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Sábado 17.04.2021 - Última actualización - 19:04
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En la mira

¡Pufff!

Eduardo Félix Valdés, exembajador argentino ante el Vaticano y actual diputado nacional, montó la operación Eduardo Félix Valdés, exembajador argentino ante el Vaticano y actual diputado nacional, montó la operación "Puf Puf" con la intención de voltear la causa de los cuadernos y aliviar la presión judicial sobre Cristina Fernández de Kirchner.
Crédito: Archivo

Eduardo Félix Valdés, exembajador argentino ante el Vaticano y actual diputado nacional, montó la operación "Puf Puf" con la intención de voltear la causa de los cuadernos y aliviar la presión judicial sobre Cristina Fernández de Kirchner. Crédito: Archivo



En la mira ¡Pufff! En la continuidad de los días y las décadas, la Argentina ha terminado por desinflarse como una cámara pichada, y en contraerse de tal manera que, en el apretón, detona todas las contradicciones y desata todos los conflictos contenidos en el cuerpo ilusorio de un globo inflado. 

¡Pufff!, así, resaltado con signos de admiración, es un sonido onomatopéyico que nos hace saber que algo se desinfla, se pincha, se vacía, pierde consistencia. Es también, seguido de otro Puf, el nombre de la operación montada por Eduardo Félix Valdés, exembajador argentino ante el vaticano y actual diputado nacional (además de vacunado de privilegio), contra el fiscal Carlos Stornelli, con la intención de voltear la causa de los cuadernos de la corrupción, liberar de la prisión a exfuncionarios kirchneristas y aliviar la presión que las investigaciones judiciales ejercen sobre la encausada Cristina Fernández de Kirchner.

 

"Puf Puf" es la consigna brotada de los labios del católico confeso y hasta exhibicionista que, en las dos acciones referidas, niega al Dios ante el que se golpea el pecho en manifestaciones de supuesta contrición. Por sus actos, el legislador demuestra que cree más en la conspiración que en la ley; más en la vacuna que en Dios; más en la facción que en la sociedad. En ambas situaciones busca la salvación amañada e inmediata. Es un ejemplo encarnado de aquellos mercaderes que Jesús echó del templo de Jerusalén en el siglo I mientras les decía: "Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones… Pero ustedes la han hecho cueva de ladrones". Lo es a todas luces, por más que se golpee el pecho como King Kong.

 

Por estas cosas, y otras similares, en la continuidad de los días y las décadas, la Argentina ha terminado por hacer "Pufff" en serio, en desinflarse como una cámara pichada, y en contraerse de tal manera que, en el apretón, detona todas las contradicciones y desata todos los conflictos hasta entonces contenidos en el cuerpo ilusorio de un globo inflado. Aunque doloroso, quizás sea bueno que al fin percibamos que el rey está desnudo, que ya no hay margen para seguir negando la realidad del país y el mundo. Y que, si queremos salir adelante, en un planeta de cambios vertiginosos, no debemos seguir insistiendo con fórmulas de la Argentina del siglo XX.

 

Por resistirnos a las evidencias, por contradecir lo obvio, por negar la Ley de la Gravedad y las reglas de la matemática, por gastar en forma constante más de lo que le ingresa, por asfixiar a los ciudadanos con impuestos crecientes, por incurrir de continuo en gastos improductivos e ilícitos, la Argentina no hace más que degradarse y retroceder. En un siglo hemos pasado de integrar el acotado listín de los diez países más ricos del mundo, a hundirnos en las últimas posiciones de la tabla de los emergentes, calificativo que tampoco nos cuadra porque nosotros nos sumergimos cada vez más en las oscuras aguas del subdesarrollo.

 

Pruebas al canto: en esta pandemia, que tiene como única virtud dejar todas nuestras miserias a la vista, la Argentina triplica el promedio mundial de muertos en relación con su cantidad de habitantes; en tanto que la caída de su PBI duplica el promedio mundial. Estas dramáticas estadísticas transparentan la dimensión del problema que afrontamos por la acumulación de décadas de errores y desvíos conductuales, manipulación de la ley, sostenido empobrecimiento educativo y vaciamiento del sentido profundo de la democracia, que se asienta en la educación habilitante y el trabajo productivo.

 

El engendro teórico de "Más Estado", que pivotea sobre los trabajos de intelectuales del Instituto Patria, sistemáticamente pagados con recursos públicos, no puede sorprender al observador atento. No se trata de sentimientos patrióticos ni de una sensible preocupación por la creciente población de pobres y desamparados. El motor de esas elucubraciones es un interés contante y sonante, puro y duro, asociado con el cobro de dinero público y una insaciable vocación de poder. Lo demás es literatura.

 

No hay casualidades en los planteos del ala dura del oficialismo. Operando desde una parte de la parte, lo quieren todo. Los ensayos de encierro bajo argumentos sanitarios, que tienen sin duda aspectos válidos, son a la vez pruebas de laboratorio social. El sueño demencial de manejar a todos, de subordinarnos y domesticarnos mediante asignaciones públicas o, caso contrario, sufrir la privación de derechos, está en proceso, más allá de como termine. En esa misma línea se inscribe la reducción del espacio de la actividad económica privada, que brinda márgenes para la iniciativa y la autonomía a la declinante clase media argentina. La autonomía de la voluntad y la independencia económica respecto del Estado, son potenciales dolores de cabeza para el pensamiento hegemónico, autoritario, controlador. No importa que, como lo demuestran las cifras económicas del largo confinamiento de 2020 y lo subraya la curva de recuperación de ingresos privados y recaudación pública durante los meses de apertura del cepo existencial, sin actividad privada el país vaya al muere. Todo el tiempo ronda en las cabezas del poder la tentación del encierro, no sólo a nivel de la población, sino en el plano internacional.

 

Desde las tribunas del oficialismo se habla con frecuencia de que la Argentina produce alimentos para 400 millones de personas. Es un sonsonete equivocado, porque lo que en rigor producimos son materias primas (en primer lugar, soja) para la fabricación de alimentos en otros países, principalmente para animales. Hay mucha distancia de un concepto al otro. Falta en el medio la cadena de suma de valor que nos llevaría a una Argentina convertida en supermercado del mundo, con alimentos diversos producidos según demandas reales. Eso cambiaría todo, pero privaría de poder relativo a quienes sueñan con la hegemonía política, idea asimilable a la pobreza del monocultivo o a una dieta basada en un solo tipo de alimento.

 

La diversidad y los intercambios de una Argentina productiva, requiere de su apertura al mundo y sus desafíos, a la oportunidad de una inserción que active ideas, búsquedas, procesos, iniciativas, aprendizajes y mucha y mejor producción. Todo lo contrario de lo que hacemos. Basta preguntarse a quiénes les venderíamos los hipotéticos alimentos para 400 millones de personas, si lo que domina es la pulsión de "vivir con lo nuestro", frase tan entradora como reñida con la verdad, que por lo demás nos condena a un encierro empobrecedor.

 

Si pusiéramos el país en marcha, respetáramos los procesos trazables de calidad alimentaria (y de cualquier otro rubro) y firmáramos acuerdos consistentes y equilibrados de exportación e importación, la Argentina empezaría a salir de a poco de su marasmo, a reducir progresivamente sus crueles indicadores de pobreza e indigencia, a mejorar las conductas ciudadanas, el respeto a las instituciones -que se irían cargando de sentido- y a lograr niveles de convivencia alejados de la patología social de una creciente criminalidad y una pertinaz desesperanza. O hacemos esto. O hacemos Pufff.

 

En un siglo pasamos de integrar el acotado listín de los diez países más ricos del mundo, a hundirnos en las últimas posiciones de la tabla de los emergentes, calificativo que tampoco nos cuadra porque nosotros nos sumergimos cada vez más en el subdesarrollo.

 

La diversidad y los intercambios de una Argentina productiva, requiere de su apertura al mundo y sus desafíos, de una inserción que active ideas, búsquedas, procesos, iniciativas, aprendizajes y mucha y mejor producción. Todo lo contrario de lo que hacemos.

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