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Lunes 02.08.2021 - Última actualización - 16:09
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Psicoanálisis en tiempo de pandemia

Perder o perder

"La Melancolía" de Albrecht Durer.
Crédito: Archivo El Litoral

"La Melancolía" de Albrecht Durer. Crédito: Archivo El Litoral

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Psicoanálisis en tiempo de pandemia Perder o perder

Por Bibiana Degli Esposti (*)

 

"Oiga, doctor,/ devuélvame mi depresión,/ ¿No ve que los amigos se apartan de mí?"

Joaquín Sabina

 

La cuestión de la pérdida, la pregunta por ella, es central en psicoanálisis y en la vida misma. Pero al centro solemos darle significados vacíos a fuerza de la repetición de generación en generación.

 

Nadie sabe verdaderamente qué pierde al perder. El niño que no sabe de manera cierta qué quiere ese gran Otro que es la madre, qué quiere de él, de ella y un poco más lejos pero ahí nomás, qué quiere ella y qué podría ser él para ser eso que ella quiere. Se va con otro, se va con otra, se va al trabajo o al grupo, y él la pierde. No la pierde porque nunca fue parte suya, pero así lo creyó y si no se fuera, la cosa se pondría mala para él.

 

En ese juego de va y viene, se instituye la pérdida como función fundamental para su propia producción subjetiva y para que en esa distancia, haya un hueco que permita fundar un deseo.

 

Nuestros neuróticos, que se tienen por infantiles, nunca saben qué quiere su pareja de ellos o su amigo, qué quiere de él su analista. En ese camino la subjetivación se va produciendo. En cada "continuamos la próxima", se construye esa posibilidad de separarse para poder encontrar algo nuevo.

 

Eso al melancólico le cuesta, no puede, y fuerza la vida de un muerto en su realidad. No sabe perder y en ese no saber, se pierde a sí mismo. La ambivalencia es un síntoma marcado en la clínica del melancólico, tanto a nivel sintomático (manía/melancolía) como en la transferencia (idealización/denigración) que refleja bien la relación dicotómica consigo mismo y con los demás. Cuanto más idealiza al terapeuta, más intensa será la caída.

 

Antes escribí, de generación en generación y ese sintagma implica pérdida: de una generación a otra algo pasa tal cual pero sobremanera se pierde la vida en el intento de no perderla, de perderla antes de tiempo o de esperar que los mayores se mueran para ser libres. Y esa espera gozosa es en sí una pérdida de tiempo y la consecuente posibilidad de forjar ideales propios, ideales destinados a perderse también.

 

Antes de que se caigan de la página, rescato a Freud: que estén destinados a perderse no es motivo para no forjarlos, puesto que lo que perdemos al final es la vida misma, pero mientras tanto hay que vivirla.

 

Cada época enfrenta la muerte inevitable de diferentes maneras y crea subjetividades de época, más o menos luchadoras, más o menos aplastadas. Esta época pandémica nos ha enfrentado globalmente a la pérdida, a las decisiones a destiempo, a muchas angustias desbocadas o controladas de más. A planes de viajes postergados una y otra vez, por lo mismo a encuentros que no se producen. Es global, pero el procesamiento es singular.

 

La melancolía (bilis negra) apareció en el siglo V a.C. y fue Hipócrates de Cos quien habló por primera vez de ella. La bilis negra era considerada uno de los cuatro humores corporales y su exceso predisponía a la tristeza. Aristóteles la vinculó con la creatividad. A partir del siglo XVIII, la palabra "depresión" fue ganando terreno. La apatía de esta época, la abulia de hombres y mujeres mermados por los objetos de consumo que se tienen o no se tienen, muestra a las claras que comprar o no poder comprar no son la base de lo que no queremos: perder.

 

Ahora no se dice 'estoy triste', sino 'deprimido'. Para poder estar triste, hay que tener la sensación de haber perdido algo, y los objetos de consumo sacian esa falta artificialmente.

 

El melancólico rechaza de manera radical la pérdida, que vuelve en lo real en forma de autorreproche doliente y torturante. Sobre esa base constitutiva sobrevienen las descompensaciones depresivas, a veces maníacas, que identificamos en la clínica.

 

Del objeto perdido en Freud al objeto a de Lacan, la dimensión de la pérdida es fundante y estructurante de subjetividades, de cada sujeto o de una sociedad frente a un drama social. De una madre frente a la pérdida de un integrante que ha sido desparecido o de una sociedad que niega o construye memoria. Negar impide en todos los casos el duelo como proceso de trabajo psíquico que permita a los vivos, sencillamente vivir.

 

Hay duelos que son históricos porque marcan una época histórica de uno o varios países a la vez. No recibir el cuerpo para cumplir con el ritual del entierro o la cremación, o sea de tratar de simbolizar lo que ha pasado, lo que se ha ido y no volverá como camino indispensable para iniciar el camino de la sustitución. No porque un hijo va a ocupar el lugar del otro, pero sí para que quede un lugar que pueda ser ocupado por otro, por un ideal, por una lucha social.

 

Los movimientos de derechos humanos Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, fueron y son el camino de una sociedad para no ser melancólica. No por rondar la Plaza de Mayo aparecerá lo que no está, pero hacer presente que no está, es una manera de procesar la pérdida y eso hace que una sociedad construya y simbolice.

 

Recordemos que Freud sostiene que la diferencia entre el duelo y la melancolía es lo que hacemos con la pérdida y algo aparece en la melancolía y no en el duelo: el autorreproche. Mediante esta forma enfermiza de habitar el mundo, tengo la excusa perfecta para hablar de mí ahora, antes y para siempre.

 

"Oiga doctor, devuélvame mi depresión así puedo seguir hablando de mí con mis amigos"... Así de inmenso es ese narcisismo. Un puro amor a sí mismo y un puro odio desplegado a diestra y siniestra. Hasta acá podríamos decir que para vivir hay que aceptar perder.

 

Es lógico no querer el dolor de perder, pero ¿hasta dónde? La duda obsesiva y la consecuente procrastinación de un acto, de una decisión, de un pago, de un algo, al obsesivo le sirven para pensar que mientras no lo hace, mientras no decide, la cosa sigue igual y nada se pierde. Pero suelen llegar quejándose del tiempo que pierden para mover un pie detrás del otro.

 

Tampoco la histérica con su bella indiferencia es generosa en aceptación, al contrario, siendo que la angustia no aparece fácilmente, se presenta al final de un sainete fresca como una lechuga. Frígida pero fresca como una lechuga. Sola pero fresca como una lechuga.

 

Los neuróticos tramitan la pérdida a través del duelo; todos vamos perdiendo a lo largo de la vida cosas: la infancia, la juventud, la inocencia, los ideales, separaciones, rupturas... La vida está llena de pérdidas necesarias. La forma de tramitar la pérdida en el sujeto melancólico es no tramitarla porque va en contra de la propia naturaleza del narcisismo.

 

Hay un ritual ante la muerte del semejante que ayuda a los sobrevivientes a seguir viviendo. Sea porque haya una tumba a la que ir o no ir, sea que se decida qué hacer con las cenizas de un muerto, esos rituales no deben despreciarse porque implican un pacto entre humanos. Eso nos recuerda Antígona una y otra vez en la tragedia que nos habita. Siempre.

 

(*) www.aprescoupsp.com.ar

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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