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Viernes 10.09.2021 - Última actualización - 16:08
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Por Julián Galassi

La clase política

 Crédito: Captura de pantalla
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Por Julián Galassi La clase política

En 2004, José Saramago publicó un libro que era una suerte de continuación de su célebre Ensayo sobre la Ceguera (1995) que se llama Ensayo sobre la Lucidez. Si en el primero lo que se desnudaba era las miserias del ser humano, en el segundo lo que el autor buscaba fue exaltar sus virtudes. La novela versa sobre un país “X” en el cual se van a llevar a cabo elecciones democráticas, todo se da con normalidad: campaña, veda, día de las elecciones con fuerte compromiso ciudadano, viejitos yendo a votar en bote contra viento y marea, y demás descripciones que dan cuenta de una población fuertemente comprometida con el proceso electoral. Hasta ahí todo bien, hasta que de la nada (o no tanto), tal como sucede en Ensayo sobre la Ceguera en donde la gente de repente se queda ciega, algo inesperado ocurre: al momento de recuento de votos la mayoría de los votos son en blanco, me puede fallar la memoria, pero era algo así como el noventa y pico por ciento.

 

Sorpresa absoluta, nadie sabe qué hacer, ante el desconcierto y sobre todo, la incredulidad de los actores políticos en el resultado de los comicios se decide reiterar el proceso electoral. Los resultados se repiten, una y otra vez. La ciudadanía, harta, dice basta utilizando un recurso del propio sistema contra sí mismo. En un texto ya clásico de la teoría política, los politólogos Bachrach y Baratz (1962) argumentan que el ejercicio del poder debe ser entendido tanto como la capacidad de influir en el comportamiento de otro para que éste haga algo determinado como así también para que no lo haga. Que no haya una decisión, una definición, que el voto sea “blanco” no significa entonces que la decisión o definición no existan. Existen. Negar algo no es una expresión de indiferencia, es la manifestación de un conflicto con lo instituido, es una posición de lucha, de puja de poder.

 

La semana del cierre de listas presentó un aborrecible espectáculo de “tinellización” de la campaña política: beboteos, culos, chistes, humor border, joda. Es grave ya que todo esto sucede mientras salimos de una pandemia que ya ha dejado más de cien mil fallecidos junto con una crisis económica fenomenal que de por sí en Argentina ya venía de larga data y que se agudizó profundamente a partir de la cuarentena para frenar los contagios, dejando a casi la mitad de la población en la pobreza. Por si esto fuera poco, quienes hoy lideran el proceso de desacralización de lo político son los mismos políticos. Las leyes del mercado han cooptado de tal manera el funcionamiento democrático que quienes deben velar por la integridad institucional se prestan al juego de tomarlo para la chacota. La profundización del modelo de “democracia de audiencia” que describía Schumpeter está alcanzando límites inusitados. Mueren las propuestas, el debate serio, los proyectos y se exalta el espectáculo. Una suerte de noventas recargado que tiene cada vez más olor a 2001.

 

Preocupa porque tanto la TV como las redes sociales son, como aseguraba Bourdieu, un mecanismo de permanente reproducción de relaciones de dominación, instancias de anulación del pensamiento crítico, mera reproducción de lo instituido. Funciona así una lógica de retroalimentación propia de todo gran medio de comunicación. La audiencia (el electorado) elige al conocido e, independientemente del carisma, virtud de la cual no puede prescindir cualquier liderazgo, lo que prima es la capacidad de que el mensaje se expanda. No importa si el mensaje, es misógino, absurdo, provocador, violento, antidemocrático o hasta ilegal, si la gente habla de ello, vaya y pase. En una sociedad hipermediatizada esto deviene en conflictos agudos, la ciudadanía solo consume lo que quiere ver y odia a lo demás. Se reproducen subjetividades cómodas, creemos que participamos, creemos que nos informamos pero somos incapaces de poder discutir de política con quienes piensan distinto. Pero de política en serio. A saber, como mejoramos los procesos de toma de decisiones, a qué políticas le damos continuidad, de qué manera, de qué forma, con qué presupuesto, en qué período de tiempo, etc. Nadie habla de objetivos, de evaluación, de resultados.

 

El circuito se está agotando para mal, Argentina está al borde de un estallido social porque nadie da respuestas serias a problemas ya no solo de bolsillo, si no de vida o de muerte que afectan a la totalidad de su población. Una población que además viene psicológicamente muy golpeada por una pandemia que ha sido un trauma fuerte para muchos. En este contexto, ¿es necesario dejarle a los apologistas del marketing político la tarea de suturar las profundas heridas que nuestro país arrastra? Representar a un pueblo herido no es joda, estamos en el límite y quieren hacernos creer que la salvación está con la cara nueva, con el outsider más outsider de todos los outsiders porque los insiders no quieren poner la cara ante el fracaso.

 

Es entendible que se apele a los instintos más primarios para canalizar las voluntades hacia el molino de cada cual, eso pasa desde que el mundo es mundo. Es una capacidad propia de cualquier élite gobernante, fundamento para sostener su carácter de dominante en relación a los dominados. Gaetano Mosca describía justamente a la “clase política” como aquella poseedora de un saber muy específico a la cual la denominaba la “fórmula política”, que es básicamente la capacidad que tiene una clase dirigente para legitimar su condición movilizando una buena cantidad de recursos simbólicos como creencias, costumbres, tradiciones, rituales, hábitos o sentimientos con ese propósito. Otro autor contemporáneo a Mosca, Vilfredo Pareto, agregaba que esa elite dirigente muchas veces agota sus procesos, es incapaz de sostener su capacidad de legitimarse lo que lleva a su propia decadencia abriendo así un proceso de recambio al interior de la elite dirigente. La emergencia de sectores radicalizados de derecha autodenominados “libertarios” son la expresión más cabal de dicha decadencia, ellos atacan el discurso gobernante, la referencia de papá-gobierno (que para colmo no da pie con bola) tienta a una pibada que ve que muchas de las instituciones gubernamentales están ocupadas por gente que se dice de izquierda o progresista y que solo habla en clave de inclusión de grupos minoritarios ante la imposibilidad de lograr incluir a las crecientes masas de excluidos de todo tipo de raza, religión y orientación sexual que quedan por fuera del mercado de trabajo, sin vivienda, sin acceso adecuado a la salud y violentado en sus derechos más elementales. El fenómeno “libertario” hoy parece agotarse en los barrios más pudientes de Capital Federal, pero la misma lógica de espectacularización de la campaña hace que personajes como Javier Milei gocen de prensa y difusión casi permanentes (amén de las holgadas fuentes de financiamiento que permiten su crecimiento en redes sociales y otros medios de comunicación, sin las cuales el fenómeno no podría desarrollarse).

 

En definitiva, en Ensayo sobre la Lucidez, el gobierno cayó tras la imposibilidad de legitimarse mediante la manifestación cabal de la voluntad general, cuyo método moderno en casi todo occidente son las elecciones democráticas. Si pierde legitimidad el método, pierde legitimidad el sistema. La clase política sabe que está desprestigiada, deslegitimada y en su desesperación deja todo en manos del marketing político, un remedio que es peor que la enfermedad y que la lleva aceleradamente al precipicio en su afán por acumular likes y retweets que sí, eventualmente pueden devenir en votos, pero en el intento lesionan la integridad de un sistema democrático que viene ya muy golpeado.

 

Saramago en los dos libros trabajó una dicotomía nodal de la filosofía, ¿el hombre es bueno o es malo? A partir de allí se puede desarrollar un juego pendular entre sus dos novelas. Si el hombre es bueno no necesita gobierno, es decir, si la población es capaz de trabajar con solidaridad y cooperativamente, no es necesaria la mediación de un tercero, no es necesario el Estado. Del mismo modo, en Ensayo sobre la Ceguera la emergencia de una pandemia que vuelve ciegas a las personas lleva a la civilización a un espiral de colapso y decadencia en la que el hombre se vuelve el lobo del hombre. En el medio está el mundo real, está Argentina, estamos nosotros, algo lúcidos, algo ciegos, esperando gestos de madurez de una “clase política” que debiera cortar con la pavada. Si esto no sucede, vamos a estar más cerca de la distopía miserable de la ceguera que de la utopía lúcida autoregulada.


 

*Julián Galassi, Licenciado en Ciencia Política (UNR)

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