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Jueves 07.01.2021 - Última actualización - 17:32
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Crónicas santafesinas

"La historia de una ciudad…"

El Chajá Ferreyra. Crédito: Archivo El LitoralEl Chajá Ferreyra.
Crédito: Archivo El Litoral

El Chajá Ferreyra. Crédito: Archivo El Litoral



Crónicas santafesinas "La historia de una ciudad…"

I

 

"La historia de una ciudad es también la historia de sus crímenes". Cito de memoria y la frase pertenece a un escritor español cuyo nombre se me escapa. Y es verdad. "La historia de una ciudad es también la historia de sus crímenes". Puede que no sea una verdad agradable, porque la sangre y la muerte nunca son agradables aunque, como bien sabemos, están presentes en la historia con sus cuotas de dolor, locura y luto. Se dice que los crímenes, los denominados crímenes privados, obedecen a un puñado de pasiones. Se mata por odio, se mata por amor, se mata por dinero. En esa escala hay matices, pero en lo fundamental allí están las causas de los crímenes. Aquellos asesinatos trágicos, esas verdaderas carnicerías suelen estar más motivados por esta relación odio-amor que en algún momento se desliza hacia la locura, que por algún interés económico.

 

II

 

Tres "casos" tiñen de rojo la crónica santafesina de los últimos veinticinco años. Se los conoce por sus protagonistas. En 1995, Marcelo Chajá Ferreira asesinó a una madre embarazada y sus cuatro hijos, además de violar a la hija de catorce años. En 2016, Marco Feruglio mató primero a su ex suegra y a su pareja y luego asesinó a su suegro y a su cuñada de 15 años. En 2017, Facundo Javier Solís asesinó a su ex esposa y a cuatro familiares de ella. Tres crímenes espantosos; en los tres casos no hubo intereses económicos de por medio, sino pasiones furiosas. Los responsables de estos asesinatos viven, son relativamente jóvenes y están cumpliendo su condena en la cárcel. No es mi interés en esta nota debatir acerca de los marcos jurídicos no porque no tenga importancia sino porque exceden mis conocimientos, pero sobre todo porque me interesa abordarlos más desde la crónica histórica y social, incluso desde el asombro, que desde el derecho.

 

III

 

En el tema que nos ocupa, la autoría de los crímenes ha sido tan evidente, el derramamiento de sangre tan escandaloso que nadie puso en duda que los responsables debían ir a la cárcel y pagar con prisión perpetua su atrocidades. Ni la autoría de los crímenes ni las condenas están puestas en discusión, pero sí queda abierto el interrogante acerca de por qué suceden estas cosas, por qué en el caso de Feruglio y de Solís, dos personas sin antecedentes penales hasta ese momento, se transforman en máquinas furiosos de matar. Sé que estas preguntas admiten varias respuestas, pero ninguna termina de conformar porque me temo que estas conductas no tienen explicación posible. Crímenes inexplicables y al mismo tiempo imperdonables. Otros datos importan registrar. En el caso de Feruglio y Solís se trata de crímenes pasionales. Los autores del crimen son personas que con las modalidades del caso pertenecen a la clase media, fueron criados en el seno de familias trabajadoras, decentes que aún hoy no alcanzan a explicar por qué ocurrió lo que ocurrió. En el caso del Chajá Ferreira estamos ante lo que se podría calificar como un marginal decidido a matar sin inhibiciones y sin culpas. Una observación importa: en los tres casos, las autoridades policiales e incluso judiciales dispusieron de información acerca de la potencial peligrosidad de los asesinos. Los tres, Ferreyra, Feruglio y Solís habían sido denunciados por sus futuras víctimas. Y otro detalle significativo: los tres crímenes se cometieron en el mes de diciembre, el caluroso y húmedo diciembre santafesino, el último mes de año, el mes de las fiestas, de las despedidas, de las reuniones familiares, el mes que se asimila a la paz, la alegría y el amor. No creo que un mes sea responsable de tragedias de este tipo, pero sí me importa señalar esta coincidencia. Quienes recordamos aquellos episodios tenemos presente –yo por lo menos lo tengo- haber comentado, consternados, en la mesa de navidad o de año nuevo las peripecias de estos dolorosos episodios.

 

IV

 

Marcelo Chajá Ferreira se fugó de la cárcel de Las Flores el 1 de diciembre de 1995. Lo hizo con cuatro "compañeros" más. Para entonces tenía treinta años y estaba cumpliendo una condena de 18 años por robo y violación. Inicialmente estuvo en la cárcel de Coronda, pero de allí fue trasladado porque los presos lo acusaban de delator (una escoria social es escoria social a tiempo completo). En Las Flores, parece que temiendo alguna venganza carcelaria se decidió aislarlo, aislamiento que concluyó con la disponibilidad de comodidades insólitas para un personaje de esa calaña. Su condición manifiesta de confidente policial y la acechanza de un ajuste de cuentas le permitió establecer relaciones "amistosas" con los carceleros, relaciones que le permitieron preparar la fuga. Dos semanas estuvo el Chajá Ferreira en libertad y en ese tiempo no dejó atrocidad sin cometer. Y el territorio de sus atrocidades fue la ciudad de Recreo. Seguramente no hubo complicidad institucional en su fuga y mucho menos en los posteriores asesinatos, pero hubo desidia e ineficacia profesional. De Chajá ya se sabía que era peligroso y jamás le deberían haber permitido disponer de los privilegios que dispuso en la cárcel. Pero lo grave es que luego de la fuga se hizo poco y nada para capturarlo. Chajá nunca fue más allá de Recreo. Ni la inteligencia ni los recursos se lo permitían. Y sin embargo, en su detención estuvo más presente la casualidad que la investigación. Como se sabe, Chajá ingresó a la casa de una familia vecina. Allí asesinó a Nélida Susana Toledo de Vega, embarazada de siete meses y a sus hijos, Alberto, de 11 años; Daniel, de 10; Sebastián, de 8 y Cristián de un año y medio. Esta espantosa orgía de sangre estuvo acompañada de alcohol y otros estimulantes (¿cocaína, paco, pastillas?) y la violación de Claudia Guadalupe Vega de 14 años. Cometida la carnicería y satisfecho sexualmente Ferreyra se durmió y en esas circunstancias Claudia se escapa por una ventana, se dirige a la casa de un tío policía que vivía en las inmediaciones y recién entonces interviene la fuerza pública. Chajá es detenido, pero cuando la policía ingresa a la casa se encuentran con ese cuadro de horror: la madre y los niños asesinados. Cuando le preguntaron por qué había matado a los niños, respondió sin alterarse, que si había matado a la madre no podía dejar a los hijos vivos. En la actualidad Ferreyra cumple la condena en un presidio de la provincia del Chaco.

 

V

 

El 24 de diciembre de 2016 el joven de 25 años, Marco Feruglio protagonizó un verdadero raid de sangre que se inició en Sauce Viejo y concluyó en Santa Fe. Cuatro muertos es el balance. La relación de Marco con su pareja Romina Duso, relación que incluía tres hijos, estaba rota, pero importa señalar que la tragedia final estuvo precedida de actos de violencia que Romina denunció en su momento. Feruglio no tenía antecedentes policiales. Pertenece a una familia de clase media de Santo Tomé y por declaraciones de sus amigos nada hacía esperar que en algún momento se transformara en un criminal alienado. Sus padres estaban consternados. "No somos asesinos", escribió su madre, para después agregar: "Yo no crie a un asesino". Y seguramente tiene razón ¿Y entonces? Imposible una respuesta. La pareja arrastraba problemas, se peleaban, se reconciliaban, conflictos habituales en muchas parejas pero que habitualmente no concluyen en una tragedia. ¿Entonces? No hay respuestas. Yo por lo menos no las tengo.

 

VI

 

El 29 de diciembre de 2017 Facundo Javier Solís, de 33 años, asesinó a su ex pareja Mariela Clarisa Noguera; a su madre, Generosa del Carmen Loseco; a su hermana, Sonia Isabel Noguera y a su hija mayor Ayelen Tamara Soto. El escenario del crimen fue el barrio Santa Lucia. La tragedia ocurrió a la hora de la siesta. La ex esposa de Solís había denunciado a su ex marido por violencia de género. Las denuncias fueron tomadas, incluso se estableció una restricción perimetral, pero a juzgar por los resultados, nada de ello impidió la tragedia. El padre de Facundo no podía ni con la pena ni con la culpa. "Mi hijo estuvo durante esas horas poseído por el demonio; era un monstruo", exclamó. Facundo era agente penitenciario y boxeador. Esta claro que ni el trabajo en penitenciaría ni el box tienen la culpa de lo sucedido. Como dije en su momento: crímenes imperdonables e inexplicables. Crímenes que ponen en evidencia lo oscuro, lo sórdido, lo siniestro, el instinto de muerte que muy a nuestro pesar suele acompañar la condición humana.

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