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Viernes 08.01.2021 - Última actualización - 09.01.2021 - 12:49
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LITERATURA

"El cardo en el lomo del rinoceronte"


“El cardo en el lomo del rinoceronte” de Alicia Acosta con fotografía de tapa de Pablo Aguirre. Foto: Gentileza UNL
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LITERATURA "El cardo en el lomo del rinoceronte"

 

Patricio Torne

 

En el 2020, el proyecto santafesino de Editorial Palabrava impulsó su colección “Rosa de los Vientos” que incluye libros de poesía y narrativa. Entre los libros de poesía, el último editado a fines de año fue “El cardo en el lomo del rinoceronte” de Alicia Acosta con fotografía de tapa de Pablo Aguirre.

 

Si nos dejamos llevar por el título de este poemario, es posible que descansemos en la idea de encontrarnos con un acto celebratorio anclado en el surrealismo. Sin embargo, no más iniciada su lectura, veremos que el lenguaje, lo que dice de un modo sucinto, no utiliza los mecanismos del azar para con ellos y, al decir de Pelegrini, poner en juego ciertas afinidades ocultas entre el hombre y el mundo que entrarían en el dominio de los mecanismos mágicos, sino, por el contrario, éste ha de tensarse sobre una realidad que, de tan evidente, se vuelve cotidiana transparencia o, simplemente, elegimos no tenerla en cuenta. Es aquí donde radica la potencia poética de Alicia Acosta, alguien que hace mucho tiempo viene macerando una palabra sustantiva; que apenas si dio muestra de ello en publicaciones compartidas, y hoy se exhibe enteramente con un volumen que reúne los poemarios “Instantáneas”, “La barca de la pena” y el que da título al libro, gracias a Editorial Palabrava, que la incluye en esa preciosa colección que es “Rosa de los vientos”.

 

Leer a Alicia Acosta es adentrarse en una tradición poética muy santafesina; es encontrarse con Beatriz Vallejos, el Kiwi y, me atrevo a decir, con el Juan Manuel Inchauspe, seco y despojado que alguna vez dijera “Hasta el mismo corazón parece estar fuera de su centro”.

 

La poesía, ya sabemos, no se escribe en virtud de lo placentero, sino como causa de una potencia imposible de contener, y en estos poemas esa potencia trae consigo la fragilidad de alguien a la que “Algunas veces/ Él la toma/ de las manos y/ la conduce entre el canto/ de los grillos.// Entonces es la noche. / Sólo ve lo que imagina”. Pero también están esas instantáneas que el ojo registra perturbando el alma, y uno llega a pensar que es mejor no verlas, ahora transformadas en poesía como un modo de mitigar estos años, estos días, de pesadilla: “Pese a las sombras, el caballo ha visto/ la bolsa de basura./ Arremete a hocicadas, persistente y sin apremio./ Descubriendo sus dientes, alza la bolsa/ a la altura del lomo y la sacude/ de un lado a otro./ Cáscaras de fruta, latas y verduras pasadas/ salpican la vereda./ Hasta las bestias, cuando juegan,/ merecen un buen desayuno.”, escribe, haciéndonos pensar en estos tiempos donde el acto de escribir poemas, y tal como lo demuestra Alicia, es un gesto liberador; un modo de enfrentar el envilecimiento predominante que, más de una vez, también se presenta en forma de poesía.

 

Si bien el quehacer de Alicia Acosta es conocido en ámbitos de las artes visuales y audiovisuales por una prolongada docencia y el aporte a la realización documental, no es menos cierto que en este, su primer libro, está la confirmación de una voz poética tan madura como conmovedora.

 

En la década del 50, dijo Alfredo Hlito “resulta cada vez más difícil encontrar asociada la poesía -me refiero al poema escrito, no a la poética que informa todo proceso creador- con cualquiera de las manifestaciones visuales: pintura, escultura o arquitectura. En proporción, resulta mucho más frecuente encontrar asociados, por ejemplo, una escultura y un cepillo de dientes”. y esto, sin dudas, todavía hoy, es producto de los prejuicios que atraviesan los quehaceres artísticos, y muy particularmente el poético, esa manía de determinar lugares estancos para cada actividad, como quien determina que el cine, la literatura, la arquitectura, la escultura, etc. son países separados por fronteras a los que, para atravesarlas, hay que acudir a la gestión de algún canciller surgido de la academia. Claro que, en el caso de esta poeta, no es prodigio de la casualidad o los vasos comunicantes de la sensibilidad, por el contrario, ella viene ejerciendo su oficio desde hace largos años, sólo que no tuvo la oportunidad, las ganas o lo que fuere, de publicar sus textos, más allá de los que se conocieron en ediciones conjuntas.

 

Hoy los astros se alinean de modo tal que Palabrava nos ofrece este primer poemario de una poeta extraordinaria a la que hay que leer para comprender cómo la poesía puede salvarnos, aunque más no sea de nuestra propia torpeza, y ahondar, claro que sí, en eso que denominamos “tradición poética santafesina”. Porque “Entre un cielo de basura/ y el umbral de lo maravilloso.// Es bueno saber/ que aún tenemos tarea.”, diría, muy suelta de cuerpo, la misma Alicia.

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