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Viernes 23.07.2021 - Última actualización - 26.07.2021 - 14:49
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Arte y memoria

Recuerdos de la pequeña Lídochka

El poeta y pintor Daniel Kuryj (que vivió un tiempo en Santa Fe por su profesión de ingeniero) está realizando una muestra en Krivói Rog (Ucrania), sobre los recuerdos de su madre, que vio el Holocausto de cerca con sus ojos de niña, en aquellas tierras. En diálogo con El Litoral, el artista reconstruyó esa parte de la rica historia familiar.

Lidia (“Lídochka”) y su hermana Lyudmila (“Liusha”, de pie), retratadas por su tía Irina Zharkowska. Crédito: Gentileza Daniel KuryjLidia (“Lídochka”) y su hermana Lyudmila (“Liusha”, de pie), retratadas por su tía Irina Zharkowska.
Crédito: Gentileza Daniel Kuryj

Lidia (“Lídochka”) y su hermana Lyudmila (“Liusha”, de pie), retratadas por su tía Irina Zharkowska. Crédito: Gentileza Daniel Kuryj

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Arte y memoria Recuerdos de la pequeña Lídochka El poeta y pintor Daniel Kuryj (que vivió un tiempo en Santa Fe por su profesión de ingeniero) está realizando una muestra en Krivói Rog (Ucrania), sobre los recuerdos de su madre, que vio el Holocausto de cerca con sus ojos de niña, en aquellas tierras. En diálogo con El Litoral, el artista reconstruyó esa parte de la rica historia familiar. El poeta y pintor Daniel Kuryj (que vivió un tiempo en Santa Fe por su profesión de ingeniero) está realizando una muestra en Krivói Rog (Ucrania), sobre los recuerdos de su madre, que vio el Holocausto de cerca con sus ojos de niña, en aquellas tierras. En diálogo con El Litoral, el artista reconstruyó esa parte de la rica historia familiar.

 

Lidia (“Lídochka”, para la familia) terminó recientemente de vacunarse con Sputnik V (como no podía ser de otra manera) a los 86 años. Nacida en 1935 en la República Socialista Soviética de Ucrania, vivió una vida de película, pero de las que se cuentan por millones, en aquella zona tan castigada por la Gran Guerra Patriótica, como se llamó en la Unión Soviética al tramo de la Segunda Guerra Mundial que se peleó en suelo propio.

 

Su padre, Prokofii Izoita, fue movilizado para enfrentar la invasión alemana y capturado por la Wehrmacht en Dnipropetrovsk (hoy Dnipró); en el repliegue, el Ejército Rojo voló el puente sobre el río Dniéper, y las tropas donde estaba Prokofii se quedó del otro lado. Escapado del lager (campo de prisioneros), pudo pasar la guerra junto a su numerosa familia, pero terminó reclutado como cocinero de las tropas que entraron a Berlín para poner, luego de 20 días de fuego, la bandera roja sobre el Reichstag (él estaba abajo).

 

La madre de Lídochka, Paraskovia (“Pasuña”), era hermana del héroe de la familia, Zajar Zharkowsky: herido durante la batalla de Stalingrado, una bomba mató a los enfermeros que trataron de rescatarlo, al caballo del carro, pero a él no: “Es mi mamá que está rezando por mí en Ucrania”, pensó Zajar. Salvado por otros dos soldados, fue a recuperarse a un hospital en Rostov del Don, donde fue amorosamente cuidado por una enfermera llamada Irina. Designado chofer de un general, el vehículo que manejaba piso una mina y se desintegró (junto con el general)... pero Zajar salió con vida. Finalmente terminó como instructor militar, Y casado con Irina (apodada “Ira”) quien, como descendiente de una familia de fotógrafos, fue la encargada de retratar a la familia.

 

Lídochka llegó a la Argentina en 1964, de la mano de su marido, Juan (Ivan) Kuryj. Juan era un polaco que emigró a Sudamérica en 1936 con su familia (primero a Paraguay y luego a la Argentina): su padre había vivido la Primera Guerra; y luego de la Segunda se fueron a Odessa, donde Juan trabajó de mecánico, rectificando motores de camiones. Allí conoció a la que sería su esposa, que se había ido a vivir a la ciudad, ayudada por un tío, para salir de la vida rural del koljós (granja colectiva); allí trabajó como tejedora de la Fábrica Yutobaia. Cuando Juan le dijo (luego de tener dos hijos) de radicarse en la Argentina, alguna gente se escandalizó, porque todavía estaba el recuerdo de la Zwi Migdal, que traían a mujeres judías ucranianas “casadas” para traerlas a los burdeles argentinos. Pero ambos eran de familias evangélicas, algo incómodo para el estalinismo pero no entre ellos: primó la confianza y así llegó Lídochka a estas tierra extrañas y cálidas, cuyo idioma no dominaba (siguió hablando en ruso y ucraniano con sus hijos).

 

 

Reinterpretación de “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich: un recordatorio al pueblo alemán.Foto: Gentileza Daniel Kuryj

 

 

Pluma técnica y artística

 

Contada así, parece que ella se crió en una familia con suerte. Pero durante los años de la guerra le tocó ver, a sus seis y siete años, las grandes atrocidades de la guerra. Imágenes que hoy son recuperadas por su hijo Daniel, ingeniero civil de profesión (su lazo con Santa Fe está en el año y medio que vivió acá, durante la construcción de la planta de Nestlé Purina) y poeta y artista plástico por pasión. Sus textos y obras visuales en técnica mixta (tinta, acrílico papel y madera) llegaron al Museo Mikhail Marmer de Cultura Judía e Historia del Holocausto de Krivói Rog (Ucrania), luego de ser expuestas en el país.

 

Cuenta Daniel: “La tuve que convencer (a Svetlana Piddubna, la encargada del museo) de que la historia era atrapante: tengo cientos de obras, vengo desde 2004 y trabajo 18 horas por día. Generalmente trabajo un tema, hago un poema, y tres o cuatro trabajos visuales, con letras grandes, letrógrafos técnicos. Le propuse mandarle copias en A3, ampliando un poco las obras”.

 

Sobre su formación, relata: “Los primeros libros que leí fueron los textos bíblicos: los niños evangélicos van a la escuelita dominical, y aprendí a leer directamente la Biblia. Desde siempre me gustó la matemática, pero también me gustaba demasiado la literatura. En la en el secundarios dudé bastante en seguir historia. Me incliné hacia la ingeniería civil, una carrera absorbente; pero sí tenía algunos amigos con los que hablamos de literatura y desde que me recibí en el 94 estuve dos años con la filosofía y la literatura: leyendo 20 libros por mes, quedándome en las librerías de la calle Corrientes en Buenos Aires, toda a la noche”.

 

Y agrega: “En el 99 empecé a escribir los primeros poemas, un poco registrando los diálogos con mi madre, a ver si podía traspasarlos a las palabras, que resuenan un acontecimiento histórico de tanta magnitud. Después estuve trabajando bastante fuerte hasta 2004 en Nestlé, y en 2005 hice seminario con Luis Felipe ‘Yuyo’ Noé, un artista increíble: éramos ocho personas trabajando durante cuatro meses. En el primero expuse obras tradicionales mías, abstractas. Pero antes del segundo hice 12 trabajos visuales concretos todos los representando las cosas que me había contado mi mamá, cuando llegaron los ejércitos alemanes a la región de Odessa, y como transportaban a los judíos: era una imagen que yo nunca me la pude sacar. Cuando lo conté, Felipe (y el resto, que eran psicoanalistas, algunos) dijo: ‘Nunca escuché una cosa igual, que hijos de puta’. Ahí entendí que podía seguir trabajando eso”.

 

 

Daniel en una performance con poemas sobre cartulinas (Río San Antonio, Córdoba, 2019).Foto: Gentileza Daniel Kuryj

 

 

 

Trineos de la muerte

 

 

La mamá de Daniel vio llegar un día a los célebres Einsatzgruppen, comandos de la muerte creados por el SS-Obergruppenführer Reinhard Heydrich (quien más tarde sería uno de los creadores de la “Solución final”). La información de lo que había empezado a pasar en Polonia había llegado al pueblo, pero la mayoría no lo creía.

 

“Una mañana mi abuela le grita a los chicos: ‘Niños no miren, porque llevan a los hebreos a la muerte’. Había muchísimas colonias judías hay en la región de Odessa; mi mamá miró y como hacía mucho frío (seguramente era octubre de 1941) borró un poco el vidrio empañado; era una nenita de seis años y medio. Miró y eran trineos están pasando por el medio de la aldea, trineos cargando decenas de personas, quizá 100 ó 150, apilados como leños (en invierno no podían ir en carros con ruedas). Pilas de personas, entre motos con sidecar, por el medio de la aldea. Los fusilaron a todos a cuatro kilómetros a estos pobres judíos, otros cavaron los pozos antes. Y lo hicieron al mediodía, a plena luz del día, para amedrentar a los pobres aldeanos: para que nadie ayudase a los judíos que se estaba escondiendo y éstos habían sido ‘cazados’. También cazaban gitanos y comunistas; iban casa por casa preguntando: ‘¿Hay un judío? ¿Hay un comunista? ¿Hay un partisano?’. Además allá se decía ‘hebreo’, porque ‘judío’ se deformaba y se usaba de manera xenófoba”, comenta el artista.

 

Y agrega: “Los comunistas se habían retirado de Ucrania, junto con todas las fábricas que habían sido movilizadas hacia los Urales. ¿A los partisanos quién lo iba a encontrar? Estaban escondidos poniendo bombas. Algunos judíos que estaban dentro del aparato estatal soviético trabajando en las fábricas o como contadores, abogados, fueron retirados; pero otros se quedaron: los padres, los abuelos, los viejitos, los niños y las mujeres; porque los jóvenes estaban todos movilizados en el ejército soviético. Quedaron para morir”.

 

-Son asombrosos los recuerdos de esa pequeña, que son muy vívidos. También estará lo que siguió hablando con tus abuelos, que quizás le explicaron a ella cosas que había vivido como niña.

 

-Mi madre tuvo una gran elaboración y percepción de sus acontecimientos. Durante la ocupación no fue a la escuela primaria, empezó tres años después; a los 14 años termina la escuela primaria y ya se va a vivir a Odessa, rompe el vínculo con la familia; no quiere trabajar en los koljoses porque también era un sistema esclavista soviético. Y los tíos que eran comunistas y habían sido héroes de guerra en Stalingrado le dijeron: “No entres al koljós, porque perdiste la vida”, y le hicieron el pasaporte, debe haber sido en el 51.

 

Se va a vivir sola con comunidades ucranianas, pentecostales evangélicas. Después se casa y viene a Argentina; o sea que yo no sé cuánto ella pudo hablar de estos temas con los padres. Ellos tenían nueve hijos, ya casi no se hablaba de nada de esa casa era solamente ir a la iglesia y sobrevivir: nueve hijos en la posguerra era terrible, un esfuerzo enorme.

 

A los cinco días después que cae Berlín él, vuelve porque el ejército soviético devolvió a todas sus tropas que tenían familiares; y ahí se encontró con el ejército norteamericano en Berlín: le dieron un pan redondo y un pañuelo blanco. Él se volvió con el pan desde Berlín en tren y la compartió con su familia.

 

 

Zajar Zharkowsky, el tío de Lídochka que escapó tres veces a la muerte durante la Gran Guerra Patriótica.Foto: Gentileza Daniel Kuryj

 

 

La niña de rulos

 

 

-Es movilizante la historia de Bronia: la voluntad de tus abuelos de proteger a esta niña judía.

 

-Es una historia que se repite por centenares: en Ucrania, en Polonia; pequeñas tragedias, porque las familias se encariñaron tanto que no querían devolver si los reclamaban los tíos.

 

Mi abuelo seguía trabajando en el koljós, una de las unidades de producción, que continuaron funcionando en la ocupación: toda esa zona Hitler se la entregó a los rumanos, porque se asoció con el asesino de Ion Antonescu.

 

-El “Conducator”.

 

-Rumania tenía mucho petróleo, que Hitler no tenía, por eso se las entregó.

 

-Aparte porque Antonescu era un fascista.

 

-Sí, que destronó al rey de Rumania. Llevó de Rumania a Odessa 150.000 judíos, los asesinaron a todos. Miles de gitanos, que vivían hacía miles de años en Rumania, asesinados de la peor forma. Después los rumanos se replegaron por la presión de Estados Unidos.

 

-Rescatás esos detalles: el que entra a la casa a llevarse a Bronia es un ucraniano.

 

-Y jovencito, porque los hombres estaban en el frente. Los que colaboraban con los nazis eran los jovencitos, que quedaron ahí y crecieron esos dos años. Eran carne de cañón, porque después los alemanes los fusilaron a todos, porque iban a ser delatores: los usaban y los eliminaban.

 

El koljós producía trigo, maíz, tenía un tambo. La madre de Bronia (Betty) le pidió a varios obreros que la que ayudaran con la nena, porque había llegado el frío, 20 grados bajo cero. Ella lloraba, y los otros obreros dijeron: “Bueno, que se la lleve Prokofii, que tiene cinco hijos. Nosotros no tenemos hijos, y nos van a delatar en dos minutos”. Mi abuelo no tuvo otra: la metió en su gabán y se la llevó a la casa.

 

-Tuvo que rapar a todos los chicos para que no se distinga por el pelo.

 

-La maquinita de corte de cabello sirvió para centenares de judíos, que venían a la noche embarrados, harapientos, vivían en cuevas en el suelo rocoso. No podían acercarse a la aldea, la delación era por una palabra, había espías por todos lados. Mis abuelos le enseñaban a los chicos a no decir ni una palabra de lo que pasaba en la casa. A la noche mi abuelo les cortaba de a cinco o diez, con una maquinita manual alemana. Venían solamente hombres, porque las mujeres ya habían sido asesinadas; algunos hombres se escondieron en el campo y sobrevivieron comiendo frutas, nueces o tierra.

 

Bronia era de piel blanca, con cabellos negros y enrulados; en cambio mi mamá y las hermanas eran lacias y rubias. Se notaba mucho; mi abuela decía: “Es la hija de mi hermana”, y las vecinas sospechaban. Mi abuelo las rapó a todas y dijo: “Hay muchos piojos”. Al final la delataron, nunca supieron quién: el que vino sabía todo.

 

Escribe Daniel, en uno de sus poemas, el final de la niña:

 

“Bronia abrigada con la ropa de Liusha, cargó el pan caliente, entre su cuerpo y el abrigo, que horneó Pasuña durante la noche, para evitar el congelamiento por el frío y la nieve de la mañana, durante el traslado al guetto nazi.

 

Bronia y la niña de doce años que ocultaba el jefe del koljoz de Krasnaia Polana, y una o dos niñas más, recorrieron los dieciocho kilómetros sobre un carro arrastrado por un caballo hasta el guetto de Kriboie Ocero. (...)

 

Bronia y Betty sobrevivieron de milagro en el guetto de Kriboie Ocero.

 

Bronia vivía en la colonia judía de Bagachivka, después del regreso de los ejércitos soviéticos a Odessa.

 

Bronia, desnutrida por años, tuvo una hemorragia interna causada por haber comido mucho.

 

Bronia murió y su mamá Betty quedó mal.

 

De Bronia supo mi abuela Pasuña, por el relato de una anciana hebrea quien vino desde la colonia a contar la tragedia de Bronia y agradecer la ayuda dada a la niña.

 

La otra niña judía de doce años que fuera cuidada por el jefe del koljoz de Krasnaia Polana, sobrevivió en el guetto y sus tíos hebreos vinieron a buscarla a Krasnaia Polana”.

 

 

Henry Ford, simpatizante del nazismo y beneficiario del trabajo esclavo, condecorado por los alemanes.Foto: Gentileza Daniel Kuryj

 

 

Complicidades

 

 

Los soviéticos no estaban amparados por el Convenio de Prisioneros de Guerra de 1929, así que los alemanes dispusieron de ellos para sus campos de trabajo, algo que indigna a Daniel: “En la Facultad de arquitectura mostré todas las empresas que tomaban estos prisioneros: Krupp, pero también Ford, General Motors, que proveían al ejército alemán. Henry Ford era un nazi, antisemita, fue procesado en Estados Unidos”.

 

-Hay uno de los cuadros donde está Ford.

 

-Sí, condecorado. No viajó a Alemania, lo condecoraron en la embajada en Estados Unidos.

 

-Hay otro que es una referencia a “El caminante sobre el mar de nubes” de Caspar David Friedrich, pero lo que está mirando es la lista de los campos de concentración.

 

-Para que el pueblo alemán vea otras cosas, porque estas cosas no las hicieron en Berlín. En otra obra puse los trineos en la Puerta de Brandenburgo. Para que sepan las cosas que hicieron los tíos y los abuelos allá, donde creían que nadie iba a ser testigos de todos estos acontecimientos. Porque los Einsatzgruppen no eran aldeanos brutos ni forajidos de las cárceles: eran abogados, ingenieros que se sumaron al asesinato.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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Autor:

Ignacio Andrés Amarillo
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