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Sábado 19.06.2021 - Última actualización - 12:24
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Crónica política

Educación argentina: ¿De la exigencia al jubileo?

 Mesa de examen presencial en pandemia. Nadie es más bueno o más malo porque haya aprobado o no una materia. Explicarlo parece obvio si no hubiera un debate académico y en cierto punto ideológico de por medio. Crédito: Télam Mesa de examen presencial en pandemia. Nadie es más bueno o más malo porque haya aprobado o no una materia. Explicarlo parece obvio si no hubiera un debate académico y en cierto punto ideológico de por medio.
Crédito: Télam

Mesa de examen presencial en pandemia. Nadie es más bueno o más malo porque haya aprobado o no una materia. Explicarlo parece obvio si no hubiera un debate académico y en cierto punto ideológico de por medio. Crédito: Télam

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Crónica política Educación argentina: ¿De la exigencia al jubileo?

I

La última pregunta que le hice al estudiante que examinaba no la respondió, como no había respondido las anteriores. Él mismo admitió que no estaba en condiciones de aprobar y nos despedimos correctamente. Cuando concluyeron los exámenes, el mismo alumno se acercó a conversar conmigo, mejor dicho a pedirme disculpas por haberse presentado sin haber preparado la materia adecuadamente. Recuerdo que conversamos cordialmente y que en cierto momento de la charla, mientras caminábamos por la galería de la facultad, le dije que no tenía motivos para disculparse; que no haberse preparado para el examen no era una acto inmoral, ofensivo o violento; sencillamente no estudió o lo que estudió era insuficiente para ser aprobado. "Insuficiente". Esa era la palabra. Nos despedimos hasta el próximo turno, pero relato este episodio para distinguir entre acto inmoral y falta de conocimientos. Y el empleo de las palabras. La calificación de "Insuficiente" no pone en discusión la hombría de bien del estudiante, ni sus virtudes personales. Lo que significa es lo que dice la palabra: no fue "suficiente". Como en el caso de "Aplazado", que será evaluado en el siguiente plazo de exámenes. Nada personal, como se dice en estos casos. Nadie es más bueno o más malo porque haya aprobado o no una materia. Explicarlo parece obvio si no hubiera un debate académico y en cierto punto ideológico de por medio.

 

II

Cuando ocurrió lo que cuento, todavía en la libreta universitaria del estudiante se colocaba la nota. Después se decidió que no había que escribirla, porque se consideraba ofensiva o algo parecido a la ofensa. Nunca estuve de acuerdo con esa disposición. Y no por el gusto de enredarme en términos bizantinos con una palabra de más o de menos, sino por los contenidos no expresados que incluye y, muy en particular, la noción de que el "Insuficiente" o el "Aplazado" constituye una injusticia, una ofensa moral o un acto arbitrario, cuando no una responsabilidad del docente. "¿Cómo vas aplazar a un muchacho tan bueno?", me dijeron una vez, como si el examen de conocimientos de Historia tuviera que ver con la bondad o la maldad. A título de ejemplo, hubo un estudiante en la facultad de Ciencias Económicas de la UBA que a lo largo de su carrera sus notas oscilaron entre el Distinguido y el Sobresaliente. De ese estudiante lo menos que se podría decir de su personalidad es que era y es controvertida. Se llamaba, se llama, Mario Eduardo Firmenich. Alguien propuso que no se le debía entregar la medalla de oro atendiendo a sus antecedentes. Opinable. Pero lo que no es opinable es que sus evaluadores en diferentes mesas de exámenes coincidieron en calificar con las notas más altas sus saberes, porque en esas mesas de exámenes no se discutía la justicia o la injusticia del asesinato de Aramburu o del asalto al cuartel de Formosa, sino sus saberes en materia económica. Lo que vale para Firmenich vale, por ejemplo, para Martín Redrado, otro estudiante con altas calificaciones seguramente merecidas más allá de sus ideas económicas "neoliberales".

 

III

También en nombre de la obviedad digo que la asistencia a una escuela, un instituto o una facultad incluye un proceso de adquisición de conocimientos, saberes, habilidades que van de lo simple a lo complejo. Este proceso de lo simple a lo complejo reclama un tipo de evaluación que seguramente debe incluir diferentes consideraciones, modalidades y actualizaciones que son las que determinan si el estudiante está o no en condiciones de promover a un nivel de conocimientos más elevados. Se supone que hay que saber sumar y restar para después iniciarse en operaciones de cálculos más elaborados. Lo mismo vale en el dominio de lenguaje o en los conocimientos de las denominadas Ciencias Sociales. Nociones estilo "buen compañero", "muy humilde y solidario", se supone que deberían ser alentadas, pero sospecho que no sería prudente someterlas a un tipo de evaluación clásica por las arbitrariedades que darían lugar. "Usted no pasa de grado porque es individualista y egoísta", por ejemplo. Pregunto: ¿Cómo se evalúan conductas egoístas o solidarias en la escuela?". Puede que corresponda al proceso educativo impartir conciencia acerca de los deberes y derechos de toda persona, y al respecto hay asignaturas dedicadas al conocimiento de un orden político deseable y las virtudes del estado de derecho en sociedades democráticas, pero me temo que no son estas cuestiones las que hoy están en discusión, sino una suerte de "humanismo" alrededor de difusas ideas cuya manifestación anecdótica y práctica es, por ejemplo, "Cómo lo vas a aplazar a Jaimito si es tan simpático", o, a la inversa: "Cómo lo vas a calificar con altas notas si es un individualista, un pichón de neoliberal". Sin eufemismos lo digo: si estas concepciones se llegaran a instalar, el sistema educativo tal como lo hemos conocido pierde toda razón de ser, se derrumbaría no en nombre de una calidad educativa superior, sino en nombre de lo que supuestamente sus promotores dicen estar en contra: la arbitrariedad, el favoritismo, el privilegio según la pertenencia ideológica o política. "¿Cómo lo vas a aplazar si es un compañero?", "¿Cómo lo vas a distinguir si es un neoliberal?". El debate alrededor de meritocracia o solidaridad está presente en estas consideraciones.

 

IV

Valgan estas observaciones para reflexionar acerca de las decisiones a tomar respecto de la promoción de los chicos en la escuela después de un año y medio de pandemia. Excede a mis conocimientos lo que se debe hacer, pero creo estar seguro sobre lo que no se debe hacer. Y lo que no se debe hacer es cerrar deliberadamente los ojos a la realidad de chicos que debido a las consideraciones excepcionales de estos tiempos de pandemia no adquirieron los conocimientos que exige la currícula escolar, por lo que lo que no se debería hacer es promoverlos a todos como si nada hubiera pasado, o promoverlos valiéndose de astucias leguleyas que logran el mismo objetivo: todos pasan de grado. Modestamente pienso que no se trata de "repetir" o "no repetir" de grado con toda la carga emocional que incluye esa palabra, se trata de asumir con responsabilidad las exigencias del proceso educativo. Si por motivos excepcionales los conocimientos no se pudieron impartir en el tiempo establecido, los plazos deberían extenderse evaluando cuidadosamente esa extensión y esas exigencias, pero, insisto, lo que no se puede hacer es declarar una suerte de jubileo educativo en nombre de valores supuestamente más nobles y generosos.

 

V

Motivos demagógicos estarían presentes en esta decisión. Después de todo siempre es más simpático regalar que exigir. Toda una filosofía y una práctica de la peor política educativa populista palpitan en estas concepciones. Es raro y sugestivo. Los mismos que dedicaron denodados esfuerzos militantes para mantener las escuelas cerradas, son los mismos que ahora observarían con muy buenos ojos esta suerte de promoción automática. En todos los casos, y más allá de matices, lo que está presente el juicio o el prejuicio que postula que la adquisición de saberes y conocimientos no es lo prioritario. Cuando no, se estima que esos saberes no son más que estratagemas para reproducir la adhesión a un orden económico capitalista, individualista y neoliberal. La revolución educativa marca Baradel en marcha. Pedagógicamente es más importante la huelga que dar clases, porque el verdadero aprendizaje es la lucha contra el sistema; los 180 días de clases obligatorios serían exigencias arbitrarias y reñidas con las ideas avanzadas; el objetivo militante del orden Baradel en tiempos de pandemia invierte el principio de que las escuelas son lo último que cierran y las primeras que abren. El maestro mismo está puesto en discusión. Su pretensión de enseñar sería injusta, porque toda enseñanza es siempre manipulación visible e invisible de los poderosos. El maestro iría a la escuela a aprender de sus alumnos o, en el mejor de los casos, a compartir saberes y aprendizajes en una suerte de arcadia comunitaria. Así nos va. O así nos va a ir.

 

No se trata de "repetir" o "no repetir" de grado con toda la carga emocional que incluye esa palabra, se trata de asumir con responsabilidad las exigencias del proceso educativo.

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