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Viernes 16.07.2021 - Última actualización - 15:49
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Por Ricardo Miguel Fessia

El hambre de los y las menores, una deuda de los y las mayores

En los últimos años se ha multiplicado exponencialmente la pobreza. El futuro de los jóvenes no es posible si no arbitramos los medios para dotarlos de lo necesario para su crecimiento y su educación. Crédito: Guillermo Di SalvatoreEn los últimos años se ha multiplicado exponencialmente la pobreza. El futuro de los jóvenes no es posible si no arbitramos los medios para dotarlos de lo necesario para su crecimiento y su educación.
Crédito: Guillermo Di Salvatore

En los últimos años se ha multiplicado exponencialmente la pobreza. El futuro de los jóvenes no es posible si no arbitramos los medios para dotarlos de lo necesario para su crecimiento y su educación. Crédito: Guillermo Di Salvatore

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Por Ricardo Miguel Fessia El hambre de los y las menores, una deuda de los y las mayores En los últimos años se ha multiplicado exponencialmente la pobreza. El futuro de nuestros jóvenes no es posible si no arbitramos los medios para dotarlos de lo necesario para su crecimiento y su formación a través de la educación.

Por Ricardo Miguel Fessia

 

I- Por causas que la inmensa mayoría de los mortales no conocemos, pero que ha tomado el nombre de COVID 19 y llega de una lejana y moderna ciudad de China, el mundo ha cambiado y nosotros -en estas lejanías- vivimos de forma distinta.

 

Entre otras medidas se ha declarado la pandemia y eso se expresa al limitar la gran mayoría de las actividades, entre las que están situaciones que no pudimos imaginar, como salir y caminar por la vía pública. Hay otras que se observan más graves aún como despedir a un ser querido o visitar un familiar que no se puede desplazar.

 

II- En Argentina, convivimos con otra pandemia que, en los hechos, es mucho más grave y destructiva con resultados a la vista -no en potencia-: pobreza, desnutrición y muerte.

 

Las cifras que se conocen sobre la niñez y la adolescencia en temas como alimentación, vivienda, salud y educación son impactantes. Los datos que arroja el Indec sobre el 2020 señalan que en la infancia -niños menores de 14 años- el 62,9% vive en familias que no cuentan con ingresos para completar una canasta familiar mínima. Son unos 7 millones de chicos y chicas.

 

Siempre con la frialdad de los guarismos, se observa que ni la cantidad de planes sociales, ni las distintas asignaciones, logran sustraer a millones de argentinos de las fauces del monstruo de la pobreza que se agiganta con los vientos de la recesión, la indómita inflación, el deterioro de los ingresos y la incontenible caída del empleo.

 

III- Uno de los impactos de la pandemia es el empobrecimiento más pronunciado de las personas vulnerables; y de forma pareja arrastró, en este declive inapelable, a vastos sectores de la clase media. Lo grave es que estos nuevos pobres pertenecen a la industria, al comercio, a la construcción, a la gastronomía y a las profesiones independientes perjudicadas por la disposición de medidas de confinamiento y aislamiento social estricto y prolongado, que pudo haber encontrado alguna justificación en un principio, pero que llega al ridículo cuando muchos de los perjudicados por esas restricciones han recibido las vacunas.

 

Estos niveles de pobreza dejan en evidencia que la sociedad no ha podido generar las respuestas necesarias ni articular un sistema educativo medianamente igualitario. Todo un sector generacional de jóvenes está creciendo sin recibir la educación que merece. Esto se suma a la lamentable pérdida de la cultura del trabajo que contribuyó a forjar los cimientos de la Nación y que hoy nos devuelve ya varias capas etarias que solo han sabido descansar en la ayuda del Estado, sin entrenamiento laboral alguno, faltos de ideales y carentes de esperanza de progreso sobre la base del propio mérito.

 

IV- Queda bastante en claro que las políticas de los últimos años han sido decididamente ineficientes. La matriz utilizada ha derivado en un asistencialismo que por un lado ha multiplicado exponencialmente la pobreza y por el otro ha tornado cada vez más dependientes y vulnerables a cientos de miles de argentinos y argentinas.

 

Más allá de las justificaciones -siempre espetadas a bocajarro y con gesto adusto- es evidente que un sistema que no tiene posibilidad de dar lugar a los más desprotegidos no hace más que confirmar su falibilidad en pareja forma a la de dejar expuesta la incapacidad de la dirigencia para cambiar un estado de cosas que se agrava a medida que pasa el tiempo y las posibles soluciones de fondo se posponen in eternum, de forma que se hace cada vez más distante y difusa la posibilidad de trocar esa realidad tan ultrajante como obscena.

 

V- Siempre entendimos que la educación es un instrumento insustituible, pero funciona sobre la base de que la alimentación esencial esté cubierta para que se puedan desarrollar las capacidades. De igual forma deben atenderse las cuestiones de salud y de vivienda; mal dormido, sin higienizarse y con la panza vacía, es difícil que entren los conocimientos.

 

VI- Con este panorama de oprobiosas cifras de pobreza y marginalidad, no se escuchan proclamas por semejantes violaciones a derechos esenciales vulnerados. Bien podría sostenerse que se ha instalado una suerte de indiferencia colectiva que sirve para conformar conciencias que se despiertan solo cuando un caso se torna mediático poniendo un rostro en la pantalla que no deja de machacar en la tragedia, al exhibir la indignidad y la ausencia de derechos en ese espacio en el que tantos viven permanentemente sumergidos. Dando riendas sueltas al morbo, se los revictimiza en una impía exposición de las miserias humanas; tanto de los que las padecen como de quienes miran hacia otro lado.

 

VII- Esta pobreza es la principal pandemia que debemos resolver. Para ello es necesario tomar medidas de fondo, para lo que es imprescindible acordar políticas y que las mismas sean sostenida en el tiempo.

 

No es posible el futuro de nuestros jóvenes y de la sociedad, si no arbitramos los medios para dotarlos de lo necesario para su crecimiento y formación plena por medio de la educación en un ámbito propicio.

 

Uno de los impactos de la pandemia es el empobrecimiento más pronunciado de las personas vulnerables y la incorporación de manera pareja de vastos sectores de la clase media que fueron arrastrados en este declive inapelable.

 

Estos niveles de pobreza dejan en evidencia que la sociedad no ha podido generar las respuestas necesarias ni articular un sistema educativo medianamente igualitario. Toda una generación de jóvenes está creciendo sin recibir la educación que merece.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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