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Jueves 17.06.2021 - Última actualización - 15:50
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Crónicas santafesinas

Manuel Ordóñez y aquella peña en el club

Durante el aperitivo se compartía el jerez, la ginebra y el whisky con una picada de chorizo en grasa que a don Manuel habitualmente le obsequiaban unos amigos tamberos de la zona de Rafaela. Crédito: Ilustración Lucas CejasDurante el aperitivo se compartía el jerez, la ginebra y el whisky con una picada de chorizo en grasa que a don Manuel habitualmente le obsequiaban unos amigos tamberos de la zona de Rafaela.
Crédito: Ilustración Lucas Cejas

Durante el aperitivo se compartía el jerez, la ginebra y el whisky con una picada de chorizo en grasa que a don Manuel habitualmente le obsequiaban unos amigos tamberos de la zona de Rafaela. Crédito: Ilustración Lucas Cejas

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Crónicas santafesinas Manuel Ordóñez y aquella peña en el club La peña de amigos -los santafesinos lo sabemos- es una de nuestras buenas costumbres. Reunión de hombres que celebran la amistad alrededor de una mesa servida con buenas viandas y buenos vinos. La peña no tiene otro objetivo que hablar.

I

Don Manuel se daba una vuelta por el club a la mañana, leía los diarios, tomaba un café en el living, conversaba con los socios y, como le gustaba decir, se ponía al día con los chismes de la ciudad. Después, almorzaba en algunos de los comedores del centro, y volvía en taxi a su casa de barrio Guadalupe a "hacer la siesta". A media tarde regresaba al club, con otro traje y otra corbata, en eso era puntilloso y estricto. Habitualmente jugaba a la loba con amigos que conocía de años o taqueaba en algunas de la de casín ocasión en la que se sacaba el saco y se arremangaba las mangas de la camisa. Después, mucho después, supe que le gustaba jugar a las bochas, una "distracción", como le gustaba decir, que practicaba algún fin de semana en un club de barrio Candioti.

 

II

Don Manuel era un hombre de costumbres arraigadas, pero a diferencia de otros, esas costumbres no lo asfixiaban y por el contrario le permitían ejercer con plenitud esa autoridad que todos le reconocían. Uno de sus hábitos más reconocidos era el de asistir a la peña que los jueves a la noche se celebraba en el quincho del club o en el pequeño comedor vecino a la cocina. Esta peña se realizaba todos los jueves del año, llueva o truene haga frío o haga calor. La peña de amigos -los santafesinos lo sabemos- es una de nuestras buenas costumbres. Reunión de hombres que celebran la amistad alrededor de una mesa servida con buenas viandas y buenos vinos. La peña no tiene otro objetivo que hablar, el placer de conversar entre amigos sobre los temas que nos importan: el fútbol, la política, la profesión. En realidad los temas importan, pero lo que importa es la decisión de estar juntos, libres de las exigencias laborales o familiares. No hay peña sin amistad. Toda peña es por definición voluntaria y placentera. Nadie se siente obligado a ir; se asiste en nombre de la amistad, una palabra que se relaciona de alguna manera no siempre explícita con la felicidad.

 

III

La peña de don Manuel, así le decíamos, se celebró durante años. No era muy populosa pero fue la más antigua y respetada del club. Los partícipes eran seis personas y se regía por un protocolo impuesto por sus miembros. Se iniciaba a las 21 en verano o en invierno y a medianoche concluían las sesiones. Todo estaba permitido menos la disipación. Los diferentes consignatarios del comedor del club sabían que los jueves a la noche tenían una misión que cumplir. Dos días antes le informaban sobre el plato que deseaban consumir, pero los vinos y el aperitivo lo sumaban los "peñeros". Don Manuel en estos temas era estricto. Todos los temas estaban autorizados, menos los políticos. Don Manuel no tenía nada contra esa actividad (me consta su amistad con conocidos políticos de la ciudad y la provincia) pero consideraba que para hablar de política existían otros lugares, no la peña. En cada reunión un socio presentaba un tema, contaba una historia y luego se hablaba alrededor de esas vicisitudes. Seis hombres mayores, circunspectos, conscientes de su respetabilidad y su importancia conversaban sobre historias de la ciudad. Y así lo hicieron durante años. Los nombres fueron variando porque a algunos se los llevó la muerte, pero nunca fueron más de seis. De los primeros años, de mis primeros años en el club, recuerdo que de "la peña de don Manuel" participaba un abogado penalista muy conocido en el foro local, un empresario que alguna vez había ocupado un cargo directivo en un conocido club de fútbol de la ciudad, un dramaturgo y director de teatro independiente, un comisario jubilado que alguna vez fue la mano derecha de don Manuel cuando le tocó ser jefe de policía y un periodista veterano dedicado a la sección Policiales. Precisamente ese periodista alguna vez se fue de la ciudad para hacerse cargo de la dirección de un diario creo que en Catamarca o La Rioja. Y fue con ocasión de esa ausencia que don Manuel me invitó a pesar de mi edad (era lo que se dice un pibe de no más de veinticinco años) a sumarme a la peña, invitación que consideré un honor, porque la peña de don Manuel era algo así como un club selecto con bolilla negra y las puertas abiertas a muy pocos.

 

IV

De aquellas sesiones peñeras de los jueves hay muchas historias para contar, en realidad podría escribirse la crónica de la ciudad narrando cada uno de los temas que se conversaban a través de exposiciones prolijas donde se respetaba escrupulosamente la palabra de los socios y a su vez lo socios respetaban los tiempos asignados para expresarse. Si alguna opinión me fuera permitido dar acerca de esas reuniones, diría en primer lugar que se ejercía el arte de la conversación, de la buena conversación. El respeto y el cuidado de las formas, que eran los terrenos que don Manuel practicaba ejemplarmente, se perfeccionaba esas noches en las que cada uno decía lo que debía decir de la manera más precisa y elegante posible. La reunión no omitía el debate, incluso las ironías, y algún que otro sarcasmo de los que don Manuel era un maestro, pero les aseguro que después de haber participado a lo largo de mi vida en las más diversas y ruidosas sesiones de debates, polémicas e incluso trifulcas verbales, nunca antes y después dispuse del privilegio de participar en sesiones que muy bien podrían calificarse de exquisitas, si es que esa palabra no le hubiera parecido demasiado "dulzona y relamida" a un don Manuel siempre tan sobrio y medido en sus actos como en sus palabras y, muy en particular, en el empleo de los adjetivos.

 

V

La noche de mi presentación en la peña la tengo presente como uno de esos recuerdos que no son ni los más trágicos ni los más felices de la vida, pero que persisten en la memoria con ese encanto que otorga lo cotidiano cuando se vive en armonía. A los cinco integrantes de la peña los conocía, a algunos más, a otros menos, pero esa noche yo llegaba a la mesa de la mano de don Manuel, por lo que no necesitaba más garantías de presentación. Recuerdo aquella primera reunión. Debe de haber sido en julio o agosto; no hacía frío pero el hogar estaba encendido; recuerdo que el menú era un dorado a la parrilla que estuvo precedido de un aperitivo en la que se compartió el jerez, la ginebra y el whisky con una picada de chorizo en grasa que a don Manuel habitualmente le obsequiaban unos amigos tamberos de la zona de Rafaela. Recuerdo que el clima de esa reunión pertenecía a algo muy santafesino, no sé por qué, pero a esa reunión no la imagino en otro lugar que no sea Santa Fe. La luz, el aire, las voces, las salas del club, el rumor que, apagado, llegaba de la calle. Recuerdo a los hombres que iban llegando, serios y cordiales, amables y formales, como conscientes de su importancia, todos de traje, algunos de corbata, otros con pañuelo al cuello, el abogado penalista con moñito (esa primera noche así estaba vestido); recuerdo a don Manuel sentado en una de las cabeceras, el saco oscuro, la expresión severa y la servilleta puesta en la camisa, una costumbre que en cualquier otro hubiera dado lugar a comentarios risueños pero no con don Manuel. Recuerdo, eso sí, la sala del comedor, los muebles sólidos, los respaldos altos de las sillas, las cortinas en los ventanales, los cuadros con los rostros de viejos socios o de escenas de aniversario celebrados en el club en otro años; recuerdo la discreción de los dos mozos para estar presentes sin fastidiar. Y recuerdo el tema de esa primera noche, un tema que curiosamente merodeaba entre las orillas de la política, la amistad y la crónica policial. Pero sobre esas peripecias conversamos con más detalles la semana que viene.

 

La peña de amigos -los santafesinos lo sabemos- es una de nuestras buenas costumbres. Reunión de hombres que celebran la amistad alrededor de una mesa servida con buenas viandas y buenos vinos. La peña no tiene otro objetivo que hablar.

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