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Domingo 18.04.2021 - Última actualización - 16:53
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Cuando el que redacta se hace la película

Imagen de la película Imagen de la película "Diario de una pasión". Al escribir, puede suceder que los mensajes se extravíen como las cartas de Noah; puede pasar que las palabras no sean suficientes, adecuadas o certeras para despabilar al otro.

Imagen de la película "Diario de una pasión". Al escribir, puede suceder que los mensajes se extravíen como las cartas de Noah; puede pasar que las palabras no sean suficientes, adecuadas o certeras para despabilar al otro.



Cuando el que redacta se hace la película

En "Aprecio y defensa del lenguaje", discurso pronunciado en 1944 por Pedro Salinas en una colación de grado de la Universidad de Puerto Rico, leemos: "Porque la actitud del ser humano cuando escribe es distinta de cuando habla. Cuando escribimos se siente lo que llamaría yo la responsabilidad ante la hoja en blanco; es porque percibimos que ahora, en el acto de escribir, vamos a elevar el lenguaje a un plano distinto del hablar, vamos a operar sobre él, con nuestra personalidad psíquica, más poderosamente que en el hablar. En suma, hablamos casi siempre con descuido, escribimos con cuidado. Casi todo el mundo pierde su confianza con el lenguaje, su familiaridad con él, apenas coge una pluma. El idioma se le aparece, más que como la herramienta dócil de hablar, como una realidad imponente, el conjunto de todas las posibles formas de decir una cosa, con la que el que escribe tendrá que luchar hasta que halle su modo." Salinas se considera uno de los mayores poetas españoles de la Generación del 27. Este fragmento de su discurso pone en evidencia un problema común a la hora de volcar los pensamientos sobre el papel: podemos ser hábiles parlanchines con alto poder de convencimiento en el área de la oralidad pero -muchas veces- nos entumecemos, tropezamos o "tartamudeamos" en el terreno de la escritura.

 

Hace poco que conozco a Mariana: tiene 50 años aproximadamente; es empleada pública; acaba de iniciar una carrera universitaria y quiere fortalecer su producción escrita porque confiesa que es muy desordenada, que no logra organizar sus ideas y ponerlas sobre el papel (o pantalla) de una manera acertada. Se la nota preocupada, tal vez angustiada porque las cosas no le salen como ella quisiera. Una amiga en común le sugirió mi nombre para que le dé una mano con su "talón de Aquiles".

 

En nuestro primer encuentro vía MEET, le propongo leer en voz alta la cita de Salinas. Sus ojos se centran en la palabra: "Lucha". De algún modo, ella siente que tiene un combate con el lenguaje a la medida de David y Goliat. Tiene la valentía de batallar pero le faltan o no reconoce las herramientas adecuadas.

 

Para darle un poco de sosiego, le mostré mis cuadernitos de "escribidor": llenos de anotaciones, de tachones, de borrones; con hojas arrancadas, con marcas fluorescentes, con tintas de colores variados, con flechitas, con círculos superpuestos, con garabatos, con recortes, con ideas truncas… En definitiva, con embriones de textos en gestación: ¿Cuántos de ellos verán la luz? ¡Cuántas veces me sentiré el Dr. Frankenstein horrorizado por mis criaturas! ¿Cuántas veces, como Pigmalión, me quedaré extasiado en la contemplación de mis producciones? A tener en cuenta: ¡El orden de todo texto tiene una prehistoria caótica! Entendiendo por "caos": el estado originario y confuso de la materia que se supone anterior a la ordenación del universo.

 

Como ejercitación, le propuse recurrir a películas para explicar lo que significa para ella escribir. Iniciamos un torbellino de ideas: cada uno, por su lado, anota ideas sueltas, comparaciones potables, momentos potentes, títulos estimulantes. ¿Cuánto de película de terror tiene la actividad de escribir? ¿Qué escena de acción podría ilustrar la aventura de la escritura? ¿Cuál es el drama que envuelve al escritor? ¿Qué misterio busca develar el que anda y desanda un texto con su pluma o su teclado?

 

Surgieron muchos hallazgos interesantes. Por un lado, coincidimos en que Rocky puede ilustrar la riña del escritor con las palabras. El boxeador que muestra tenacidad; que es porfiado, sacrificado y lidia -en primer orden- contra sus limitaciones. Como buen púgil, da y recibe pero trata de salir lo más entero que se pueda del cuadrilátero. Evita el KO, quiere terminar con la frente alta aunque luzca un ojo morado y un par de dientes menos.

 

Pensamos que tal vez escribir se parezca a la labor interminable de Marty McFly, el protagonista de "Volver al futuro". El escritor va del presente al pasado de su texto tantas veces como lo considere necesario. Arregla aquí y se le desacomoda allá. Borra esto y luego tiene que corregir aquello porque ha perdido su sentido original o le han quedado cabos sueltos. Viaja en busca de una solución para un problema de envergadura y, en su periplo, desencadena otro/s mayor/es. ¡Se multiplican los retos! De tantos retoques, lo pretérito y lo contemporáneo se transfiguran. Mc Fly experimenta infinidad de mundos alternativos, incontables versiones de su historia… Hasta que, resignado, decide estacionar su DeLorean cuando estima haber hallado un cierto punto de equilibrio que nunca es plenamente satisfactorio.

 

Quizá la escritura se relacione con una película romántica donde hay relaciones turbulentas y algunos momentos felices. Nada de amores esterilizados del tipo "Familia Ingalls". Algo más cercano a "Diario de una pasión" ("The notebook"): un film ambientado en la década del '40. El personaje central, Noah, dos veces acude a la escritura para recuperar el amor de Allie: primero, en su juventud, le escribe a su amada una carta cada día durante un año pero la madre de ella oculta la correspondencia porque considera que ese jovencito no es de la clase social que su hija se merece; más tarde, en la vejez, en un geriátrico y después -por supuesto- de haberse reencontrado, casado y construido una hermosa vida familiar con Allie, el protagonista recurre a su cuaderno de memorias para rescatar a su esposa de un profundo letargo originado por el alzheimer; una jornada tras otra, persistentemente, el anciano se vale de la escritura para resucitar el cariño que la enfermedad parece haber borrado de la mente pero no del corazón de su anciana mujer. En otros términos, quien pretenda escribir se encuentra con la ardua tarea de hacer contacto con el lector a quien no lo tiene a la vista para sopesar el efecto de su estrategia (no hay gestos o miradas que guíen al escritor); el que redacta ensaya caminos para comunicar -de la mejor manera posible- sus sentimientos, sus proyectos, sus dudas, sus temores, sus descubrimientos o sus conocimientos; para tal fin, una buena estrategia, a la hora de redactar, es ponerse en el lugar de ese hipotético destinatario. Puede suceder que los mensajes se extravíen como las cartas de Noah; puede pasar que las palabras no sean suficientes, adecuadas o certeras para despabilar al otro; puede ocurrir que -finalmente- como en la película mencionada, y en un momento de epifanía, Allie nos deje una respuesta que nos anime a persistir en nuestra empresa: "Léeme esto y volveré contigo".

 

Mariana se lleva sus anotaciones para elaborar su propio texto. Nos veremos el viernes. Antes de despedirse, me dice que, en el final de su redacción, va a poner que la escritura se asemeja al guión de la película "La buena esposa": protagonizada por Glen Close y Jonathan Pryce. Es la historia de una escritora talentosa que vive a la sombra de su marido que también es escritor. No se lo digo pero me parece un buen final para un texto con su firma: Mariana quiere sacar de las sombras a su escritora durmiente.





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