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Jueves 30.09.2021 - Última actualización - 15:54
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Crónicas santafesinas

Una noche de 1988 en Las Cuartetas

 Crédito: Archivo El Litoral
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Crónicas santafesinas Una noche de 1988 en Las Cuartetas

I

 

La foto registra varios planos. Trataré de hacerlos explícitos. Primero el marco cronológico. Estamos en el año 1988. Mediados de año, calculo que entre septiembre y octubre. Viernes a la noche. Noches alegres y madrugadas tristes, como le gustaba decir a un amigo que vivió de noche y murió de noche. El lugar: Un bar situado en la esquina de bulevar y San Martín, con amplio veredón poblado de mesas a lo largo de casi toda la cuadra. Y un salón al que en aquellos años asistíamos todas las noches con fe de creyentes y espíritu pecador. Las Cuartetas. Así se llamaba. No fue un detalle menor en la vida nocturna de Santa Fe. Nunca supe quiénes eran los dueños, sospecho que para el caso tampoco era importante saberlo. No supe quiénes eran los dueños, pero recuerdo a los mozos, por lo menos a algunos de ellos. Por ejemplo: Chiquito. Un dandy de la noche. Un dandy amigo de los parroquianos. Y amigo de los burros y el naipe. Las Cuartetas. Fue de todos y de nadie. Fue bar de estudiantes, bar de trasnochadores, bar de malandras. Y, y según la hora, bar de familias respetables. Todos, y cuando digo todos aludo a los que por una razón o por otra circulábamos de noche, en algún momento de la noche caíamos a Las Cuarteras. No exagero si digo que durante diez o quince años (para el caso da lo mismo) no falté un solo día a ese bar. O a la hora del desayuno, o a la hora del almuerzo, o a la hora de la cena. Incluido las mesas de vino y cerveza tendidas desde que caían las sombras hasta la salida del sol. Luz que llegaba desde la laguna Setúbal y nos anunciaba que la noche llegaba a su fin y que Cenicienta debía volver corriendo descalza a su casa.

 

II

 

Volvamos a la foto. En el primer plano cuatro personas, cuatro muchachos que ya hace rato que dejamos de ser muchachos. El de saco claro y bigote a lo Emiliano Zapata soy yo. Sonrío. Probablemente al fotógrafo o a algunas de las minas que están en las mesas porque, bueno es saberlo, siempre había lindas minas sentadas a las mesas de Las Cuartetas. A mi lado, el Gringo Carignano, quien me prodiga un cordial abrazo protector. Al Gringo Carignano lo conocí en 1970, precisamente en Las Cuartetas. Fue de noche, por supuesto. Él estaba acompañado en una mesa de la vereda con el Negro Avalos y Palazzo, militantes bravos del Integralismo de entonces. El Gringo recién llegaba de Córdoba para concluir su carrera de abogado. O sea que de aquel encuentro inicial al que ahora registra la foto dieciocho años después, seguimos en el mismo bar y manteniendo las mismas diferencias políticas, diferencias que entonces no impedían compartir una mesa de vino o un café. Al lado de Carignano, y luciendo una espléndida sonrisa, está el Pato Villar. Lisandro Villar. Camisa blanca y campera. Con el Pato nos conocemos desde siempre. Hubo un picnic organizado por al Fede en 1969 al que lo intenté invitar, invitación que respetuosamente rechazó. Así nos conocimos. Todavía no habíamos cumplido veinte años y él ya era radical y yo comunista. Yo comunista hace rato que dejé de ser, pero el Pato sigue siendo radical. En la foto ya andamos por cerca de los cuarenta abriles. Al lado del Pato, saco celeste y barba, el único forastero del bar pero no de la política: José Luis Manzano. Es la primera y la última vez que estuve con él. De aquella tenida solo quedó esta foto. Linda mesa para un truco de cuatro, me dijo alguna vez un amigo cuando vio estas imágenes.

 

III

 

En un segundo plano, la cámara registra los rostros de algunas mujeres. Sonríen. Son lindas y, a juzgar por la expresión de sus rostros, la están pasando bien. Dos detalles presentes en el ángulo inferior izquierdo y derecho. En el derecho, una sonrisa juvenil y unos bigotes que si la imagen no miente pertenecen a un señor llamado Matozo. En el otro ángulo, un brazo que tapa los rasgos inferiores de un rostro que, una vez más, si la memoria no me miente, pertenece a un muchacho que todavía hoy le dicen Bugui. O sea que hay motivos para deducir que la foto destaca en este segundo plano una mesa de Franja Morada. Los dioses o la casualidad o Mandinga permitieron que una foto registre ese instante, un instante si se quiere habitual, porque todas las agrupaciones estudiantiles se reunían en algún momento de la noche en Las Cuartetas. Esa mesa de Franja Morada, muy bien podría haber sido una mesa del PI, de la JUP o del MNR. Pero en el caso que nos ocupa es de Franja Morada. ¿De dónde venían? Seguramente de un plenario, de una asamblea. ¿Adónde iban? Vaya uno a saberlo. En las Cuartetas se sabía cuándo se llegaba y en qué condiciones se llegaba, pero era muy difícil saber dónde se iba luego y en qué condiciones. Homenaje a la nostalgia. ¡Si se habrán forjado romances en esas mesas! ¡Y si se habrán rotos romances en esas mismas mesas! Sé de lo que hablo. Alguna vez escribí algo así como una novela configurada como una serie de relatos. El personaje es un mozo imaginario que trabaja en la caja. Un tipo algo mayor, solitario, discreto pero muy atento a lo que sucede en esa suerte de "Comedia humana" que era Las Cuartetas en esos años. El mozo observa y muy de vez en cuando participa. Da una mano, escucha, consuela, acompaña. Banca y hasta de vez en cuando fía. No miento si digo que un fragmento importante de la historia de Santa Fe de los años setenta hasta mediados de los noventa puede escribirse desde el privilegiado observatorio de Las Cuartetas.

 

IV

 

¿Y se puede saber qué hacía yo con Manzano? Reitero: año 1988. Manzano y el Gringo Carignano son en esos momentos referentes importantes de la Renovación Peronista. En la foto estamos en la puerta de ingreso a Las Cuartetas. Pero el encuentro se produjo en un bar muy frecuentado entonces en la esquina de San Martín y Santiago del Estero. El Gringo compartía unas copas con Manzano. Yo entonces era periodista del diario Hoy en la Noticia. Estaba con el Pato y nos acercamos a la mesa. Inicio del truco de cuatro. Llegaron otras copas y en algún momento acordamos en continuarla en Las Cuartetas. Yo mientras tanto avanzaba con mi entrevista a Manzano. Una entrevista fragmentada. Una pregunta, al rato algo parecido a una respuesta, seguida de otra pregunta. En algún momento Manzano le dice al Gringo. "Me dijiste que el periodista era medio zurdo, pero me parece que es medio gorila". "¿Y se puede saber cuál es la diferencia?", agregó el Gringo. No recuerdo si hubo respuesta de mi parte. La escena siguiente a la foto es la del momento en que nos acomodamos en una mesa para seguir conversando. Yo entonces me jactaba de hacer entrevistas sin grabador, sin tomar apuntes. A pura memoria. Y sin necesidad de pedir intimidad con el entrevistado. Una mesa con cervezas y conversando entre varios de bueyes perdidos me alcanzaba y me sobraba para armar una excelente entrevista trabajando con fragmentos de preguntas y respuestas. ¿Cómo concluyó esa noche? No me acuerdo. Lo que sé es que fue larga, pero los detalles no los recuerdo, Espero que San Pedro tampoco se acuerde.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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