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Sábado 19.06.2021 - Última actualización - 12:27
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En la mira

¿De dónde venimos?

Inmigrantes desembarcan en el Puerto de Buenos Aires. En los siglos XIX y XX, la masividad de su llegada produjo una transformación social y cultural de enormes dimensiones. No sólo en la Argentina, también en Brasil y México. Crédito: ArchivoInmigrantes desembarcan en el Puerto de Buenos Aires. En los siglos XIX y XX, la masividad de su llegada produjo una transformación social y cultural de enormes dimensiones. No sólo en la Argentina, también en Brasil y México.
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Inmigrantes desembarcan en el Puerto de Buenos Aires. En los siglos XIX y XX, la masividad de su llegada produjo una transformación social y cultural de enormes dimensiones. No sólo en la Argentina, también en Brasil y México. Crédito: Archivo

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En la mira ¿De dónde venimos?

Sin pretenderlo, días atrás Alberto Fernández disparó un debate continental sobre el origen de los americanos. En su afán de empatizar con Pedro Sánchez, presidente del gobierno español que nos hacía una visita poco comprensible para la mayor parte de la prensa española, Fernández se proclamó europeísta, y para rubricar el aserto mezcló una frase de Octavio Paz con una letra de Lito Nebbia, para desatar un lío mayúsculo. En ese mix desafortunado dijo que "los mexicanos venían de los indios, los brasileños salían de la selva, pero los argentinos llegamos de los barcos. Eran barcos que venían de Europa."

 

Golpeado por el efecto de su desafortunada frase, hizo algo aún peor: le remitió el caso, con pedido de dictamen, a Victoria Donda, la presidenta del Inadi, famosa por haber intentado manipular a su mucama paraguaya -a la que tenía en negro y con una paupérrima retribución- para pasarla a la cuenta del Estado a través de un contrato de trabajo en el mismo Inadi que ella preside con desvergüenza.

 

De modo que, en el intento de salvar su error, el presidente de la Nación acudió a una funcionaria designada por él al frente del Instituto Nacional contra la Discriminación, y que increíblemente permanece en el cargo luego de haber incurrido en una discriminación flagrante con registro grabado.

 

El remedio fue peor que la enfermedad, porque todos sabemos que Fernández no quiso agraviar a mexicanos y brasileños -aunque efectivamente lo hizo-, pero su presentación ante Donda, fue un acto consciente de inmoralidad, ya que acudió a alguien que no debería permanecer en esa función después de haber hecho lo que hizo, y que por cierto le respondió como era de esperar: denunció un ensañamiento contra el presidente y destacó su pedido de disculpa como un hecho histórico. Una mano lava la otra.

 

Pero al margen de la confusión del verborrágico profesor, lo interesante es la discusión que desde entonces se desarrolla en torno a nuestro origen, aunque antes de entrar en el tema específico, es interesante anotar que el vértigo de los cambios en nuestro tiempo, convierte en una antigualla discriminatoria la letra de un rockero progresista que, hasta no hace mucho, se cantaba sin conciencia de estar vulnerando derecho alguno, aunque la letra, en su simplismo reduccionista, fuera ofensiva desde el momento en que fue gestada.

 

La otra cuestión interesante, es que la letra de Nebbia, con modificaciones propias, sin duda se inspiró en una frase de Octavio Paz, el premio Nobel mexicano, formidable poeta y pensador profundo sobre las esencias de América y, en especial, del México que lo vio nacer y desarrollarse. Destilando palabras en busca de una síntesis histórico-poética no desprovista de ironía, Paz dijo que "los mexicanos descienden de los aztecas; los peruanos, de los incas, y los argentinos, de los barcos."

 

El transcurso del tiempo también envejeció la frase del poeta centroamericano, porque si bien se mira, tampoco es justo subsumir la historia de México en la de los aztecas, ni la de los peruanos en la de los incas, ni la de los argentinos en los barcos llegados de Europa. En todos los casos, las historias se remontan a tiempos más lejanos, con múltiples intercambios y fracturas intertribales.

 

Los aztecas referidos por Paz, eran los habitantes de la mítica Aztlan; los mexicas, en cambio, fueron una fracción segregada que fundó la ciudad de México - Tenochtitlan, quienes al cabo le dieron por extensión su nombre al país. Entre tanto, otras gentes de la legendaria Aztlan, como los chalcas, colhuas, tepanecas, tlahuicas, tlaxcaltecas y xochimilcas, también hicieron sus propias migraciones y, sometidos por los mexicas, a la hora de la conquista española, no dudaron en aliarse con los españoles para liberarse de quienes los dominaban. Esta realidad, que habrá de repetirse en el Perú con los incas y los pueblos por ellos sometidos, plantea la complejidad de la búsqueda de un "ser" unívoco y la impostura de los reduccionismos simplistas.

 

En su evolución intelectual y creativa, lo supo Octavio Paz, buscador impenitente del "ser" mexicano - azteca, tema al que le dedicó buena parte de su pensamiento, esfuerzo del que puede mencionarse el ensayo "El laberinto de la soledad", que se inicia con una cita de Abel Martín, nombre apócrifo de un personaje creado por el gran Antonio Machado, breve texto que nos brinda una pista de los recorridos intelectuales de Paz. Dice así: "Lo otro no existe: tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana. Identidad = realidad, como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes. Abel Martín, con fe poética, no menos humana que la fe racional, creía en lo otro, en 'La esencial Heterogeneidad del ser', como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno." Esta densa idea también aparece en las angustiadas reflexiones sobre el "yo plural" de España que, desde otra tribuna del pensamiento, ensaya José Ortega y Gasset.

 

La intrincada naturaleza del "ser", se resiste a su apoderamiento por facciones que pretenden representar al todo, y que son las que con mayor ahínco buscan capturarlo en las redes de sus sistemas simbólicos de representación. Pero la dinámica del tiempo y las sociedades derrumban antes o después esos sueños de poder cristalizado. El deseo y la voluntad de superación que anida en cada persona, en cada grupo, en cada nación, al igual que la aspiración de construir futuros mejores, son motivaciones que generan movimientos de cambio, que desatan las anclas de la historia y, por lo tanto, remueven las concepciones fosilizadas del "ser nacional".

 

En verdad, somos una palpitante complejidad; iniciamos nuestro incierto derrotero en África hace cientos de miles de años, y los que hoy integramos los pueblos de América nos reencontramos en sociedades nuevas que buscan rumbos también nuevos, pero todos tenemos la misma lejana raíz, el hermético genoma compartido. Algunos ingresaron al continente a pie por el puente de hielo de Beringia hace unos 12.500 años; otros llegaron miles de años antes desde el sudeste de Asia a través del Pacífico (ellos también llegaron en barcos, aunque mucho más rudimentarios); otros, más recientes, en tiempos de la conquista española, sucesora de las conquistas de mexicas e incas, ingresaron a pie y a caballo desde el noroeste; o en navíos por el Atlántico, y a pie desde el este y el noreste; en ambos casos durante el siglo XVI. Pero la mayor cantidad llegó en barco en los siglos XIX y XX, masividad que produjo una transformación social y cultural de enormes dimensiones. No sólo en la Argentina, también en Brasil y México, incluidos antepasados españoles de Octavio Paz.

 

Desde esta perspectiva, las frases de Paz y Nebbia, refinada, una; gruesa, la otra, exhiben hoy sus limitaciones y las arrugas del envejecimiento. Y ni qué decir, la de Fernández, mezcla equívoca de ambas. Lo interesante, en cualquier caso, es que ha despertado una discusión válida, precedida de preconceptos y sazones ideológicas de distinto tipo que, ciertamente, la dificultan, pero a la vez dan la oportunidad de que afloren pensamientos más libres, nuevos y de mayor calado.

 

La intrincada naturaleza del "ser", se resiste a su apoderamiento por facciones que pretenden representar al todo, y que son las que con mayor ahínco buscan capturarlo en las redes de sus sistemas simbólicos de representación.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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