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Jueves 25.02.2021 - Última actualización - 21:18
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Crónicas santafesinas

Una pequeña historia solidaria

Fachada actual de la Escuela Normal de calle Saavedra. Crédito: Flavio RainaFachada actual de la Escuela Normal de calle Saavedra.
Crédito: Flavio Raina

Fachada actual de la Escuela Normal de calle Saavedra. Crédito: Flavio Raina



Crónicas santafesinas Una pequeña historia solidaria Parado en la calle hacía dedo y los autos pasaban a mi lado como si yo fuera un poste. A los diez minutos estaba "sopa". No tenia dónde ir ni a dónde llegar. La calle desierta. 

I

Lo que cuento ocurrió en 1967. Creo que debe haber sido en julio o agosto. Hacía frío y empezaba a oscurecer. Fue un viernes. De eso estoy seguro. Yo estaba parado en la vereda este de avenida López y Planes, frente de la cancha de Unión. Más o menos a treinta metros de bulevar. ¿Qué hacía un viernes a la tardecita parado en ese lugar? Estaba haciendo "dedo", autostop como dicen algunos. No era la primera vez que lo hacía. Todos los viernes armaba mi bolso y me ponía a hacer "dedo" en ese lugar. Cuando me sobraban algunas monedas tomaba el colectivo que iba Recreo y me bajaba en "la caminera", así le decíamos entonces, es decir, el cruce de rutas entre la once y la que iba a Esperanza y Rafaela que entonces no era la 70. En esa curva hice "dedo" mucho tiempo. Y nunca me fue mal. Siempre un auto, un camionero, paraban y me llevaban por lo menos hasta Rafaela. Después quedaba el tramo entre Rafaela y Sunchales. Pero eso era más fácil porque el tránsito entre estas dos ciudades era intenso y aunque sea de vista me conocían, es decir, conocían al hijo del director de la escuela nacional.

 

II

Entonces yo tenía diecisiete años. Cursaba el quinto año de la Escuela Normal "San Martín", la de calle Saavedra. Llegaba los lunes a la madrugada a Santa Fe y me quedaba hasta el viernes. La cama con almuerzo, desayuno y cena la tenía pagada, pero la plata que disponía era escasa, apenas me alcanzaba para cigarrillos, algún café, algún liso, alguna porción de pizza y no mucho más. Disponía de la plata para el pasaje de vuelta. Pongamos unos 300 o 400 pesos de ahora, plata que por supuesto consumía en más cigarrillos, más café o más cerveza porque sabía que "el dedo" nunca me dejaba a pie. En el año 1967 nunca dejé de ir los fines de semana a Sunchales. Para estar con mis padres, claro está, para disfrutar de la heladera y las comodidades de la casa de mis padres, cama y mimos de mamá incluidos, pero sobre todo porque en ese año estuve de novio con una chica que si la memoria no me falla se llamaba Susana, un nombre que más allá de los rigores de lo real parece ser el nombre adecuado de toda novia de un adolescente con ganas de enamorarse a la distancia en 1967. Oh Susana. Y no solo estaba de novio, sino que como le suele pasar a los adolescentes, el "metejón" era completo, posesivo, absoluto, absorbente, obsesivo. Y puedo seguir agregando adjetivos con la tranquilidad de saber que me quedaré corto. Estaba de novio con Susana, muy de novio, nunca en mi vida, antes y después, estuve tan de novio con paseo los domingos a la tarde en auto incluido, la célebre "vuelta del perro" por la calle principal y alrededor de la plaza, con ella y yo en el asiento de atrás y los padres de ella adelante. Novios, pero en aquel tiempo se decía "nos habíamos arreglado". Y me aceptaban en su casa, hasta el living, no más allá. También se decía "están afilando", término que ahora pertenece al museo del lenguaje, pero en aquellos años tenía absoluta actualidad. "¿Sabés que Normita, la hija menor del farmacéutico, la que estudia en el Colegio de las Monjas está afilando con Raúl, el hermano de Juan que está haciendo el servicio militar en Santo Tomé?". "No me digás... ¿pero no es que Raúl estaba afilando con María, la hija del panadero que hace los bizcochitos de grasa más ricos del mundo?". Y entonces la respuesta esclarecedora: "No… parece que se pelearon". "¿Cómo que se pelearon? Contame". Qué novela podría escribirse a partir de esos diálogos iniciales.

 

III

O sea que de lunes a viernes mi estadía en Santa Fe era apenas una excusa para llegar al viernes, armar el bolso y salir a la ruta rumbo a Sunchales. De esos meses recuerdo una ciudad de Santa Fe muy diferente a la que conocí. Mi territorio de entonces eran avenida Freyre, General López, Urquiza y Mendoza. No mucho más. Había un bar en la esquina de avenida Freyre y Lisandro de la Torre donde siempre me encontraba con algunos muchachos a tomar café o cerveza. En la planta alta de ese bar vivía Raúl, compañero de curso. Casi todas las tarde estudiábamos allí y a la nochecita bajábamos al bar. Después por supuesto estaba calle San Martín. El Doria, La Modelo y el Baviera. Pero a esos bares y a mi edad, como el personaje del tango, los miraba de afuera. Por esos lugares, por aquellas esquinas, transitaba muy de vez en cuando y en absoluta soledad. Mi anonimato era absoluto. No conocía a nadie y nadie me conocía a mí. Vivía en Santa Fe, pero era un forastero. No era muy divertida mi vida. Nada trágico, nada doloroso, pero algo aburrida, un aburrimiento paliado por esa vitalidad de los adolescentes. Y por esa novia que me esperaba los fines de semana. Nada más clásico para el aura romántico de un adolescente que estar enamorado o de una mujer que te quiere pero no la dejan quererte, o de una novia de la que estás separado por la distancia y de lunes a viernes la extrañás y no tenés ganas de estudiar, ni de comer, ni de salir con nadie porque la extrañás cada vez más, sos fiel a ella como un asceta y el único consuelo es fumar, en aquellos años Colmena cuando andaba pobre, Particulares con filtro cuando me sobraba un peso.

 

IV

Pero volvamos a ese momento en que estoy parado sobre Avenida López y Planes, a veinte metros de bulevar Pellegrini. No sé por qué se me había hecho tarde, estaba oscureciendo, pero nada grave para un baqueano en el "dedo" como era yo. Jovencito, bien vestido, de saco y corbata como se usaba entonces, y aunque no lo crean, con cara de bueno, por lo que siempre alguien paraba para llevarme. Lo que pasa es que ahora no solo estaba oscuro sino que de pronto empezó a llover como si fuera el diluvio universal. Allí la cosa empezó a complicarse. No tenía ni piloto ni paraguas. Tampoco tenía un mango para el plan B, es decir, tomarme un colectivo. Parado en la calle hacía dedo y los autos pasaban a mi lado como si yo fuera un poste. A los diez minutos estaba "sopa". No tenia dónde ir y dónde llegar. La calle desierta. El único boludo en esa soledad era yo haciendo señas como un espantapájaros. Después los autos pasando con las luces encendidas, indiferentes y lejanos. De pronto, de pronto sucedió lo inesperado.

 

V

Digo que estaba solo, parado en la vereda, cerca o sobre el cordón. No sé lo que pensaba, pero seguro que no eran pensamientos felices. Primero escuché una voz. Lo que menos pensé es que se dirigiera a mí. Después la voz se acercó y fue una persona. Un señor mayor, porque para los adolescentes todas la personas son señores o señoras mayores. El señor recuerdo que tenía una camisa blanca, una campera de tela y un paraguas. Si la memoria visual no me falla los bigotes eran canosos y había unos lentes de marcos negros. No sé exactamente lo que me dijo, pero lo seguro es que me invitó a pasar a su casa. No me conocía, no sabía quién era o qué hacía, pero me vio allí más abandonado que un perro y me abrió la puerta de su casa. Cómo olvidarlo. Nada importante, nada trágico si se lo mira a la distancia. No estaba en juego ni mi vida ni mi salud, pero un señor desconocido me vio a la intemperie y me dio una mano. No lo olvidé más. Y no solo me hizo pasar a su casa –recuerdo el frente, los ventanales- y me ofreció un café, sino que después que le conté que era estudiante, que viajaba a Sunchales y no tenía plata, me dio el dinero para el pasaje.

 

VI

Como pasa con las lluvias santafesinas, a la media hora dejó de caer el agua y me despedí de ese señor. Caminé hasta bulevar y tomé un colectivo que me llevó hasta Rafaela. Nada más tengo para contar. Pero aunque no lo crean, de esa historia no me olvido, tal vez porque la solidaridad o la bondad del corazón nunca se olvidan. Medio siglo después me acuerdo de ese momento, aunque, por esas cosas de la vida, una semana más tarde de lo sucedido no es que me hubiera olvidado pero lo cierto es que no le di mayor importancia. La adolescencia es también ingrata. Nunca se me ocurrió pasar por esa casa a saludar a mi benefactor. No me matan las culpas, pero debería haberlo hecho. Ese señor sigue siendo para mí un personaje anónimo. Inolvidable, pero anónimo. No se quién es, cómo se llama, qué hace. No sé si vive, aunque supongo que no. Pero yo no lo olvido. El adolescente no tuvo buena memoria, pero el veterano recuerda, evoca y agradece.

 

Parado en la calle hacía dedo y los autos pasaban a mi lado como si yo fuera un poste. A los diez minutos estaba "sopa". No tenia dónde ir y dónde llegar. La calle desierta. El único boludo en esa soledad era yo.

Estaba solo, parado en la vereda, cerca o sobre el cordón. No sé lo que pensaba, pero seguro que no eran pensamientos felices. Primero escuché una voz. Lo que menos pensé es que se dirigiera a mí.

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