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Sábado 08.05.2021 - Última actualización - 14:57
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En la mira

El mundo que nos toca vivir

 Crédito: Ilustración Lucas Cejas - Archivo El Litoral
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En la mira El mundo que nos toca vivir Para los gobiernos autoritarios del siglo XXI, la libertad de prensa y la independencia del Poder Judicial son los enemigos a derrotar. Poner límites al poder de los gobernantes ha sido la preocupación de los más destacados pensadores de la modernidad.

I

A los gobiernos autoritarios del siglo XXI se los distingue por dos rasgos: recelan de la libertad de prensa y les fastidia enormemente la independencia del poder judicial. Es decir, no aceptan controles. Su objetivo es la concentración del poder sin límites. Ello incluye la aspiración a perpetuarse en el poder y reducir las libertades a su mínima expresión, cuando no conculcarlas. La libertad de prensa y la independencia del Poder Judicial son para Vladimir Putin, Nicolás Maduro, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele, Daniel Ortega, los enemigos a derrotar. También lo eran para Donald Trump, con lo que se confirma una verdad que no por conocida merece destacarse: las tentaciones autoritarias y autocráticas abrazan con parecido fervor los campos de la izquierda y la derecha. ¿Es necesario agregar que para el actual gobierno argentino la libertad de prensa y la independencia del Poder Judicial son los enemigos, o por lo menos, los obstáculos a eliminar o reducir a su mínima expresión? Si al actual gobierno presidido por Alberto Fernández y Cristina Kirchner lo vamos a juzgar por sus declaraciones y algunas de sus iniciativas, está claro que por lo menos sus tentaciones son esas. Sería injusto, y sobre todo inexacto, calificar al actual gobierno argentino de autocrático, pero al mismo tiempo sería ingenuo desconocer las tendencias autocráticas que anidan en su interior, tendencias que en más de un caso las expresan sus máximos dirigentes. Por lo pronto, lo que parece evidente es que si la Argentina no ha derrapado hacia la autocracia no es tanto por las convicciones republicanas de sus actuales gobernantes, sino por la presencia de una oposición que no esta dispuesta a admitir que el destino del país se parezca al de Venezuela.

 

II

Desde las derrotas históricas de las monarquías absolutas, poner límites al poder de los gobernantes ha sido la preocupación de los más destacados pensadores de la modernidad. Asimismo, la historia de esa modernidad podría escribirse narrando las tentaciones de los más diferentes gobiernos por eludir esos limites o lisa y llanamente abolirlos. Los argumentos pueden ser diversos, desde los más primarios a los más sofisticados, pero en todos los casos los objetivos son los mismos: concentrar el poder en nombre de Dios, de la patria o de algún enemigo externo o interno. La tentación ha atravesado las fronteras de la izquierda y la derecha cuyas versiones extremas han racionalizado su pasión autoritaria, cuando no su vocación totalitaria. La historia del siglo XX fue aleccionadora. Y con las diferencias del caso, el siglo XXI corre el riesgo de tropezar con la misma piedra y enredarse en los mismos debates.

 

III

¿Derecha e izquierda? Es casi un lugar común decir que esas diferencias no existen, lo cual es un error, tal vez menos grave que quienes creen que al mundo o a la nación se lo debe interpretar alrededor de esas consideraciones exclusivas. Digamos en principio que hay un debate amplio en precisar no tanto qué son la derecha y la izquierda, como cuáles son sus límites, sus alcances. Una discusión que por el momento parece estar saldada, es que las versiones extremas de un lado y del otro, además de equivocadas y minoritarias suelen ser socialmente peligrosas por la carga de fanatismo y violencia que portan. La otra discusión en la que habría un consenso importante es acerca de la legitimidad de estas dos posiciones. Digámoslo de una buena vez: derecha e izquierda son legítimas tradiciones políticas y culturales de la modernidad. No es la lucha del bien contra el mal o entre ángeles y demonios. La derecha y la izquierda pueden y deben coexistir en una nación democrática. No deberían ser enemigos, ni su objetivo debería ser el aniquilamiento de una de las partes. Cuando esto ocurrió en la Alemania nazi, por ejemplo, o en la Rusia bolchevique, el precio a pagar fue de millones de muertos. La existencia de derecha e izquierda no es un deseo, es una dato de la sociedades modernas. Su coexistencia debería ser una decisión, un acuerdo civilizado. No se trata de un deseo ideal, sino de una constatación práctica. En los países democráticos la derecha y la izquierda coexisten y en más de un caso suele haber comunicación entre un territorio y el otro. Alguna vez dije, citando a un politólogo que ahora no recuerdo el nombre, que un izquierdista con los pies en la realidad inevitablemente tiene que correrse unos grados hacia la derecha; y un derechista para quien la compasión por los pobres es un sentimiento noble, inevitablemente debe correrse unos grados hacia la izquierda.

 

IV

Si la izquierda con aspiraciones reales de gobierno se corre hacia la derecha o hacia el centro, y si la derecha dispuesta a competir democráticamente debe retomar algunas tradiciones de la izquierda, quiere decir que más allá de convicciones, intereses o ideologías, hay o debería haber, una categoría conceptual para pensar la política superior o más amplia o más comprensiva que la tradicional dicotomía entre izquierda y derecha. Más allá de las interpretaciones que se hagan al respecto, pareciera que las propuestas de abolir el capitalismo, cuando no, destruirlo, tiene cada vez menos consenso, en tanto lo que se debate en términos prácticos es cómo hacerlo funcionar en términos de más justicia, más libertad, más eficiencia y más compasión. No es un debate fácil. Es más, no está del todo claro cómo se resolverá. Uno de los rasgos del siglo XXI es la pérdida de las certezas que alentaron a la humanidad en el siglo veinte. Se puede seguir siendo de izquierda o de derecha; liberal o proteccionista; estatista o mercadista, pero los que ayer parecían tan convencidos hoy dudan, aunque no lo reconozcan. Y dudan porque los imperativos de la realidad, los cambios científicos y tecnológicos, la globalización económica y financiera, las crisis de las identidades nacionales y la emergencia de nuevas o añejas pasiones religiosas generan incertidumbres y temores y, al mismo tiempo, la sospecha de que estas dudas son más un signo de sabiduría que de ignorancia. El mundo que nos toca vivir es un mundo complicado, un mundo que en esta coyuntura debe lidiar con una pandemia inesperada cuyas consecuencias aún no terminamos de mensurar, pero es al mismo tiempo un mundo donde sigue habiendo un amplio espacio para la esperanza, para congratularse con la dicha de vivir.

 

V

El siglo veinte ha sido un siglo en el que han abundado los errores y los horrores, pero también ha sido un siglo con logros y conquista sociales notables. Dicho de una manera sintética: a la hora del balance histórico, en el año 2000 el mundo es en términos globales muchos más justo, más humano y más confortable que en el año 1900. Más allá de tragedias y espantos, de asignaturas sociales pendientes, las cifras globales son muy claras: más expectativa de vida, más prosperidad, menos pobreza. Con todos sus errores, sus vicos, incluso sus injusticias, esa victoria civilizatoria a las sociedades capitalistas no se le puede negar. Por lo meno si lo comparamos con los horrores del sistema que pretendió reemplazarlo: el comunismo y el fascismo. Esto no quiere decir que estemos en el Paraíso, entre otras cosas porque los Paraísos no son humanos y, además, porque hemos aprendido que cada conquista civilizatoria suele incluir una cuota inesperada de barbarie. Vivimos en un mundo imperfecto, injusto en muchos términos, pero es un mundo mucho más humano que el que conocieron nuestros abuelos, más allá de miradas retrospectivas cargadas de melancolía y añoranzas y más allá de los rigores de las coyunturas. Si la colaboración y los acuerdos alrededor de temas como la libertad, la pobreza y la paz son necesarios y en algún punto decisivos para resolver los dilemas que se nos presentan, también importa advertir que las tentaciones por simplificar la complejidad de lo real, la nostalgia por el líder providencial, la pulsión por suponer que la libertad es una virtud que no nos merecemos y que el rebaño es más importante que la dignidad individual, siguen presentes, acechan, merodean. Hacerse cargo de la complejidad de la vida y de la complejidad de la política significa aprender a lidiar entre las exigencias de un consenso que no anule las libertades y la aceptación inevitable de conflictos cuya resolución no se resuelva aniquilando al diferente. 

      

Sería injusto, y sobre todo inexacto, calificar al actual gobierno argentino de autocrático, pero al mismo tiempo sería ingenuo desconocer las tendencias autocráticas que anidan en su interior, tendencias que expresan sus máximos dirigentes. 

 

Derecha e izquierda son legítimas tradiciones políticas y culturales de la modernidad. No es la lucha del bien contra el mal o entre ángeles y demonios. La derecha y la izquierda pueden y deben coexistir en una nación democrática.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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