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Lunes 17.05.2021 - Última actualización - 9:19
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Creadora del primer trigo transgénico

Raquel Chan: "Para hacer ciencia hay que saber adaptarse y soportar el fracaso"

La reciente incorporación a la Academia Nacional de Ciencias suma reconocimiento a una importante carrera, cuya descripción no cabe en una sola nota. Mejor saber cómo piensa, trabaja, alienta, propone y discute.     

Raquel Chan es Investigadora Superior de CONICET, Directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL, CONICET-UNL) y Profesora Titular de la Universidad Nacional del Litoral. v    Crédito: Mauricio GarínRaquel Chan es Investigadora Superior de CONICET, Directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL, CONICET-UNL) y Profesora Titular de la Universidad Nacional del Litoral. v
Crédito: Mauricio Garín

Raquel Chan es Investigadora Superior de CONICET, Directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral (IAL, CONICET-UNL) y Profesora Titular de la Universidad Nacional del Litoral. v Crédito: Mauricio Garín

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Creadora del primer trigo transgénico Raquel Chan: "Para hacer ciencia hay que saber adaptarse y soportar el fracaso" La reciente incorporación a la Academia Nacional de Ciencias suma reconocimiento a una importante carrera, cuya descripción no cabe en una sola nota. Mejor saber cómo piensa, trabaja, alienta, propone y discute.      La reciente incorporación a la Academia Nacional de Ciencias suma reconocimiento a una importante carrera, cuya descripción no cabe en una sola nota. Mejor saber cómo piensa, trabaja, alienta, propone y discute.     

El 23 de abril, a las 18, Raquel Chan estaba en el invernadero del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral. El dato es bien preciso porque ese día y desde ese lugar, la investigadora superior del Conicet, directora del IAL y docente de la UNL recibió el "honor" de integrar la Academia Nacional de Ciencias en un acto que, como casi todo desde que se inició la pandemia por Covid-19, fue virtual. Aunque no por eso menos emotivo.

 

En los primeros días de mayo, Chan estaba en el mismo invernadero pero esta vez para dialogar con El Litoral sobre la ciencia, su trabajo, el equipo, la divulgación y la manera en que un desarrollo científico que demandó años puede contribuir a la lucha contra el hambre.

 

La charla es con distancia, estricto barbijo y protocolo. "Así venimos muy bien; estamos trabajando desde el 9 de junio (de 2020) y no tuvimos ningún contagio interno lo cual es importante". Hasta esa fecha pudieron ir al Instituto los "esenciales" porque "si no, se nos morían las plantas", describe para sintetizar apenas la complejidad que demandó el trabajo científico en pandemia.

 

- ¿Qué significa el ingreso a la Academia Nacional de Ciencias?

 

- Es un honor que te hace el resto de la comunidad científica. Esto tiene muchas evaluaciones previas y así lo explica la presidenta de la Academia, Beatriz Caputto, en el inicio del acto que fue virtual (https://www.youtube.com/watch?v=lsgVQvQrfZ8): la incorporación es propuesta por un miembro de la Academia, pasa por varias evaluaciones y luego se define por votación de sus integrantes.

 

Pero voy a seguir trabajando igual; en realidad renueva el compromiso porque como académica hay una responsabilidad mayor y más trabajo de divulgación con la idea de despertar vocaciones científicas y desmitificar la función del científico: somos gente común a la que nos gusta este trabajo y somos gente privilegiada porque hacemos un trabajo que nos gusta, pero nadie de nosotros es un genio.

 

Ese mito está muy presente en los dibujos animados o en la televisión donde el científico está siempre con el guardapolvos y tiene una mente brillante: debe existir pero para la mayoría de la gente que trabaja en ciencia, esto es 99 % de sudor y un poco de suerte.

 

- Ese mito puede producir una distancia entre la fantasía y la realidad porque muchos pueden pensar "no puedo hacer ciencia porque no soy un erudito o una erudita".

 

- No hay que serlo. Estuve en muchos lugares del mundo donde tengo colegas, hago colaboraciones y trabajo con gente que tiene una inteligencia normal que le permite deducir cosas. Sin embargo, una de las características fundamentales que hay que tener para ser científico es la capacidad de adaptarse y soportar el fracaso. Cuando se hace un trabajo rutinario, uno se puede equivocar y el problema se puede resolver. En nuestro trabajo, en cambio, hay mucha prueba y error; el propio método científico implica que a partir de una observación se hace una hipótesis que tiene que ser corroborada o refutada por el método experimental. Puede ocurrir que no funcione y hay que "aguantarse" que no funcione aunque a lo mejor esa etapa llevó un año de trabajo. Hay otro tipo de problemas más para los científicos experimentales, y es que hay cosas ajenas a nosotros, por ejemplo, que se corte la luz. Entonces, tenés un experimento corriendo en un equipo, se corta la luz y hay que empezar de nuevo. Eso implica enojarse y eso está bien. Pero al día siguiente hay que renovar energías y decir "lo hago de nuevo".

 

- ¿La academia (como universidad) prepara para esa tolerancia a la frustración?

 

- No. Soy docente en la universidad y veo alumnos excelentes, con un promedio altísimo y están acostumbrados desde chicos a que si hacen lo que tienen que hacer, como estudiar de un libro, les va a ir bien. Puede ocurrir que algunos de ellos fracasen en ciencia porque no soportan que les vaya mal. En cambio, a veces se la aguantan más los que están acostumbrados a los sopapos (en el sentido metafórico). No se cómo preparar a los alumnos para eso, solo diciendo a veces se da y a veces no se da.

 

Yo también he sido una muy buena alumna, no de 10 todo el tiempo (N. de la R. aparecen varios 10 en su extensísimo curriculum).

 

- Fuiste una buena alumna, ¿cuándo decidiste que lo tuyo era la ciencia? (N. de la R. Es una pregunta que preferiría no responder, y así lo dice en el acto del 23 de abril).

 

- Yo qué se, no se. Había que elegir una carrera en algún momento. Tengo un "problema" y es que me gusta todo. Podría haber seguido Filosofía que me encantaba, Literatura que me encanta o podría haber seguido Ciencias Económicas. No Medicina porque me impresiona mucho, Veterinaria tampoco. Son carreras bárbaras pero yo sabía que no tenía el temple para trabajar con cuerpos y aún aprobando todo no habría podido trabajar con pacientes porque me involucro con los problemas de todos. Me terminé de decidir por Bioquímica que parecía que me iba a dar respuestas (era una fantasía naif absoluta) a todas las demás cosas; como si así pudiera responder el comportamiento humano. Y la verdad es que estamos a años luz de eso.

 

Pero con 16 o 17 años de edad yo no sabía que ninguna química va a dar todas las respuestas sobre el comportamiento humano porque no todo está en los genes. En los genes hay un montón de información que limita o define; pero define mucho más el medioambiente.

 

Es verdad que si hubieses nacido acá y te adoptaban en Suecia, físicamente serías igual o con unos kilos más o menos porque la alimentación probablemente sea distinta, pero lo más probable es que tendrías el mismo pelo, la misma altura, el mismo color de ojos, porque eso sí lo define la genética. Todo lo demás lo define la crianza, la educación, la interacción con la sociedad y el medioambiente.

 

No todo es genético y no todas las enfermedades son genéticas. Y en el comportamiento humano, la interacción social tiene mucho poder definitorio. Es una falsedad que todo está en los genes.

 

- Genes y medioambiente son buena parte de tu investigación.

 

- Si, pero hay otras cosas en lo social que no tienen que ver con los genes. Las plantas tienen "un comportamiento social y comunitario", y lo dijo entre comillas porque no quiero promover que las gente les cante porque neuronas no tienen.

 

Cuando digo "en comunidad" es porque cuando una planta crece al lado de otra se tapan la luz que es la fuente de energía, compiten por los nutrientes, se adaptan a otras plantas que tienen a su lado. No es lo mismo una planta que crece aislada que una que lo hace en comunidad, como normalmente ocurre.

 

"Sin un equipo no podría trabajar. El trabajo experimental en solitario casi no existe", dice Raquel Chan mientras reconoce a quienes se desempeñan en distintas áreas del IAL. Aquí, en el invernadero del Instituto. Foto: Mauricio Garín

 

- ¿Por qué decidiste este campo de investigación?

 

- Estudié Bioquímica, seguí estudiando afuera, después tuve la oportunidad de hacer una tesis en fotosíntesis, en la Universidad de Rosario. Esa fue la oportunidad y me gustó; después llegó el auge del ADN y la biología molecular y había que aprender a hacer eso que técnicamente era muy distinto de lo que veníamos haciendo. Hice un postd Doctorado en Francia, aprendí sobre Biología Molecular y cuando volví me decidí por este tema (ver Perfil). Fue un recorrido lento en el que fui avanzando y retrocediendo. Hoy podría decir que mi laboratorio se dedica a la interacción entre las plantas y el medioambiente, pero no es algo que podía decir hace 25 años. Fue un camino de a pasos, hicimos un salto particular cuando pudimos venir acá.

 

"Acá" es en el predio del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral, a la vera de la ruta 168 y a unos 500 metros de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas adonde se llega y se vuelve por un camino interno. "La mayoría de los investigadores y becarios del Instituto somos docentes en la Facultad y el caminito es muy transitado, al menos en épocas prepandemia cuando las clases presenciales eran cotidianas".

 

Y en el predio, además del edificio amplio y luminoso, hay una estructura en plena construcción que permitirá montar cámaras de cultivo y más laboratorios. "Hay mucha gente buena, todos quieren tener más equipos y no hay lugar suficiente", apunta Chan al pasar.

 

Un poco más allá hay una parcela experimental donde se trabaja en cultivos durante el verano y, al lado, está el invernadero donde se distribuyen plantas de arroz para un proyecto de la provincia que procura obtener cultivos tolerantes a la salinidad. "Tenemos buenos resultados, habrá que ver si seguimos o no y si se asignan más fondos", cuenta la científica mientras enumera: "Me la paso gestionando, pidiendo fondos, rindiendo cuentas, me reúno con mis becarios todo el tiempo, pero no puedo trabajar con las manos".

 

Más allá se desarrolla otro experimento con raíces de soja. Al lado, una serie ordenada de macetas vacías esperan por nuevas plantas de arroz para confirmar o descartar nuevas hipótesis.

 

Al fondo, un panel refrigerante se prende automáticamente cuando la temperatura sube y "tira aire de un lado al otro"; no llega a ser un aire acondicionado, solo otorga un poco más de confort (a las plantas) cuando el calor apremia. Arriba, unas "cortinas" se despliegan en forma automática cuando la luz es excesiva. "Todo esto lo pagó el Conicet", reconoce Chan que en cada descripción incluye el nombre de quien lleva adelante la investigación.

 

Todos esos nombres, de quienes participan ahora, de quienes estuvieron antes y de quienes hacen posible cada tarea en el IAL aparecen al final de la presentación que desde ese mismo lugar compartió con la Academia de Ciencias.

 

- ¿Te gustaría volver a poner las manos en la tierra?

 

- Obvio, claro que me gustaría poner las manos en la tierra y en la mesada. En una época llegaba a hacerlo en enero, cuando no hay clases. Pero ya ni eso; sigo trabajando en enero pero en otras cosas: pido los subsidios, respondo por los subsidios, administro la plata de acuerdo a la normativa del Estado que es estricta. Todavía estamos muy cargados de tarea administrativa y de evaluación: el Conicet es un modelo porque tiene un sistema de evaluación continuo, pero a los mismos pares nos toca ser evaluadores. Todos los que aceptamos la carga pública, que somos muchos, estamos muy sobrecargados. Pero algún día mejorará.

 

Perfil

Raquel Chan nació en Capital Federal, estudió Química en la Universidad Hebrea de Jerusalem, cursó un Doctorado en la Universidad Nacional de Rosario y un Post Doctorado en la Universidad Luis Pasteur (Francia). Es investigadora superior del Conicet, directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral y Profesora Titular en la UNL en la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas. Autora de numerosas publicaciones nacionales e internacionales, y con una destacada participación en congresos y jornadas científicas en diversos lugares del mundo, recibió numerosos premios y reconocimientos.

 

Transgénicos en el debate

 

En los artículos periodísticos, la investigadora Raquel Chan figura como la creadora del primer trigo transgénico HB4, un rótulo que, junto con una impresionante lista de reconocimientos, premios y patentes, fue forjando el camino hacia la incorporación a la Academia Nacional de Ciencias.

 

Sin embargo, no son pocas las resistencias que recibe esta práctica agrícola. "Pienso que no hay un diálogo correcto. No soy objetiva en esto porque soy parte del proyecto, pero voy a dar un dato importante: en la Argentina hay 66 eventos aprobados por la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (Conabia) y el Senasa desde hace 30 años. De ese total, 63 son de empresas multinacionales y 3 de empresas argentinas, uno de la papa resistente a virus, el trigo y la soja con HB4. Nunca vi tanto revuelo por un transgénico cuando se aprobaron los otros 63".

 

En ese punto distinguió dos planos de discusión: "Uno es el de la agricultura familiar que es maravillosa pero no soluciona nuestro problema y otra es la agricultura a gran escala. Si con la agricultura familiar pensamos exportar y comprar las vacunas que estamos demandando, los celulares y todo lo importado, no va a ser posible. Para importar se necesitan dólares que salen de lo que exporta el agro. No es una competencia con la agricultura familiar, pueden ser complementarias".

 

El otro tema es el de los herbicidas: no vas a convencer a un productor agropecuario que produzca sin herbicidas. El problema es que no se ha inventado nada superador. El problema es la aplicación que está mayoritariamente tercerizada y hay que usarlo de manera responsable. Algún día la ciencia dará una mejor respuesta; por ahora no la tiene".

 

En el debate sobre el trigo, Chan apunta que "el gen que pusimos es de girasol, una planta que venimos comiendo hace centenas de años. Lo que hicimos es casi una evolución. Podemos decir que estas plantas usan menos agua para producir lo mismo, y el dato no es menor porque el recurso agua es el más valioso y más limitado. No es un tipo de planta que dañe al medioambiente". Por otro lado, cosechamos en verano porque tenemos maíz y soja; no se siembra trigo en los meses intermedios. Si en lugar de dejar la maleza hubiera trigo, se tiraría menos herbicida que es lo que se usa para matar la maleza: Alternar los cultivos disminuye el uso de herbicidas y eso está estudiado por agrónomos".

 

Argentina contra el Hambre

 

El Instituto de Agrotecnobiología del Litoral se sumó a la convocatoria nacional de Argentina contra el Hambre, con un proyecto que reunió a investigadores locales con sus pares de Tucumán. En este caso para el desarrollo a escala familiar o de pequeños productores de plantas con alto poder alimenticio, como la quinua y la chía.

 

"Cambiando un switch enorme de lo que hacemos normalmente gracias a la ciencia y gracias a los transgénicos, vimos que las arabidopsis (plantas experimentales) producían más si tenían tallos más anchos. Hicimos cortes histológicos y encontramos que tienen más tubos de transporte (haces vasculares) y buscamos una técnica para lograr ese resultado. Es una técnica mecánica, muy manual que no se podría aplicar a gran escala, sino en huertas familiares o establecimientos chicos. Lo probamos con tomates y funcionó, y luego con chía y quinua pero el nuestro no es el mejor clima para estos cultivos". Entonces se asociaron con investigadores de Tucumán para presentar este proyecto porque allí pueden crecer estas plantas que son un súper alimento.

 

El siguiente paso es desarrollar este proyecto en el campo (se hizo en condiciones de laboratorio) y, si funciona, armar videos educacionales para promover el cultivo familiar en cualquier lugar del país.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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Autor:

Nancy Balza
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