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Miércoles 05.05.2021 - Última actualización - 13:35
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Por Alejandro A. Damianovich

Ecos de Napoleón Bonaparte en la vida santafesina

Grabado que representa a Napoleón Bonaparte según David, similar al que poseía Estanislao López.  Crédito: GentilezaGrabado que representa a Napoleón Bonaparte según David, similar al que poseía Estanislao López.
Crédito: Gentileza

Grabado que representa a Napoleón Bonaparte según David, similar al que poseía Estanislao López. Crédito: Gentileza

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Por Alejandro A. Damianovich Ecos de Napoleón Bonaparte en la vida santafesina En el bicentenario de su fallecimiento (1821-2021), se retoman los sentimientos que este extraordinario personaje de la historia produjo en Francisco Antonio Candioti y Estanislao López.

Por Alejandro A. Damianovich*

 

La extraordinaria figura de Napoleón Bonaparte produjo en el mundo de su tiempo los sentimientos más variados, algunos de los cuales, como la condena de Francisco Antonio Candioti o la admiración de Estanislao López, aparecen insinuados en Santa Fe en dos testimonios significativos: una semblanza encontrada entre los papeles de Candioti y un retrato de Napoleón que López tuvo colgado en su propio cuarto.

 

Tengamos en cuenta que el nombre de Bonaparte estaba asociado a los profundos cambios que convulsionaron el mundo en la transición del siglo dieciocho al diecinueve y que tales cambios penetraron profundamente en la realidad americana, llegando a López y a Candioti de muy diversas maneras. Mientras este era uno de los vecinos principales de la ciudad, rico y respetado, casi septuagenario en 1810, el joven Estanislao, con la mitad de la edad, no poseía más bienes que los aperos de su caballo y las armas de su oficio de soldado. Uno debía su encumbrada posición al mundo que se desmoronaba y el otro cifraba sus esperanzas en el que se abría hacia el futuro. Los dos fueron, sin embargo, conductores del proceso que hizo de Santa Fe una entidad política autónoma en medio de una revolución que apoyaron sin reservas y que había prosperado en la medida en que el propio Napoleón había anulado el poder de represión de la metrópoli.

 

El "traidor Napoleón"

 

Por primera vez se anotó el nombre de Bonaparte en las actas del Cabildo santafesino el 25 de noviembre de 1808, cuando se recibieron instrucciones para recaudar fondos para "auxiliar a los compatriotas afligidos por el traidor Napoleón", que había invadido el territorio español. Los acontecimientos se aceleraban y se superponían: en la misma sesión se recibieron ocho medallas conmemorativas de la jura de fidelidad a Fernando VII. No sabían los cabildantes que se estaban repartiendo las últimas reliquias de la efectiva dominación del último rey reconocido en estas tierras.

 

La situación de España ocupada, la captura del rey, el avance de las ideas heréticas de la revolución francesa sobre el universo ideológico católico, conmovieron el mundo de Candioti. "¿Seremos franceses o españoles?" preguntaba al Obispo Benito Lué en una correspondencia privada, aludiendo quizá a la nacionalidad francesa del virrey Liniers, a quien Napoleón había contactado por medio del marqués de Sassenay. No es de extrañar que Candioti fuera en esos días la principal conexión del alzaguismo en Santa Fe y que el teniente de gobernador denunciara aprontes locales de insurrección que debieron estar vinculados al frustrado intento de Álzaga de derrocar a Liniers el 1º de enero de 1809.

 

Una semblanza de Napoleón entre los papeles de Candioti

 

Hace años me llamó la atención entre los papeles de Candioti un pliego amarillento y de bordes raídos que contiene unas reflexiones sobre Napoleón con motivo de su primera caída. Por mucho tiempo pensé que alguien de su entorno familiar lo había redactado, hasta que los nuevos recursos informáticos aplicados a la investigación me permitieron descubrir que era en realidad una transcripción de un artículo inglés aparecido el 12 de mayo de 1814 en el "Evening Advertiser of Thursday", y reproducido a su vez en las "Memorias para la historia de la revolución española" de Juan Nellerto, (seudónimo de Juan Antonio Llorente, 1756-1823), publicado en París ese mismo año.

 

El emperador había abdicado en marzo y la noticia debió ser asumida por Candioti con un humor diferente al de su enojo de 1808. Todo había cambiado en poco tiempo y en esos días la principal preocupación de los santafesinos era la de sacarse de encima el peso del centralismo de Buenos Aires. Por eso debió prestarle atención al tono del artículo en el que se analiza, con cierta mesura, la dimensión de aquel hombre extraordinario sin dejar de calificarlo de "tirano". Comenzaba diciendo "ya cayó Napoleón. Ya podemos detenernos frente a este gran prodigio...". "No es dudoso que él ha hecho mal; -decía en otro tramo- pero tampoco debe negarse que ha producido infinito bien. Por su medio (conforme o no a su interés) la España, el Portugal y la Francia gozan de la ventaja de una constitución libre". Como es sabido, el emperador tuvo un breve resurgimiento de cien días hasta su derrota definitiva en Waterloo en junio de 1815, dos meses antes de la muerte del primer gobernador santafesino.

 

¿Cómo llegó esta semblanza a manos de Candioti? No parece ser una traducción directa del artículo inglés, pues se ajusta exactamente a la publicada en el libro de Llorente, de donde debieron copiarla. Puede ser que la transcripción se haya hecho en Buenos Aires, ya que difícilmente el libro llegara a Santa Fe, y el copista haya pensado que el texto sería de interés para Candioti, enviándosela por correo, lo que explicaría los pliegues marcados en el papel.

 

Sea como fuere, el documento figura entre los papeles de Candioti y fue incluido entre los que se agregaron -sin que sepamos porqué- al litigioso proceso sucesorio sostenido por los maridos de sus hijas, Antonio Crespo y Urbano de Iriondo.

 

Un retrato de Napoleón en el cuarto del Brigadier López

 

Podía apreciarse, hace algunas décadas, en el Museo Histórico Provincial el retrato de Napoleón que había pertenecido a Estanislao López y que era donación de sus descendientes. Lamentablemente, ese valioso testimonio de su admiración por la extraordinaria figura de Bonaparte, hace tiempo que ha desaparecido.

 

Además de figurar en el inventario de sus bienes, sabemos que el cuadro pasó a poder de su hijo Martín y que fue valuado en 6 pesos, cifra que duplicaba la tasación de su propio retrato realizado por Carlos Enrique Pellegrini. Según testimonio consignado en las Memorias de Pedro Ferré, el retrato de Napoleón se encontraba colgado sobre una cómoda en el cuarto del Brigadier cuando él lo vio en 1830. En 1853, el General Urquiza se alojó en la casa de López para asistir al Congreso Constituyente, y pudo ver el cuadro que entonces se encontraba sobre el dintel de la puerta del mismo dormitorio, según consignó el periódico "El Nacional Argentino" de Paraná, como anota José Carmelo Busaniche.

 

El mismo periódico especifica que se trataba de un grabado "d´apres David", e indagando un poco en la web pudimos visualizar varios ejemplares que se ajustan a esta descripción, uno de los cuales se reproduce aquí, ya que coincide con la memoria que tengo del cuadro según lo conocí en la década de los setenta.

 

El grabado debió ser tema de conversación entre el médico personal de Rosas y el caudillo santafesino. Como se sabe el doctor James Lepper vino a tratar a López en 1836, cuando este daba ya señales de una seria enfermedad. El facultativo irlandés había tratado a Napoleón después de su captura en Waterloo, a bordo de la fragata Bellerophon, poco antes de su viaje a Santa Elena.

 

Como militar afortunado, López no podía dejar de admirar a Napoleón, pero tengo para mí que lo que más debió impresionarle, y en lo que se vería identificado el santafesino, es que sobre el famoso emperador podía decirse lo mismo que sobre López anotó en sus Memorias el General Iriarte: "solo la revolución había podido elevar a tanta altura a un hombre salido de la plebe".

 

* Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos.

 

Uno debía su encumbrada posición al mundo que se desmoronaba y el otro cifraba sus esperanzas en el que se abría hacia el futuro. Los dos fueron conductores del proceso que hizo de Santa Fe una entidad política autónoma en medio de una revolución que apoyaron sin reservas. 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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