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El Litoral
Lunes 19.04.2021 - Última actualización - 13:26
13:23

Por Bárbara Korol

Quedate

 Crédito: Mariana Joaquín
Crédito: Mariana Joaquín

Crédito: Mariana Joaquín



Por Bárbara Korol Quedate En el bosque, el silencio se rompe con el trinar jubiloso de los pájaros. La tierra nos bendice con sus frutos y su encanto.

Por Bárbara Korol

 

Quiero gritar: "¡Quedate! Quedate conmigo". Pero no puedo. La voz se ahoga en mi garganta y es solo una vibración carente de sonido. Veo que ese hombre que amo se aleja sin mirar atrás y yo me quedo ahí, en el camino, niña despeinada y rebelde, llorando torrencialmente mi desamparo ante su ausencia.

 

Despierto y me quedo acurrucada en la cama rodeada de oscuridad. Un instante frágil y luminoso me trae recuerdos de barriletes jugando con el viento, de besos con aroma a mate amargo dejados en mi frente y paseos en los que mis infantiles manos se prendían a la esperanza de no soltar las suyas para no verlo partir. Mis ojos claros se tornan verdosos de yerba lejana con mi nostalgia por su cariño ríspido y ameno que dejó su rastro añejo de tierra colorada. Una dulce lluvia de primavera se desprende de mi alma para mojar mi cara. Afuera el sol de octubre me regala tibias promesas de brotes y de flores. Intento una mueca de alegría. Preparo el desayuno y escucho las noticias por la radio. La torta de manzanas y nueces es una delicia capaz de desarmar cualquier vieja amargura. En el bosque, el silencio se rompe con el trinar jubiloso de los pájaros. Salgo a buscar morillas, exquisitos hongos de ciprés, para enriquecer el almuerzo de mi hija. Siento que la tierra me bendice con sus frutos y su encanto. Camino entre los radales y los ñires, mientras mi boca musita perdones distantes y sentidos. Anhelo que ese hombre haya seguido sus sueños y haya sido feliz. Deseo que de vez en cuando me evoque traviesa e indomable amarrada a las ramas de aquel mango que crecía en el patio. Esa pequeña que fui se quedó con todas las lágrimas guardadas bien adentro, añorando abrazos de los que no tiene certeza, esperando el amor...

 

El maullido dulce de Tornado reclama mi atención. La vida siempre nos da oportunidades para ser felices. Hay que aprender a transformar el dolor en algo hermoso, a llenar el vacío con querencias y con risas. Vuelvo a casa a mediodía, desafinando bajito una vieja canción mientras el gato bebé salta y corre a mi lado. Martina sigue en la cama, remolona y dichosa, y esconde debajo del acochado al atigrado Izusu. Le muestro mi cosecha de hongos y ella se entusiasma. ¡Vamos a cocinar!, me dice impetuosa. ¡Que bueno que el amor siempre llega...! pienso reconfortada. Y le pellizco la nariz con maternal y cómplice ternura.

 

La torta de manzanas y nueces es una delicia capaz de desarmar cualquier vieja amargura. En el bosque, el silencio se rompe con el trinar jubiloso de los pájaros. Salgo a buscar morillas, exquisitos hongos de ciprés.

La vida siempre nos da oportunidades para ser felices. Hay que aprender a transformar el dolor en algo hermoso, a llenar el vacío con querencias y con risas.

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