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Miércoles 28.04.2021 - Última actualización - 13:39
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Por Martha F. Raviolo Mascaró

Marginalia. El legado que Ernesto Sábato me dejó

Ernesto Sábato y Matilde en su caóticamente ordenado estudio.  Crédito: ArchivoErnesto Sábato y Matilde en su caóticamente ordenado estudio.
Crédito: Archivo

Ernesto Sábato y Matilde en su caóticamente ordenado estudio. Crédito: Archivo



Por Martha F. Raviolo Mascaró Marginalia. El legado que Ernesto Sábato me dejó En su estudio, había un sinfín de papeles en los que el escritor rindió culto a los subrayados y notas al margen de sus lecturas. Marcas íntimas del impulso de intervenir los textos. Hay algo de confesión íntima en esas marcaciones.

Por Martha F. Raviolo Mascaró 

 

Conocí a Ernesto Sábato en los años de plomo que sacudieron el país y mi propia vida. Recién egresada de la universidad me atropelló la violencia del miedo, y la falta de garantías constituciones me impidió continuar con el dictado de mis cátedras. En ese contexto, él me permitió acercarme a su persona, acudió en mi auxilio y me sostuvo en su grandeza.

 

Fui su asistente en tareas vinculadas al oficio de escritor durante casi una década, desde fines de los 70´. Recuerdo que en los primeros encuentros me llamó la atención el caóticamente ordenado estudio del famoso escritor, con estanterías desbordadas de libros y gran cantidad de papeles y materiales de trabajo acumulados en todos los rincones. Sábato solía reconocerlo en nuestras charlas mientras, con resignación, admitía que el ordenamiento de esos nichos de trabajo le demandaba un tiempo muy valioso que ya no estaba dispuesto a perder. 

 

Tuve el privilegio de ser testigo del bien disimulado laberinto. Supe adivinar el débil pedido de ayuda escondido tras sus palabras. Y me ofrecí para ser protagonista del tentador desafío. Tarea sencilla, en principio, y sin demasiadas exigencias. 

 

Después vendría el gratificante ofrecimiento de la calificada tarea de revisión de un sinfín de papeles en los que Sábato rindió culto a los subrayados y notas al margen de sus lecturas. Fue un proceso de rescate de las marcas íntimas del impulso de intervenir los textos. Localizar rastros de un derrotero privado, persistente y personal; acompañar su búsqueda vital y siempre inquieta para sumar posturas coincidentes con las propias o confrontar ideas divergentes, sosteniendo siempre un inteligente diálogo con la palabra de los otros. Sé, por experiencia personal, por la contundencia de lo vivido durante la relación intelectual establecida, que hay algo de confesión íntima en esas marcaciones. Pistas en espera dejadas por el autor para que alguien repare en ellas y las utilice, no sólo para resignificar su vida y su obra sino para completarla. ¡Hagámoslo!

 

Esa modalidad de escritura, por similitud (no por igualdad, cabe aclarar) actualiza lo que en tiempos inmemoriales se conoció como los marginalia (o escolios), textos breves que los monjes medievales solían dejar anotados en los márgenes de papiros y pergaminos cuando transcribían antiguas escrituras. Es lo que me invita a titular Marginalia al libro de mi autoría, basado en inéditos escritos al margen de Ernesto Sábato, que saldrá a la luz próximamente con el auspicio de la Universidad Nacional del Litoral. 

 

Sábato fue mi Maestro, mi mentor. Celebro su saludable influencia.

 

Aquel vínculo inicial fue transformándose en un sentimiento casi paternal, de cálida y generosa amistad. Habité su casa en períodos en que Ernesto y Matilde, su esposa, viajaban al exterior para participar en importantes eventos culturales. Fue entonces cuando decidió encomendarme la tarea de corrección y organización temática de sus papeles, con ajuste a un protocolo que él mismo me había preparado. 

 

Era Matilde, la inefable y dulce Matilde, quien insistía en invitarme a permanecer, durante los períodos de ausencia, en la mítica casona trabajando en las tareas encomendadas por Don Ernesto. De ese modo, decía, podía evitarme los viajes con grandes volúmenes de papeles, o estar pendiente del envío por correspondencia. Dudé en aceptar, temía sentirme intrusa en la centenaria casona. Fue Don Ernesto quien puso fin a mi resistencia con una cartita de no más de cinco líneas (como era su costumbre) donde me decía, "Martha sonsa, cómo podría considerarla intrusa entre mis cosas…". Guardo esa carta como preciado tesoro, entre otras tantas que recibí de él. 

 

Un día de primavera de 1981 (jamás lo olvidaré), me encontré sumergida en el inconmensurable Universo del pequeño estudio del Maestro. Me invadió una extraña mezcla de orgullo y ansiedad. Mi primera reacción fue acariciar con mis manos el teclado de la legendaria máquina de escribir. Don Ernesto era adicto a ella, tanto como (o porque) renegaba de su propia letra, "letrita odiosa… pequeña pero temible" diría en uno de sus libros. Aprendí a reconocer esa letra mínima y oscura, observando su firma y ocasionales trazos prácticamente indescifrables sobre algún papel. Recuerdo que ante la casi absoluta falta de manuscritos de puño y letra, acuñé para él un apodo sensible y cariñoso, "mi Maestro, manos de tecla". Sí, conocí su letra zigzaguente y diminuta, pero conocí más aún el "qwertyuiop" de su máquina de escribir. Trabajé con ella. Cientos y cientos de fichas esculpidas por esa máquina pasaron a mis manos, en copias legadas por el Maestro. A veces me las entregaba en voluminosos sobres papel madera que retiraba de la correspondencia acumulada, en espera de ser leída. Sobres que en algunos casos, como mensajes procedentes de otra vida, aún venían dirigidos al "Doctor Ernesto Sábato", recordándome que también había sido (¡era!), ese encumbrado científico que "abandonó la ciencia por la existencia", según reza la placa homenaje que le fue entregada en Parque Lezama, en reconocimiento por haber inmortalizado en Sobre Héroes y Tumbas ese emblemático lugar porteño. 

 

Obvio es que, con los avances de mi trabajo, los estantes de las bibliotecas se iban poblando de carpetas con notas de íntimos diálogos con los libros, con bifurcaciones temáticas, apologías y rechazos, a la vez que, paralelamente iban delineando un perfil cada vez más ajustado, no solo del conocido escritor, sino también del no tan conocido hombre concreto y sus vaivenes, a la manera que proponía Ortega y Gasset en su Meditaciones del Quijote, "yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo". Conducta que bien define el tránsito, documentado por sí mismo, de la azarosa vida del universalmente conocido y multipremiado escritor argentino.    

 

Ernesto Sábato, intelectual que se escabulle a cualquier tipo de encasillamiento, oscilante entre prístinas ecuaciones matemáticas y desorbitadas manifestaciones surrealistas, tuvo el coraje de documentar en sus ensayos los tumbos y dubitaciones que lo llevaron a través de la ideología política, la ciencia, la literatura y la pintura. Confiamos en que la proyectada edición de "Marginalia", contribuirá a ampliar el horizonte de lectura de esas desgarradas páginas, mojones ineludibles del tránsito de una vida signada por búsquedas que no fueron aventuras en las puras ideas sino que estuvieron entrañablemente unidas a la esperanza, la angustia, las persecuciones y el miedo.

 

De los cientos de hojas recibidas hace ya varias décadas y que hoy, borrosas, frágiles y amarillentas aún conservo, en mi proyecto incluiré contenidos referidos a apuntes marginales sobre la problemática del Mito, los Sueños y el Arte. Vendrán luego temas vinculados a Poesía, Novela y Locura y a continuación, los Ismos y más. Así hasta agotar el invaluable caudal de materiales que Ernesto Sábato me legara, intuyo (con razonable grado de fundada certeza) que con el disimulado propósito de hacerme responsable de su divulgación al fenecer el tiempo de custodia. ¡Me hago cargo!

 

Sábato siempre estuvo enemistado con el agobio de los días de verano. Quizá por eso eligió marcharse en Otoño. La 37ª Feria Internacional del Libro estaba en su apogeo y Buenos Aires celebraba en esos días haber sido designada por la UNESCO Capital Mundial del Libro. En el Jardín delantero de la mítica Casona de Santos Lugares, la hojarasca había tendido un tapiz dorado para despedir los restos de su Ilustre Dueño. 

 

Hay algo de confesión íntima en esas marcaciones. Pistas en espera dejadas por el autor para que alguien repare en ellas y las utilice, no sólo para resignificar su vida y su obra sino para completarla. 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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