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Miércoles 06.10.2021 - Última actualización - 17:38
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Una espada y una moharra

Dos trofeos ramiristas y la hermandad entre provincias

En el año del bicentenario del fallecimiento de Francisco Ramírez (1821 -10 de julio- 2021)*

Dibujo que representa la empuñadura de la espada atribuida a Francisco Ramírez que se conserva en el Museo Histórico de Paraná.  Crédito: Dibujo que representa la empuñadura de la espada atribuida a Francisco Ramírez que se conserva en el Museo Histórico de Paraná.
Crédito: "Hombres y cosas que pasaron" de Martiniano Leguizamón, (Buenos Aires, 1926) p. 43

Dibujo que representa la empuñadura de la espada atribuida a Francisco Ramírez que se conserva en el Museo Histórico de Paraná. Crédito: "Hombres y cosas que pasaron" de Martiniano Leguizamón, (Buenos Aires, 1926) p. 43

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Una espada y una moharra Dos trofeos ramiristas y la hermandad entre provincias En el año del bicentenario del fallecimiento de Francisco Ramírez (1821 -10 de julio- 2021)* En el año del bicentenario del fallecimiento de Francisco Ramírez (1821 -10 de julio- 2021)*

Por Alejandro A. Damianovich

 

Los vínculos desarrollados a lo largo del siglo XIX entre Santa Fe y Entre Ríos encuentran momentos de seria conflictividad, más allá de su larga integración territorial de los tiempos coloniales. Uno de ellos estuvo dado por la ruptura producida a mediados de 1821 entre Estanislao López y Francisco Ramírez, los héroes federales que el año anterior habían derrocado en Cepeda a un Directorio monárquico y centralista, y habían suscripto el Tratado del Pilar para barajar y dar de nuevo en el diseño de un proyecto de país.

 

El desenlace trágico de este desencuentro entre dos de los grandes caudillos argentinos, no dejó de crear resentimientos entre sus contemporáneos, aunque los avatares políticos de las siguientes décadas, fueron creando nuevas afinidades y disidencias. El recuerdo de la muerte de Ramírez, abatido en la defensa de su amada Delfina, pronto adquirió los perfiles del mito y la leyenda.

 

¿Una moharra de lanza o de un asta de bandera?

 

En 1866, el gobernador de Santa Fe, Nicasio Oroño, quiso aprovechar la Convención Constituyente reunida en esta ciudad, para estrechar vínculos interprovinciales, especialmente con Entre Ríos, cuando apenas despuntaba la Nación como órgano político, constituido en esta misma ciudad el 1º de mayo de 1853.

 

Se conservaba en las oficinas del Cabildo santafesino una moharra de lanza que, según una tradición local, había sido perdida por Ramírez en el combate de Coronda. Como se sabe, fue en esta acción militar que el entrerriano comenzó a sufrir la superioridad de López, iniciándose desde allí el recorrido hacia su derrota definitiva y muerte.

 

Consideró Oroño que el objeto revestía hondo significado y que por lo tanto era oportuno restituirlo a la provincia que Ramírez había gobernado. Así lo hizo, y José Carmelo Busaniche ha dado a conocer los documentos que acreditan el gesto de hermandad. Hay una carta de Oroño del 19 de septiembre de 1866 en la que le dice a su colega entrerriano José Domínguez que envía, por intermedio del diputado constituyente Martín Ruiz Moreno, "la lanza que el General Ramírez perdiera en las lomas de Coronda", objeto al que calificaba como un "trofeo de nuestras antiguas disensiones y guerras civiles".

 

La respuesta del gobernador de Entre Ríos señala haber recibido del doctor Ruiz Moreno la nota de Oroño y "la moharra de la lanza del General Ramírez", a la que define como un "valioso recuerdo que debe ser conservado en Entre Ríos, por haber pertenecido a uno de sus más ilustres guerreros".

 

Aunque ambos mandatarios se refieren en sus cartas a una lanza, cabe preguntarnos si esta moharra perteneció a este tipo de armas, tan del uso de las caballerías gauchas, o a un asta de bandera. Surge la duda de la lectura del libro que el referido doctor Ruiz Moreno dedicó al General Ramírez. Allí escribe: "En 1866 se conservaba en el Cabildo de Santa Fe la moharra del asta bandera que usaba Ramírez en su ejército. Era de plata y de gran tamaño. El Sr. Oroño, gobernador entonces de Santa Fe me la entregó, siendo yo diputado por Entre Ríos en la Convención Nacional que se reunió ese año, y yo la presenté al gobernador de esta provincia".

 

La versión de Ruiz Moreno es coherente con lo que escribe Lassaga en su "Vida de López" cuando dice que tras el combate de Coronda "El abanderado de la tropa entrerriana presentó a López su estandarte que, como glorioso trofeo fue enviado con la noticia del triunfo a Santa Fe". Para 1866 se habría conservado nada más que la moharra del asta, la que Oroño decidió restituir al gobierno entrerriano.

 

Frente a estas contradicciones ya no es posible asegurar que el referido trofeo fuese un objeto perteneciente al caudillo, sino más bien un elemento que debió haber estado asociado a la bandera tricolor de uso en el ejército entrerriano, seguramente desintegrada con el tiempo (habían transcurrido 45 años). De cualquier manera, el gesto de Oroño fue valorado como un acto de fina diplomacia, cuando otro gran caudillo manejaba los hilos de la política regional desde su palacio de Concepción del Uruguay, y era más que necesario sostener un equilibrio que pronto se rompería en los sucesos de 1868 que pusieron fin a su gobierno y al predominio del cullismo en Santa Fe.

 

La espada del "Supremo Entrerriano"

 

Se exhibe en una vitrina del Museo Histórico Provincial de Paraná "Martiniano Leguizamón" una antigua espada del tiempo del rey Carlos III, cuya propiedad se atribuye al General Ramírez. Según el mismo Leguizamón explica en su libro "Hombres y cosas que pasaron", esta sería el arma que empuñaba el caudillo al momento de caer herido de muerte por una bala de pistolón.

 

Según relato del General Galarza, que integraba la escolta de Ramírez, este habría caído en el lugar del encuentro, pero sus hombres pudieron rescatar su cuerpo que trasladaron un breve trecho, debiéndolo abandonar ante lo apremiante de la persecución. Es de creer que la espada había quedado en el lugar del combate y que los soldados de López se la entregaron al oficial al mando de la división, que era el comandante Juan Luis Orrego.

 

Según parece éste conservó la espada que pasó a manos de sus descendientes, uno de los cuales se la obsequió, muchos años después, al doctor José Shóle, autor de un libro sobre el Arroyo del Medio. En 1916, Shóle la ofrecía a Martiniano Leguizamón junto a una carta en la que narra el supuesto periplo seguido por la bella espada toledana.

 

"Hace años -decía Shóle en su carta- cuando me ocupaba en reunir antecedentes entre los viejos testigos sobrevivientes de aquellas luchas, un descendiente de Orrego me obsequió con dicha espada, refiriéndome los antecedentes sobre su procedencia conservados por tradición en su familia"

 

Atesorada por Martiniano Leguizamón durante toda su vida, el arma pasó a formar parte del patrimonio del Museo que lleva su nombre, junto a las riquísimas colecciones de platería criolla que se custodian en él.

 

Se trata de una espada toledana de caballería del siglo XVIII, forjada en 1774, según reza la leyenda de su hoja. En la otra cara se lee "Por el rey Carlos III". La empuñadura ha sido reformada, reemplazando la original por una de plata que luce a la vista bastante gastada por el uso. El largo de la hoja es de 77 centímetros, seguramente porque ha sido recortada o quebrada, ya que, según Leguizamón, estas espadas medían 95 centímetros.

 

Paradojas en torno a esta espada y a sus dueños.

 

Hay dos situaciones paradojales que surgen en torno a esta espada y sus poseedores Ramírez y Orrego, si es que verdaderamente se trata de la que empuñara del "Supremo". La primera surge de la contradicción que se presenta entre el ideario republicano de Ramírez y la leyenda de la hoja, de donde se desprende que el caudillo habría encabezado la carga de sus montoneras en Cepeda en contra del monarquismo del Directorio, blandiendo una espada que rezaba: "Por el Rey Carlos III".

 

La segunda paradoja gira en torno al destino que le estaba reservado al comandante Orrego, jefe de la división que persiguió a Ramírez hasta enfrentarlo, darle muerte y decapitarlo. Si creyó que la posesión del trofeo tomado del caudillo caído iba a constituir un talismán que lo protegiera en sus lances guerreros, bien equivocado estuvo. Transcurridos dos años desde aquel luctuoso suceso, Orrego era muerto por los indios ranqueles en el sur de la provincia y su cuerpo, como el del bravo caudillo entrerriano, decapitado en el terreno del combate.

 

(*) Contenidos producidos para El Litoral desde la Junta Provincial de Estudios Históricos.

 

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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