representan el carácter salvaje, exuberante, seductor y finalmente trágico del lugar. Aguirre, quien conoce el monte como la palma de su mano y se siente amenazado por esos "invasores" capaces de ingresar en su comarca ("No es un río, es este río", reflexiona en un momento, aportando el título al libro) sin respetar sus leyes. Y César, quien encuentra en la brutalidad el único modo de mantener su liderazgo en un ambiente profundamente machista.

 

 

Universal

 

 

Sin embargo, son el río y el monte, en realidad, los protagonistas de la novela. El primero marca el límite que deben franquear Enero, el Negro y Tilo para llegar hasta la isla, a la postre una especie de fortaleza. El segundo, una fuerza viva que tanto colabora con los propios (de los cuales, como dice la autora, muchos han sido engendrados y paridos "entre los sauces, los alisos, el espinillo y los lapachos de fuego rosado") como expulsa a los ajenos. "Este hombre no es del monte y el monte lo sabe. Pero lo deja. Que se meta, que se quede el tiempo que le lleve juntar leña. Después, el propio monte va a escupirlo, los brazos llenos de ramas, otra vez hacia la orilla", dice Almada en un tramo de su obra. Ese monte es como un monstruo inmenso capaz de tragar a sus presas si es necesario. Y, por eso, debe ser respetado como si fuera un templo. Las tribulaciones de los humanos tienen que resolverse afuera. Con gran habilidad, Almada proyecta desde un ambiente tan puntual como la isla una mirada que adquiere universalidad.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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Autor:

Juan Ignacio Novak


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