https://static.ellitoral.com/img/logo-litoral.png El Litoral
El Litoral
Jueves 08.04.2021 - Última actualización - 14:51
14:44

Crónicas santafesinas

"Me la veía venir"

Paco era de mala bebida. Dos o tres copas y ya no sabía quién era. Y en este ambiente, el diablo siempre mete la cola. Crédito: Ilustración Lucas Cejas - Archivo El LitoralPaco era de mala bebida. Dos o tres copas y ya no sabía quién era. Y en este ambiente, el diablo siempre mete la cola.
Crédito: Ilustración Lucas Cejas - Archivo El Litoral

Paco era de mala bebida. Dos o tres copas y ya no sabía quién era. Y en este ambiente, el diablo siempre mete la cola. Crédito: Ilustración Lucas Cejas - Archivo El Litoral



Crónicas santafesinas "Me la veía venir" Cacho se permitía estas confidencias con don Manuel porque le tenía confianza pero además porque antes de que recurriera a la gente de Córdoba para que ocultaran por un tiempito a su hermano, le propuso a don Manuel que le diera una mano.

I

A Cacho lo "levantaron" en algún lugar de la ciudad. Lo mataron de dos balazos y después lo metieron en el baúl del auto. El último paso del drama fue dejar el auto cerca del río Salado y, por las dudas, prenderle fuego. La policía supo enseguida la identidad del muerto y la identidad del auto. Mucho más no hizo. Como en algún momento comentara un comisario en mesa de amigos: "Que se maten entre ellos… bastantes problemas tenemos en la ciudad como para dedicar los pocos recursos que disponemos para ocuparnos de malandras". Por supuesto, estas declaraciones no salieron en los diarios. Por otra parte, desde el punto de vista burocrático se cumplieron todos los trámites formales del caso. Digamos que la policía hizo todo lo que la ley prescribe que se debe hacer, menos ocuparse en investigar y detener a los asesinos. Los restos de Cacho fueron al cementerio y, según me contaron, hubo muy poca gente: su esposa, sus dos hijos, un par de curiosos que después se supo que eran policías y don Manuel Ordóñez, que si bien no era un íntimo amigo de Cacho, lo conocía, más de una vez habían compartido una copa y una mesa de loba. Corresponde decir, además, que don Manuel a estas ceremonias en el cementerio las consideraba no sé si sagradas pero sí importantes. "Al finado se lo despide como Dios manda", dijo cuando le preguntaron los motivos de su visita, sin que se sepa a ciencia cierta si lo decía en serio o en broma, porque con don Manuel no era fácil distinguir esas diferencias.

 

II

Dos o tres semanas después, don Manuel nos contó lo que sabía de esa muerte. Estábamos en el club, en el quincho de la plata alta, y habíamos terminado de comer un asado. No recuerdo bien en qué momento alguien le preguntó a don Manuel qué había querido decir cuando al mencionar la muerte de Cacho, exclamó: "Esta me la veía venir". Don Manuel para todo se tomaba su tiempo: para armar el cigarrillo, para tomar una copa, para apostar por un caballo o para hablar. Esta vez no fue la excepción. Esperó a que todos estemos atentos a sus palabras, tomó un trago corto de Fernet y después inició su relato. "Cacho nunca fue un santo ni pretendió serlo, pero esta vez era inocente, si es que nos podemos permitir emplear esa palabra con él. Cuando la otra mañana en el bar Cabildo nos dijeron que lo habían desgraciado, a mí la noticia no me sorprendió porque, como les dije en su momento: 'se veía venir'." Después, don Manuel nos contó que dos o tres días antes de que a Cacho lo mataran compartió con él una copa en un restaurant cuyos ventanales miran a la cancha de Unión, un comedor que Cacho frecuentaba seguido porque a la vuelta, sobre avenida Freyre, funcionaba una mesa de timba que él atendía. Fue allí que Cacho le comentó a don Manuel que se había reunido con una gente de Córdoba para hablar de algunos problemitas que había creado su hermano en aquella ciudad.

 

III

Si Cacho se permitía estas confidencias con don Manuel, es porque le tenía confianza pero además porque antes de que recurriera a la gente de Córdoba para que ocultaran por un tiempito a su hermano, le propuso a don Manuel que le diera una mano. "A usted le consta don Cacho que yo soy amigo de hacer gauchadas –explicó don Manuel- pero como muy bien sabe usted, con su hermano esa parada no me la puedo consentir por varias razones, entre otras porque su hermano Paco siempre fue un mozo mal llevado, incluso a usted no necesito decírselo porque fue testigo de cuando una noche se me insolentó y me vi obligado a ponerlo en su lugar, cosa que usted consintió porque era yo y porque a usted nunca se le escapó que Paco, su hermano menor, se crió a la bartola y vaya uno a saber por qué motivos creía que podía llevarse el mundo por delante". Como para completarla –agregó don Manuel- el hombre era de mala bebida. Dos o tres copas y ya no sabía quién era. Esa noche que tuve un cruce de palabras con este mozo, recuerdo que le dije: "No está mal que un hombre de vez en cuando se mame, pero lo que un hombre siempre debe tener presente es que así como no está prohibido jugar al póker pero hay que saber hacerlo, no está prohibido mamarse pero hay que saber tomar. Y este mozo no sabía ni una cosa ni la otra."

 

IV

Esa noche nos quedamos hablando hasta tarde en el club. Don Manuel hablaba y nosotros escuchábamos porque el hombre poseía el don de saber contar historias, el don, el saber y la autoridad para hacerlo. "Para Cacho el hermano era un problema que trató de arreglar pero nunca pudo hacerlo del todo. Digamos que lo protegió hasta donde pudo y esa protección en algún momento le costó la vida. Ustedes tendrán presente aquella madrugada en el cabaret que está en el norte de la ciudad, cuando mandaron a mejor vida al Chino Benítez. Nunca se supo bien qué había pasado y la cosa quedó aparentemente en la nada, aunque luego yo me anoticié que el autor de esa muerte era Paco. Y me enteré, porque allí fue cuando Cacho me apalabró para que lo escondiera en el casco de una estancia de unos amigos de Entre Ríos, oferta que rechacé por los motivos que ya expliqué en su momento, pero como no soy hombre de dejar a un amigo en la estacada, le dije que en Córdoba conocía a una familia de gente brava que podría darle una mano. Y así fue como les presenté a los Moselli, cuatro hermanos de ascendencia árabe que se ganaban la vida en actividades que no viene al caso detallar. Como los Moselli me debían unos favores, admitieron refugiarlo a Paco, diligencia que se confirmó delante de mío, aunque fue Cacho el que salió de garante".

 

V

"Acá hubiera terminado la cosa, pero en este ambiente el diablo siempre mete la cola y, además, este mozo Paco era un tarambana, un tarambana desconsiderado y mano larga. Para hacérsela corta, una noche en un salón que alguna vez frecuenté, ubicado camino a Jesús María, Paco discutió por una sonsera con uno de los hermanos Moselli y sin decir agua va, lo mató de un tiro. Y no mató al otro hermano, porque éste alcanzó a tirarse debajo de una mesa. Después escapó vaya uno a saber dónde, aunque no muy lejos porque ni para eso servía, ni para escapar. Creo que al otro día ya estaba preso. Los hermanos Moselli siguieron de cerca lo ocurrido y me consta que después de una reunión familiar decidieron que como Paco estaba preso a esa muerte se la iban a cobrar a Cacho. Yo de todas estas lindezas me anoticié después, pero por lo que pude saber dos Moselli y un hombre incondicional de la familia, se largaron para Santa Fe para arreglar el entuerto. Ahí ya no sé bien cómo fueron las cosas. Me malicio que deben haberse reunido en un hotel que Cacho solía frecuentar. La reunión parece que no fue amable; no sé qué le pasó a Cacho porque me consta que fue siempre un hombre que si bien le gustaba hacer pata ancha, era muy comedido y muy amigo de reconocer lo que a cada uno le correspondía. Y en este caso, lo cierto es que el que debía dar una respuesta por las insolencias cometidas por el botarate de Paco, era Cacho".

 

VI

"Como les venía diciendo, yo estuve con Cacho un par de días antes de que ocurrieran estas desgracias. Me encontré con él de casualidad en ese comedor ubicado casi en la esquina de San Lorenzo y Pellegrini, un salón largo donde en algún tiempo preparaban una bagna cauda que se las recomiendo. Yo me había pegado una disparada a ese comedor porque tenía unas diligencias que hacer con uno de los dueños, cuando me encontré con Cacho, aunque ahora me malicio que ese encuentro no fue casual. Tomamos un café y me comentó como al pasar la desinteligencia que había tenido con los hermanos Moselli. Yo lo escuché, no hice ningún comentario imprudente acerca de su hermano, pero recuerdo haberle advertido que los Moselli eran gente brava que no iban a dejar pasar esta ofensa sin hacer algo. Me dijo que ya se había reunido con ellos. Y ahí se quedó. Y cuando con toda consideración le pregunté cómo se había resuelto esa diferencia, me contestó que mal, que le pidieron como resarcimiento una plata que él consideraba abusiva. No se lo dije en ese momento, y tal vez debería habérselo dicho, decirle que una vida no tiene pecio, pero no sé si Cacho hubiera entendido mi advertencia. Lo que sí recuerdo es que antes de irse me dijo: 'Esa plata yo puedo pagarla, pero no me gustó el modo en que la reclamaron. Y además, don Manuel, usted sabe que a mí de prepo no me sacan un mango por más razones que aleguen'. Y se fue. Y nunca más lo vi vivo. Por eso les dije el otro día, que 'yo a esta me la veía venir'."

 

Si Cacho se permitía estas confidencias con don Manuel, es porque le tenía confianza pero además porque antes de que recurriera a la gente de Córdoba para que ocultaran por un tiempito a su hermano, le propuso a don Manuel que le diera una mano.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
Ediciones Anteriores | Edición Impresa


Temas:



En Santa Fe quedan menos de 30 mil vacunas y no se sabe cuándo llegarán más -  -
Salud
Levantan el bloqueo a la Terminal de Colectivos -  -
Área Metropolitana
Coronavirus: se registraron 368 fallecidos y 25.157 nuevos contagios en el país -  -
Prometen reuniones semanales con vecinos por inseguridad -  -
#Temas de HOY: Rosario  Córdoba  Entre Ríos  Corrientes  La Educación Primero  Un año en pandemia  Boleta Única Papel  Felipe de Edimburgo