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Domingo 23.05.2021 - Última actualización - 18:22
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Por Carlos Suárez

Un país dentro de la ley

Si nos consideramos iguales ante la ley, respetamos la Constitución, no atacamos las opiniones de las minorías y defendemos las instituciones republicanas y soberanas, podremos construir una República con quien piensa distinto. Crédito: Flavio RainaSi nos consideramos iguales ante la ley, respetamos la Constitución, no atacamos las opiniones de las minorías y defendemos las instituciones republicanas y soberanas, podremos construir una República con quien piensa distinto.
Crédito: Flavio Raina

Si nos consideramos iguales ante la ley, respetamos la Constitución, no atacamos las opiniones de las minorías y defendemos las instituciones republicanas y soberanas, podremos construir una República con quien piensa distinto. Crédito: Flavio Raina

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Por Carlos Suárez Un país dentro de la ley

Carlos Suárez

 

Propongo que este 25 de mayo de 2021, nos detengamos un momento a pensar de dónde venimos y a dónde vamos como Nación. Cualquier historiador puede determinar sin ánimo a equivocarse, que la grieta esta en el ADN de la política, la sociedad y la cultura argentina.

 

A mi modo de ver, lo más complicado de entender es cómo fue posible que sobre esa grieta se haya podido construir nuestra Nación, con argentinos de un lado y del otro. Desde Unitarios o Federales, Rosistas o Antirosistas, Mitristas o Alsinistas, Roca o "el indio", nos llevamos puesto todo el siglo XIX yendo de odio en odio. Y en el siglo pasado, Personalistas y Antipersonalistas, Braden o Perón, cipayos o populares, pueblo o antipueblo.

 

A veinte años de transcurrida esta centuria, aquellas grietas siguen a flor de piel, y no nos permiten avanzar en ninguna dirección. A principios de la década del 90, un gran pensador argentino, Carlos Nino, nos mostraba nuestro problema a través de su libro: "Un país al margen de la ley".

 

En aquel momento, el autor destacaba la tendencia recurrente de la sociedad argentina, y en especial de los factores de poder -incluidos los gobiernos de turno-, a la anomia en general y a la ilegalidad en particular, o sea a la inobservancia de normas jurídicas, morales y sociales. Con mucho atino, argumentaba que en Argentina muchas conversaciones comienzan y terminan sobre la manera de evadir la ley, con la certeza de que el interlocutor no se incomodará ante los ilícitos que se le exponen. Sin ir tan lejos existen conductas que están incorporadas a nuestro comportamiento diario: fotocopiar libros, copiar softwares, tener trabajadores en negro, colgarse del cable, etc.

 

Debemos tener muy presente el importante papel que ejercen las leyes para proteger nuestros derechos y libertades. El no respeto a la ley abre la puerta a la corrupción, el despotismo y hasta a la anarquía.

 

Debemos comenzar a responder a las inquietudes planteadas por Nino, y considero que el punto de partida no es un gran pacto o acuerdo de los partidos políticos -tratando de querer imponer "Pactos de la Moncloa" con visión española, "Acuerdo Nacional Democrático" a lo Chile, o el "Pacto por México" de 2013-, cuando nuestro problema de raíz comienza en la práctica cotidiana de nuestra vida en comunidad.

 

El inicio debe ser más básico si todos nos creemos iguales, desde una concepción juridica-politica del concepto de IGUALDAD. Y esa igualdad ante la normativa así reconocida significa que todos los habitantes de la Nación que se encuentran en similares circunstancias tienen derecho a recibir el mismo tratamiento legal, sin sufrir discriminaciones arbitrarias.

 

Por lo expuesto, en mi opinión debemos empezar por la norma más básica de convivencia: considerar al prójimo una persona con derechos y obligaciones por más que no piense políticamente similar a nosotros. He aquí el inicio: el respeto a la Constitución. Si además estamos de acuerdo en que esa ley magna debe contemplar las reglas de un marco democrático, hemos dado el segundo paso.

 

En este sentido, la Constitución es una garantía que nos protege a todos frente a los avances del despotismo y las arbitrariedades por parte de unos pocos, y también a cada uno frente a los avances de todos. Los "estándares básicos" de la Constitución son sin duda la libertad, la igualdad y la dignidad del hombre; y el sistema republicano democrático la herramienta idónea para hacerlos operativos frente a la toma de decisiones que contrarían su espíritu básico. Y aunque parezca una redundancia plantearlo, la Corte Suprema nos limita nuestro accionar en el camino.

 

Desde la política es necesario advertir que la democracia presenta peligros cuando la legitimidad que obtiene un gobierno al ganar las elecciones, al imponer la voluntad del número mayoritario, entiende que no necesita del consenso, que es la base de la democracia, en igual medida que lo son el diálogo, la tolerancia y el respeto por las minorías.

 

Y este es el punto para reflexionar de ambos lados de la grieta: ¿somos los argentinos esencialmente democráticos? ¿Estamos interesados en construir una República con quien piensa distinto? Por mi parte, estoy convencido de que una respuesta afirmativa es el camino, siempre que estemos de acuerdo en considerarnos iguales ante la ley, respetemos la Constitución, no ataquemos las opiniones de las minorías y defendamos las instituciones republicanas y soberanas. De las respuestas a las anteriores preguntas depende nuestro futuro.

 

No alcanza con que seamos muchos los que aspiremos a tener un país normal dentro de los parámetros establecidos por la ley, y generar un nuevo acuerdo político y social similar al de 1810; debemos ser la inmensa mayoría.

 

(*) Concejal UCR-Juntos por el Cambio

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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