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Viernes 10.09.2021 - Última actualización - 15:44
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Por Orlando Salerno

El sueño del guía

 Crédito: Ilustración Lucas Cejas
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Por Orlando Salerno El sueño del guía Desde la sala del aeropuerto se apreciaba mejor la intensidad de la lluvia. Él conducía a un joven de dieciséis años que venía con una misión especial: sería instruido en la ciudad de Buenos Aires.

Por Orlando Salerno

 

El viaje hasta Buenos Aires les resultó breve. Ambos cayeron en un sueño profundo y despertaron con la voz de la azafata pidiendo a los pasajeros que se ajusten los cinturones.

 

Pudo ver a través de la ventanilla que llovía.

 

Minutos después pasaban por la Aduana con sus respectivos bolsos. Traían ropas y algunos libros.

 

Desde la sala del aeropuerto se apreciaba mejor la intensidad de la lluvia. Él conducía a un joven de dieciséis años que venía con una misión especial: sería instruido en la ciudad de Buenos Aires. El joven debía encontrarse con un experimentado guía instructor para lo cual había sido preparado desde los diez años.

 

Él: -En fin, ya estamos aquí, tu guía no debe tardar en llegar- escrutó el guerrero acompañante rompiendo el silencio y sabiendo de antemano la causa de la creciente expectativa del joven.

 

Joven: -Pero si no nos conocemos. ¿Cómo vamos a hacer para encontrarnos entre tanta gente?- respondió con un tono de ingenuidad, demostrando que su inquietud le impedía momentáneamente pensar con claridad.

 

Él: -El guía instructor sabe que llegamos en este vuelo, además, y de eso estoy seguro, te reconocería de cualquier forma.

 

Después de este corto diálogo el joven quedó más tranquilo y empezó a observar con detenimiento la gran sala del aeropuerto, unas pinturas abstractas en una de las paredes llamaron su atención, fue en ese momento que desde atrás sintió que alguien tocaba su hombro, en un acto reflejo se dio vuelta quedando frente a frente con un hombre de estatura mediana, delgado, de tez clara y cabellos negros bien cortos con las sienes algo encanecidas. Los rasgos angulares de su rostro le daban una expresión dura y severa que contrastaba con el sentimiento de afabilidad que emanaba de sus profundos ojos azules. Todo el ser del joven traía la intención de estrecharse en un abrazo fraterno con ese hombre, de quien tanto y tantas cosas fascinantes había escuchado en España.

 

La lluvia se intensificaba y los altoparlantes del aeropuerto de Ezeiza informaban que de continuar el mal estado del tiempo se suspendería el próximo vuelo a Londres y a otras ciudades del mundo.

 

El guía instructor y el guerrero se estrecharon las manos de forma franca y viril con un "hola, que tal"; "bien y vos"; "bien, gracias", apenas. Fueron a la cafetería del primer piso. El joven y el guerrero acomodaron sus respectivos bolsos junto a un gran ventanal. Tomaron un humeante café con leche expreso y comentaron los pormenores del viaje. El guía entregó unos documentos al guerrero que los revisó bajo la firme mirada del guía, quien, acto seguido, y después de recibir el ok del guerrero, se retiró con el joven para conversar mientras caminaban por el amplio recinto del aeropuerto.

 

La lluvia no tenía miras de parar. El ruido del agua se hizo tan intenso que llegó a ahogar la música funcional de la cafetería. Sentado desde su mesa, el guerrero pudo ver que ambos bajaban por la escalera mecánica rumbo a la planta baja.

 

La gente comenzó a dar muestras de nerviosismo. Algunos caminaban de un lado a otro de la sala, queriendo de esa manera sujetar al animal interior que luchaba para salir desesperado y hostil; una mujer de rasgos orientales lloraba sentada sobre su equipaje y era consolada por dos jóvenes muy rubias, suecas tal vez, que nerviosas y llenas de dudas miraban para todos lados; un matrimonio que tenía que viajar a Londres para un encuentro de negocios importante -según había deslizado el hombre- estaba sentado en una de las mesas próximas a la del guerrero y profería una serie de palabras obscenas contra el tiempo y los funcionarios del aeropuerto; el mozo comentaba con algunos clientes sentados que desde las ocho de la noche anterior llovía con la misma intensidad, que la lluvia no había disminuido un segundo y que nunca había visto llover tanto durante tanto tiempo. Ya eran las cuatro de la tarde.

 

Por los altoparlantes confirmaron la suspensión de todos los vuelos. La disconformidad masiva de los pasajeros se manifestó con reacciones diversas, protagonizando escenas bizarras en los recintos de embarque de cada compañía.

 

La tarde fue entrando y junto con ella se levantó una densa neblina, que no por eso hizo disminuir la intensidad de la lluvia. Rápidamente el aeropuerto se vio envuelto por una cortina de humo acuoso dando la impresión de ser una isla perdida en un inmenso mar nebuloso y gris, en camino de ser negro. Nada parecía existir del otro lado.

 

El guerrero sacó de su bolso un libro, lo abrió al azar en el capítulo veintinueve y leyó: "LO ABISMAL REPETIDO. PELIGRO. AGUA ARRIBA. AGUA ABAJO. EL GRAN HOMBRE EJERCE LA ENSEÑANZA". Lo cerró. Bebió el último sorbo de su café con leche, observó la inmensa oscuridad que estaba circundando al aeropuerto, después dirigió su mirada hacia la planta baja, vio al guía que le hablaba al joven acompañándose de gestos firmes en las manos, ambos estaban envueltos por una aura de serenidad en medio de una sala en la que se había generalizado un estado de alteración. Se escuchaban gritos y conversaciones subidas de tono, nada cordiales; los lloriqueos de algunas mujeres de mediana edad; un grupo de pasajeros hartos de esperar levantaban la voz al reclamar con gestos exagerados y con prepotencia a los funcionarios de las compañías, que nada podían hacer y que no tenían culpa ni participación en la suspensión de todos los vuelos.

 

Mientras esto ocurría delante de sus ojos serenos, el guerrero sentado a su mesa, con la taza vacía y el libro abierto, pensaba para sí: "frente a una situación adversa límite, el hombre, cualquiera que sea su origen y nacionalidad, termina por mostrar sus debilidades y temores, que al final de cuentas son iguales para todos".

 

La noche se anticipaba a pasos agigantados. El tumulto era general y el tiempo respondía con más lluvia. Un rabino bien fornido que esperaba con su mujer y cuatro niños en el bar, de repente abandonó su apetito, dejó un suculento sándwich por la mitad mordido con su inmensa boca, y se puso a rezar de rodillas y en voz alta diciendo: "Señor, tú no puedes faltar al pacto que hiciste con Noé; no puedes hacer esto ahora que debo viajar con mi familia a Israel"; repetía y repetía esas frases aparentando ser una amorfa masa de miedo más que un rabino.

 

Los primeros hilos de agua comenzaban a infiltrarse por los techos de las salas de embarque y de los amplios recintos de espera.

 

La pista de aterrizaje se había transformado en un inmenso lago y desaparecía tragada por la neblina de lluvia densa, que al mismo tiempo era engullida por la gigantesca boca de la noche.

 

Los guardias de seguridad uniformados y a la paisana hicieron sentir su presencia ante el desorden reinante.

 

A la lluvia, que caía cada vez con más fuerza, se había agregado ahora un viento huracanado y frío que parecía sembrar más terror entre los pasajeros de personalidad más inestable e insegura.

 

La fuerte estructura de acero del aeropuerto temblaba ante el impacto del temporal. En uno de los extremos de los recintos de espera de la planta baja hubo un repentino cortocircuito que rápidamente se propagó en onda dejando en pocos instantes una total oscuridad que no pudo ser iluminada por los distribuidores de energía de reserva. Los gritos de desesperación se hicieron desgarradores, al tiempo que una vibración extraña empezó a succionar hacia arriba toda la estructura del aeropuerto como si quisiera arrancarlo desde los propios cimientos. Esta impresión llegó a ser tan real que acompañada de un zumbido ensordecedor hizo que toda la arquitectura se levantara en el aire. Inmediatamente después quedó todo sumergido en un silencio y calma total. La luz fue surgiendo en diferentes puntos de lo que se creía era la sala del aeropuerto de Ezeiza. Pero ya no lo era. En su lugar, una gigantesca nave con grandes pantallas desde donde podía verse cómo se alejaban velozmente de la superficie. Había pocas personas en su interior; el guía, el joven y el guerrero estaban parados junto a una de las pantallas observando el espacio. Luego de unos poquísimos segundos de vertiginoso ascenso, suficientes para ver la ciudad reducida a un simple punto, la inmensa y serena nave, a pesar de su altísima velocidad, inició un precipitado descenso que terminó cuando la nave se detuvo sobre una casa simple en las afueras de la ciudad de Buenos Aires donde un hombre de tez clara, ojos azules y cabello negro despertaba de su sueño. Al mirar su reloj supo que estaba algo atrasado para ir a recibir a un joven y a un guerrero que llegarían de España. Llovía torrencialmente. A pesar del atraso, salió en su auto sin ninguna prisa, rumbo al aeropuerto de Ezeiza.

 

Desde la sala del aeropuerto se apreciaba mejor la intensidad de la lluvia. Él conducía a un joven de dieciséis años que venía con una misión especial: sería instruido en la ciudad de Buenos Aires.

 

La noche se anticipaba a pasos agigantados. El tumulto era general y el tiempo respondía con más lluvia. Un rabino bien fornido que esperaba con su mujer y cuatro niños en el bar, de repente abandonó su apetito y se puso a rezar.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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