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Viernes 19.02.2021 - Última actualización - 3:55
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Una historia que pocos conocen

Tayavek no se olvida de sus raíces

Su apellido es Gallizzi, su nombre Tayavek. El santafesino de 28 años ya se afianzó como uno de los referentes del plantel de la Selección Argentina. A los 10 años sufrió la inundación y hoy está en Colombia disputando la tercera ventana para clasificar a la Americup.

Hace 11 años. Tayavek Gallizzi ya comenzaba a tomar más seriamente al básquet, y en Macabi, a los 17 años, El Litoral lo premiaba por su gran presente.    Crédito: Archivo Hace 11 años. Tayavek Gallizzi ya comenzaba a tomar más seriamente al básquet, y en Macabi, a los 17 años, El Litoral lo premiaba por su gran presente.
Crédito: Archivo

Hace 11 años. Tayavek Gallizzi ya comenzaba a tomar más seriamente al básquet, y en Macabi, a los 17 años, El Litoral lo premiaba por su gran presente. Crédito: Archivo



Una historia que pocos conocen Tayavek no se olvida de sus raíces Su apellido es Gallizzi, su nombre Tayavek. El santafesino de 28 años ya se afianzó como uno de los referentes del plantel de la Selección Argentina. A los 10 años sufrió la inundación y hoy está en Colombia disputando la tercera ventana para clasificar a la Americup. Su apellido es Gallizzi, su nombre Tayavek. El santafesino de 28 años ya se afianzó como uno de los referentes del plantel de la Selección Argentina. A los 10 años sufrió la inundación y hoy está en Colombia disputando la tercera ventana para clasificar a la Americup.

29 de abril 2003. Santa Fe. Tayavek Gallizzi está lejos de ser el pivote duro de 2m06 que hoy en día se banca al grandote que le pongan enfrente, acá o en un Mundial. Tiene apenas 10 añitos y es un flaquito alto, de pocas palabras que está, temeroso y con ganas de llorar, en el techo de su casa en el barrio Santa Rosa de Lima. Allí se subió junto a su madre, hermana, hermano y dos perros luego de ver cómo el agua empezó a subir. La peor de las pesadillas ya es una realidad: la ciudad sufre la peor inundación de su historia y su hogar está bajo el agua.

 

"En cuestión de minutos pasamos de tener centímetros a superar los cuatro metros, llegando al techo. Nos quedamos a un costadito, juntitos, yo apenas con una bolsita negra con mi ropa, esperando que una lancha nos rescatara a tiempo. Una pasó y nos dijo que tenía sólo tres lugares... Mi mamá nos dijo que nos fuéramos, pero mi hermana se largó a llorar y no la quiso dejar. Fue una situación tremenda, muy angustiante. Con mi hermano nos fuimos y cuando nos bajamos, a mí me subieron a los hombros de un rescatista y a él lo perdí de vista. Yo terminé en el Hospital de Niños, solo, perdido, con mucho miedo, llorando mientras quería salir. Hasta que la madre de una amiga me reconoció y me presentó a un hombre de la Cruz Roja que me llevó a su casa. Tuve la suerte que yo justo me había quedado con el celular de mi madre, sin saber si estaba prendido. Y justo sonó. Era una tía? Me llevaron a su casa y ahí nos empezamos a juntar los familiares. Pero mi mamá y hermana no aparecían. Estuvieron dos días perdidas hasta que las encontramos en otro refugio. Recuerdo que cuando nos reencontramos, nos abrazamos tan fuerte que no nos queríamos soltar. Fueron horas difíciles, muy traumáticas. Tanto como los días posteriores. Porque luego volvimos a casa y habíamos perdimos todo. Un momento que no olvidaré nunca".

 

Gallizzi es de pocas palabras pero habla con detalle sobre aquellas horas que marcaron su vida. "Taya" se siente más cómodo hablando de su historia que de básquet. Porque, más allá de algunas carencias y sufrimientos, a la infancia la recuerda con felicidad y hasta añoranza. "Eramos de clase baja, mis padres tenían más de un trabajo para que pudiéramos comer. Mi vieja era enfermera y en los tiempos libres hacía pan casero para vender. Yo no me daba cuenta de muchas cosas, ni prestaba atención a lo que no tenía. Me ponía contento lo que sí tenía. Como ir a pescar. Para mí era como ir a una juguetería. A veces uno se queja de los viejos pero yo, de grande, entendí los sacrificios que hicieron. Hoy que soy padre me doy cuenta. No sé cómo hicieron para criar a cuatro (se ríe). Hoy lo valoro mucho y, por caso, disfruto llevando a pescar a mi viejo al Paraná, en Corrientes. Como hacíamos antes, cuando era pibe y compartíamos momentos y éramos felices", relata dejando claro que su emoción corre fuerte por dentro.

 

"Con el básquet arranqué a los cinco años en Macabi, club judío al que me recomendaron ir las maestras del cole porque con mis hermanos teníamos mucha energía. Pero a los 12 lo dejé. Para ser sincero, porque no era bueno. Solo jugaba porque era alto. Estuve dos años y medio alejado del básquet. Pero Javier Martínez, mi primer técnico, nunca dejó de llamarme, pidiéndome que volviera porque tenía condiciones. Me ganó por cansancio. Y, cuando regresé, tomé la decisión de hacerlo con más seriedad y dedicación a ver hasta dónde podía llegar", explica.

 

Una inesperada citación a una selección santafesina fue el click definitivo que necesitaba. "Me motivó muchísimo. Encima quedé entre los 12, fuimos finalistas del torneo y eso me incentivó a ir por más. Así fue que, desde los 14 a los 16, tuve que aprender a hacer lo que no había hecho hasta ahí, empezando por picar la pelota?", recuerda sonriente. Y, en la continuidad del relato, deja claro que lo suyo es fruto, además de su esfuerzo, de los grandes entrenadores que tiene este país.

 

¿Te gustaría vivir del básquet?

 

La pregunta de Fernando Esquivel, el profe de básquet que "Taya" conoció en las colonias de la colectividad y luego lo aconsejó en cada paso de su crecimiento, dejó sin palabras al pivote. "En esa época yo no estaba ni enterado de que eso era posible. Pero él me dijo que yo contaba con potencial, que tenía mucho por mejorar pero que podía hacerlo y él me quería ayudar", rememora. Y detalla aquella colaboración invalorable, sin pedir nada a cambio. "Fue quien llegó a pagarme la cuota del gimnasio. Cada mañana, cuando íbamos a entrenar a Macabi, me preguntaba qué había desayunado y hasta me daba plata para que comprara lo necesario para comer bien... Cuando llegué a la Selección Argentina U17, volví con el detalle de todo lo que debía mejorar y con el Negro trabajamos día a día. A todo esto se lo agradeceré siempre, aunque nunca se lo haya dicho personalmente", dice, al borde de la emoción.

 

La chance de Quilmes, un equipo histórico de la Liga Nacional, fue lo que le faltaba para dar un salto más de calidad en su juego. "Fui, me probé, quedé, regresé a Santa Fe y les dije a mis papás que me iba. Al mes me cayó la ficha de que estaba lejos de todo... Pero fue parte del precio que debí pagar por elegir un camino. Hay que aguantar y resignar. Y eso me ayudó y me preparó", analiza.

 

En la Selección. El "Taya" junto a Garino, en uno de los tantos partidos que el santafesino ha vestido la camiseta nacional. Foto: Archivo

 

Fue un despertar al mundo para Gallizzi. Como aquel primer viaje en avión, para participar del Mundial U17 en Alemania. "Recuerdo que hubo turbulencias y estaba muy asustado, pero miraba a la gente y mis compañeros para ver cómo se comportaban. Como nadie se preocupaba, hasta se reían, yo pensé que debía ser normal... Transpiré todo el viaje, pero me mantuve tranquilo", recuerda, entre risas.

 

Al otro año (2011), en otra sorpresa para su vida, quedó para el Mundial U19 en Letonia y fue parte de aquel seleccionado que metió un gran cuarto puesto, con Pato Garino y Marcos Delía. "A partir de ahí, con otra motivación y un club que estaba muy encima de los reclutados, me puse más fuerte y atlético, mejoré técnicamente y, de repente, me vi en la preselección para un Sudamericano, algo que ni esperaba?", cuenta.

 

 

"De repente me encontré frente a Prigioni que me decía 'hola, soy Pablo Prigioni' y yo le decía 'sí, te conozco'. Eran mis ídolos (se ríe). Me saqué fotos con todos, pero en los entrenamientos fue a cara de perro. Me quería mostrar? Y lo logré. Casi me vuelvo loco cuando Julio (Lamas) me dijo que pasaba de invitado a la preselección a tenerme en cuenta para el Mundial. Ahí fue cuando empecé a entrenar extra con Luis (Scola), en el tiro, el poste bajo y hasta en lo físico. Recuerdo que no le podía seguir el ritmo y yo tenía 21 años? Ahí entendí por qué Luis era lo que era. Y es lo que es? Pocos días después toqué el cielo con las manos cuando, con Matías Bortolín, nos dimos cuenta que habíamos quedado entre los 12. Ibamos todos en un micro y me guardé el festejo hasta que hablé con mi familia y me cruzaron en la radio con Javier Martínez, mi primer DT. Me quebré y me largué a llorar?", relata.

 

-Ahora sos otro "Taya". Ya jugaste dos Mundiales. ¿Te sentís un referente por llevar cinco años y ser uno de los dos subcampeones mundiales que hay en este equipo joven?

 

-No, no me siento referente. Vengo a esta preselección como a la primera y me siento un integrante más que debe ganarse un lugar, como lo hice antes. Porque en la Selección siempre tienen que estar los que mejor están y, sobre todo, aquellos que potencien al compañero de al lado.

 

-¿Estás ansioso por volver a ponerte la camiseta de la Selección luego del Mundial?

 

-Sí, tengo muchas ganas, sobre todo por ser con estos chicos con quienes comparto tanto en la Liga, día a día. Me ilusiona jugar con esta Selección, porque además son todos jugadores de mucha calidad que son muy importantes en sus equipos. Te diría que estoy nervioso como la primera vez, aunque con el tiempo he aprendido a disfrutar más. Me pasó en Lima y China.

 

-¿Cómo es Taya en la cancha? Porque afuera sos buenazo, no parece tanto dentro de la cancha.

 

-Menos bueno (se ríe). Más duro y calentón. Antes, incluso, me enojaba muy fácil, con todos, rivales, árbitros y hasta compañeros.

 

-¿Por qué?

 

-Con los rivales cuando se quejaban. Con los árbitros por algunos fallos, les decía de todo. Y a veces también terminaba explotando con compañeros. Me cegaba y, a veces, arruinaba el trabajo del equipo. Pero un día, cuando escuché un DT rival, me di cuenta que tenía que cambiar, no podía ser que todos me tildaran de calentón. Era una debilidad. Y así fue que cambié bastante el trato con todos. Fue clave que empezara a aceptar mis errores. Antes no me permitía equivocarme. Y en eso ha sido clave la confianza de mi técnico y compañeros en Regatas Corrientes. Por suerte, ya con 28 años, he podido madurar y me siento otro jugador.

 

Otro "Taya". Aunque sólo adentro. Porque afuera sigue siendo el mismo chico querible y bonachón, hasta sufrido, que la pasó mal pero que nunca renegó de sus orígenes y se levantó, cada vez, con tesón y sacrificio, siempre con esa polenta que refleja su propio nombre. El gran Tayavek.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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