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Sábado 10.04.2021 - Última actualización - 18:13
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Crónica política

Argentina: ¿Un presente que prefigura un destino?

Alberto Fernández, Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner durante el traspaso de mando en 2019. Crédito: ArchivoAlberto Fernández, Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner durante el traspaso de mando en 2019.
Crédito: Archivo

Alberto Fernández, Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner durante el traspaso de mando en 2019. Crédito: Archivo



Crónica política Argentina: ¿Un presente que prefigura un destino? En las actuales circunstancias, con grieta incluida, es razonable reclamar que gobierno y oposición cumplan con sus roles.

I

El dilema no parece fácil de resolver: el coronavirus existe, algunas medidas restrictivas son razonables, pero no son pocos los argentinos que no le creen a este gobierno y en todo caso no están dispuestos a someterse a una cuarentena absoluta como la del año pasado. Entre los polos de esa contradicción hay matices, repliegues, variaciones que debería resolver la mano maestra de la política. El problema que se presenta es que la coyuntura reclama de gobernantes sutiles, pero la realidad parece ser esquiva a ese deseo. Un presidente que califica de imbéciles a sus opositores o un gobernador de la provincia de Buenos Aires que al mismo tiempo es algo así como el vocero de quien se sospecha es la titular efectiva del poder, profetiza apocalipsis como si se regodeara con las tragedias que anticipa, no parecen ser precisamente los conductores confiables para atender una crisis como la que estamos viviendo, una crisis cuya manifestación más dolorosa e inquietante es el Covid, pero cuyos alcances se extienden a la economía, la calidad de vida cotidiana, el deterioro de las instituciones republicanas y la presunción de que el futuro que nos aguarda está cargado de acechanzas imprevisibles y sombrías.

 

II

Werner Sombart alguna vez escribió con cierto toque irónico que desde los inicios de la modernidad cada generación se sintió autorizada a afirmar que los tiempos que le tocaron vivir fueron los más desgraciados. Sombart no disimulaba el tono zumbón de sus palabras, porque en realidad lo que intentaba demostrar es que esa angustia o zozobra si bien podía ser auténtica no era históricamente verdadera. ¿Nos toca a nosotros vivir el peor momento de la historia argentina? Sombart diría que un historiador jamás podría responder en términos absolutos a ese pregunta, aunque tampoco podría desconocer la subjetividad de quienes disponemos de una sola vida y nos sentimos dominados por las aprensiones de un presente que con buenos argumentos consideramos desdichado, una desdicha que proviene del Covid, pero que se refuerza con una desoladora situación económica y social, agravada en los últimos meses pero que viene minando los cimientos de nuestra nación desde hace por lo menos cuatro décadas.

 

III

Nuestra historia nacional es maestra en los más diversos y sombríos pesimismos. Mariano Moreno marchando a un exilio que le costará la vida. Juan José Castelli advirtiendo a su interlocutor que "si ves el futuro dile que no venga". Manuel Belgrano hundido en la soledad y la pobreza. Bernardino Rivadavia refugiado en Cádiz negándose a que le nombren a un país ingrato. San Martín marchando a un exilio con la única compañía de su hija. Juan Manuel de Rosas escribiendo cartas desde Inglaterra para condenar la ingratitud de sus socios y compañeros de causa. La soledad depresiva de Echeverría. Alberdi agonizando en Francia mientras borronea en un cuaderno viejo los más diversos disparates. Leandro N. Alem descerrajándose un tiro en las puertas del Club el Progreso después de admitir que no pudo derrotar a la Montaña. Lucio López, nieto del autor del himno nacional e hijo del historiador, muerto en un duelo desgraciado a manos de un militar corrupto. Y podemos hablar de Leopoldo Lugones, de Lisandro de la Torre, de Horacio Quiroga. Pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad.

 

IV

Sospecho que el otro rasgo con tonos patéticos que nos toca afrontar es que la totalidad de la clase dirigente tiene conocimiento de las decisiones que se deben tomar para sacar al país de la ciénaga en la que se está hundiendo, pero la intensidad de las refriegas políticas cada vez más añejas, la obcecación en defender intereses sectoriales, los temores a afrontar la imagen que nos devuelve el espejo, gravitan de tal modo que daría la impresión que marchar en dirección al abismo nos provoca un regocijo morboso y trágico. Los números no nos engañan: todos los años somos un poco más pobres, un poco más inseguros, un poco más resentidos, un poco más marginales. Puede que la marcha hacia la decadencia sea lenta, pero lo que los hechos parecen conformar es que nos preocupamos en ser perseverantes en contra nuestra. A pesar de la profecía de Ezequiel Martínez Estrada de que la Argentina se tiene que hundir de una buena vez porque no merece otro destino, una tranquilidad nos asiste: la Argentina no va a desaparecer, aunque si continuamos en esta línea lo seguro es que su fisonomía cada vez tendrá menos que ver con la de la Argentina que conocimos hace medio siglo; y cuando alguna vez le hablemos a nuestros nietos de ella creerán que le estamos hablando de otro país o de otro mundo. Las lecciones que la historia brinda no son tranquilizadoras: cuando las clases dirigentes no se ponen de acuerdo para impedir la catástrofe, la catástrofe llega. "Albricias, lo logramos", podrán exclamar los responsables que sobrevivan a ella. Los partidarios de la solución "Tocar fondo" o que "Se pudra todo para empezar de nuevo", no pueden desconocer los costos de esa profecía, costos a pagar sin la certeza de ponernos de pie. Los ejemplos más a mano que tengo de estos escenarios dantescos son dos: Alemania destrozada por la guerra, con sus ciudades en ruinas con la mitad de sus habitantes muertos o heridos y su estructura productiva colapsada. ¿Alguien quiere atravesar por esos páramos? O España después de una guerra civil en la que hubo ganadores y vencidos pero el precio por esa carnicería la pagaron todos o casi todos. Tengo ejemplos a mano menos trágicos pero también efectivos: Argentina; "La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser". Uno de los pocos países en el mundo que logró la hazaña de "desdesarrollarse". Un país resignado a elegir entre un final espantosos o un espanto sin fin. ¿Exagero? Ojalá.

 

V

Mientras tanto, en abril de 2021 tenemos que lidiar con el día día. Lo ideal sería que gobierno y oposición se pongan de acuerdo en dos o tres puntos para empezar a caminar. No va a ser así. Por lo menos no hay indicios para suponer que ello ocurra. ¿Hay otra solución a la de la rutina de insultarse y decirse lo que ya se dijeron cientos de veces? Más que una solución yo aspiraría a un deseo: el deseo de que el gobierno gobierne y la oposición controle. No estoy dando una clase de Instrucción Cívica, estoy diciendo que en las actuales circunstancias, con grieta incluida, es razonable reclamar que los actores cumplan con sus roles. Una condición reclamaría: que sin dejar de hacer lo que creen que les corresponda se automoderen. ¿Una ingenuidad? Tal vez, pero ingenuo o no, de lo que estoy seguro es que si no hay un talante democrático fundado en la moderación y la prudencia, un acuerdo tácito de jugar limpio y sin marcar las cartas, estamos en el horno. La historia nos enseña que el suicidio no es solo el atributo individual de hombres desesperados, también es el atributo de civilizaciones, pueblos y naciones. El suicidio o una larga y obstinada agonía, un vía crucis sin esperanzas de redención.

 

Las lecciones que la historia brinda no son tranquilizadoras: cuando las clases dirigentes no se ponen de acuerdo para impedir la catástrofe, la catástrofe llega.

En abril de 2021 tenemos que lidiar con el día día. Lo ideal sería que gobierno y oposición se pongan de acuerdo en dos o tres puntos para empezar a caminar. No va a ser así. Por lo menos no hay indicios para suponer que ello ocurra.

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