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Miércoles 21.04.2021 - Última actualización - 22.04.2021 - 14:23
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Por Diego Villaverde

Con los chicos como rehenes

La educación está encarnada por maestras, maestros y niños en un ámbito que se llama escuela. La virtualidad es un recuerdo de aquello y no lo suple. Crédito: Flavio RainaLa educación está encarnada por maestras, maestros y niños en un ámbito que se llama escuela. La virtualidad es un recuerdo de aquello y no lo suple.
Crédito: Flavio Raina

La educación está encarnada por maestras, maestros y niños en un ámbito que se llama escuela. La virtualidad es un recuerdo de aquello y no lo suple. Crédito: Flavio Raina



Por Diego Villaverde Con los chicos como rehenes En los espacios terapéuticos descendieron las consultas de niños. ¿Por qué? Porque los grandes detectores de que algo o alguien está problematizado son los docentes. Son los que alertan sobre los síntomas incómodos que la familia preferiría omitir.

Por Diego Villaverde (*)

 

Hace pocos días comenzaban las clases después de un largo y accidentado 2020, en el que la presencialidad fue un espejismo repetidamente postergado. Pero aquella decisión, movida quién sabe por qué intereses ajenos a lo educativo, ha invisibilizado a dos de sus actores principales: niños y docentes. Las resonancias del malestar de estos últimos han llegado a los dispositivos de salud mental y en especial a aquellos que apuntan a alojar la angustia contemporánea y trabajar con ella.

 

Ha sido un año desbordado de trabajos inusuales y remuneraciones atrasadas, en un contexto también privado del lazo social que se entreteje en la presencialidad. ¿Puede ser ésta negociable? Sólo con reglas claras, y cierta previsibilidad -la suficiente- que hemos visto mellada por la multiplicación de los silencios y de las postergaciones. En nuestros espacios terapéuticos han descendido, sin embargo, las consultas de niños. ¿Por qué? Porque los grandes detectores de que algo o alguien está problematizado son los docentes. Son ellos los que alertan sobre los síntomas incómodos que muchas veces la familia preferiría omitir. El hogar, si no está jalonado por el ir y venir, por el entrar y salir, puede no ser refugio y devenir en lo peor. Muchas veces ─lo sabemos─ lo más oscuro se ubica puertas adentro.

 

Debemos reconocer que, como efecto del año lectivo 2020, los niños escolarizados se ubican en el espectro que va desde haber aprendido muy poco hasta la completa desescolarización. El confinamiento implicó la ruptura de los encuadres que se estructuran alrededor de los dispositivos educativos. ¿Por qué subestimar a la institución educativa, tal como la conocemos? Sabemos que su funcionamiento está lejos del ideal y seguramente tendrá mucho que mejorar, pero, ¿tenemos algo que reemplace lo que se produce allí en términos de adquisición de saber, de vínculo social y -en una palabra- de constitución de la subjetividad? Claro, en la época del fanatismo positivista, sólo cuenta lo visible, lo evaluable, lo mensurable. Así nos va. Solo se trata de que el cuerpo, concebido como máquina, no se infecte… como si la soledad, la tristeza y la falta de palabras, no infectaran hasta lo más íntimo, incluso mortalmente.

 

Durante el 2020 los chicos no aprendieron, por más que obstinados dirigentes pretendan ensoñarse con lo contrario. La ausencia de presencialidad, supuso, además, la pérdida de todos esos diques -invisibles pero operativos- que constituyen la compartimentación del tiempo: los horarios, con su diversidad de actividades y en general las rutinas que implican una dinámica de ir y venir respecto de las paredes visibles que organizan las casas.

 

Además del déficit enorme respecto de los saberes adecuados a cada edad, estamos en presencia de pequeños sujetos desbordados. Todo un año lectivo frente a dispositivos electrónicos tiene sus riesgos y hoy vemos algunos de sus efectos. El acceso irrestricto a la pornografía y a la violencia, ofrecida abiertamente en las redes a la curiosidad infantil ¿puede ser sin consecuencias? No se trata de un argumento moral, sino de plantearnos el enigma de cómo hará cada pequeño sujeto con eso que ha percibido precozmente.

 

Los chicos están, otra vez, como rehenes de mezquinas pulseadas políticas, sindicales, ideológicas… ¿epidemiológicas? No. Ninguna estadística lo avala. En la zona metropolitana de nuestro país se debate el cierre de las escuelas. Alguien podrá argumentar -sin argumentos- que lo que cierra es la presencialidad, pero la virtualidad mantiene la educación en toda su vigencia. No. La educación está encarnada por maestras, maestros y niños en un ámbito que se llama escuela. Es allí donde se produce algo, sublime o modesto, pero es allí. La virtualidad es tan solo un recuerdo de aquello y los recuerdos no suplen lo que acontece efectivamente.

 

Un halo de tristeza nos nubla paulatinamente. Probablemente sea por la incertidumbre respecto del mañana y la extinción de los horizontes propios de la vida tal como la conocimos.

 

¿Podrán quienes nos rigen estar a la altura de su condición? ¿O necesitan hacer valer el peso de su poder sobre los más vulnerables en pos de sus brutales rivalidades? Quedó comprobado que el dilema va mucho más allá de economía o vida. La vida implica un entramado complejo que tiene una savia secreta, que no se ve, no se mide, no se evalúa, pero se siente, nos tracciona y nos sostiene. ¡No la dejemos morir!

 

(*) Psicólogo. Matrícula N° 954. Lic. en Filosofía. Psicoanalista miembro de la Asociación mundial de Psicoanálisis.

 

En los espacios terapéuticos descendieron las consultas de niños. ¿Por qué? Porque los grandes detectores de que algo o alguien está problematizado son los docentes. Son los que alertan sobre los síntomas incómodos que la familia preferiría omitir.

 

En la época del fanatismo positivista, sólo cuenta lo visible, lo evaluable, lo mensurable. Así nos va. Solo se trata de que el cuerpo, concebido como máquina, no se infecte… como si la soledad, la tristeza y la falta de palabras, no infectaran, incluso mortalmente.

 

Además del déficit enorme respecto de los saberes adecuados a cada edad, estamos en presencia de pequeños sujetos desbordados. Todo un año lectivo frente a dispositivos electrónicos tiene sus riesgos y hoy vemos algunos de sus efectos.

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