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Domingo 10.10.2021 - Última actualización - 15:58
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Conversando con un psicoanalista

¿Cómo retar a un niño?

Retar es un acto hostil, que no es lo mismo que agresivo, con una función específica: darle al niño la chance de asumir un conflicto que tendrá que resolver por su cuenta. Crédito: Archivo Retar es un acto hostil, que no es lo mismo que agresivo, con una función específica: darle al niño la chance de asumir un conflicto que tendrá que resolver por su cuenta.
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Retar es un acto hostil, que no es lo mismo que agresivo, con una función específica: darle al niño la chance de asumir un conflicto que tendrá que resolver por su cuenta. Crédito: Archivo

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Conversando con un psicoanalista ¿Cómo retar a un niño?

Nos escribe Paula (32 años, Rufino) con la siguiente pregunta: "Hola Luciano, te escribo a partir de la columna sobre límites. Me gustó mucho, pero quisiera pedirte que por favor profundices sobre la cuestión de cómo retar a un niño. A mí me cuesta mucho, me termino enojando y la verdad es que siento que es muy difícil que ellos entiendan. Además hoy hay una moda de que retar está mal y yo me siento peor, después me quedo re culpable. Besos y gracias por tu columna, siempre te leemos en casa".

 

Querida Paula, muchas gracias por tu carta y comenzaré por algo que decís como al pasar, pero que me parece importante: hoy se discute si hay que retar a un niño o no, en lugar de pensar cómo hacerlo. A los adultos de hoy no les gusta retar y creo que esta es la pregunta que debiéramos hacernos, ¿por qué?

 

Al mismo tiempo, la otra cara de esta situación es la cantidad de veces que padres cuentan que explotan, que por impotencia pueden llegar a pegarles a sus hijos y después como vos decís, se sienten culpables -con lo cual ese acto demuestra ser inútil, además de penoso.

 

 

A la hora de hablar de los límites para los niños -o de cómo retarlos-, podemos estar de acuerdo en decir que pegarles está mal. Sin embargo, el juicio moral no impide que en una situación extrema alguien realice ese acto, como tampoco da herramientas para no llegar a esa situación. De este aspecto puntual es que quisiera que conversemos, Paula.

 

 

Entonces, propongo que seamos menos moralistas y más cooperativos. Aprender a retar a un niño es una tarea que requiere esfuerzo. Por cierto, hay tres ideas que creo que son muy importantes:

 

1) Cuanto más intenso es el afecto por alguien, más ambivalente será nuestra disposición. Esto quiere decir que más expuestos estamos a indicaciones contradictorias o a desdecirnos, como a decir cosas que no podríamos cumplir o asumir una actitud punitiva -por ejemplo, si nos sentimos traicionados o decepcionados.

 

2) Estar advertidos de lo anterior es para aprender a no retar con enojo, porque lo cierto es que más bien retamos ¡para no enojarnos! El problema de retar enojados es que luego vira en culpa y reinicia el circuito. Además, si retamos con enojo, lo que era un problema del niño se convierte en un problema del adulto que ahora tiene que lidiar con el efecto paradójico que le produjo haber retado.

 

3) Por último, no se reta para culpar ni para esperar que un niño entienda que lo que hizo está mal (ya que no siempre puede). En este último caso el riesgo es que la autoridad del adulto quede supeditada a que el niño acuerde y así el adulto se destituye parentalmente.

 

 

Retar es un acto hostil, que no es lo mismo que agresivo (quienes o pueden hacer esta distinción, solo puede fantasear como agresiva toda hostilidad), con una función específica: darle al niño la chance de asumir un conflicto que tendrá que resolver por su cuenta.

 

 

Pongamos un ejemplo: un niño de cuatro años juega con un objeto delicado, de manera repetitiva; entonces se lo saco y le digo que tiene que jugar con otra cosa. Podría ofrecerle yo otro objeto, pero ahí puede ser que entre en una negociación o que el niño me diga que no lo quiere o, a los minutos, que se aburre. Así el problema se invierte y yo tengo que ocuparme de que juegue o de que no se aburra.

 

Retar no es un castigo, sino un acto que usa la hostilidad de manera creativa. Asimismo no actúa sobre efectos, sino que su función es preventiva. Siempre que retamos no es porque pasó algo malo en sí, sino para prevenir algo peor -que el niño no puede calcular.

 

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Un humorista dijo una vez: "Mis papás me pegaron solo una vez. Empezaron un verano y terminaron 10 años después". El principal problema de los golpes es, además de que duelen, que no sirven y tienden a repetirse, reforzarse, volverse inútiles. Porque un niño puede acostumbrarse a que le peguen y ahí ya no hay retorno -porque no desarrollará aptitud ética y solo se guiará con miedo.

 

 

No obstante, no alcanza con decir que está mal, sino que hay que explicar por qué no sirve y proponer otro modo de actuar. El mayor problema que tienen los padres a los que les cuesta retar a sus hijos es que al retarlos de manera adecuada ocurre que los niños se vuelven autónomos y menos dependientes del amor parental. No todos los padres crían en función de dejar ir a sus hijos -a pesar de que digan lo contrario.

 

Quisiera explicar mejor este último punto. Al retar a un niño, de alguna forma lo estamos frustrando. Que un niño pueda ser frustrado, supone que ama al adulto que lo frustra. Dicho de otro modo, la frustración no es algo que ocurre respecto de la realidad, sino en el vínculo afectivo. A muchos padres les cuesta frustrar porque sienten algo que es cierto: a quien los ama, le responden con un no -como si traicionaran ese amor. Sin embargo, la cuestión es más profunda y es lo que conversamos en una columna anterior: el "no" es también un acto de amor, es una respuesta que apuntala la creatividad que el niño necesita para hacer frente a la realidad y, además, promueve la capacidad para vivir los vínculos afectivos con un tensión necesaria.

 

 

Esta última idea lleva a una conclusión que para mí siempre es necesario resaltar: el amor de los padres no se mide solamente por la satisfacción de necesidades, sino por la chance que dieron de ofrecer un vínculo en el que también pasiones conflictivas se pudieron vivir sin temor a represalia y de manera constructiva. Yo siempre digo que no hay padres perfectos, pero sí creo que una buena función parental es la que habilita el sostén para que los hijos puedan experimentar aquello que, luego, fuera de la familia se vivirá también, aunque no es lo mismo haber aprendido a transitar conflictos que huir de los mismos, sufrirlos o resolverlos agresivamente.

 

 

Los padres somos los destinatarios del amor de nuestros hijos, pero ese amor no es para que lo guardemos, para conservarlo intacto y que nos quieran para siempre. Esto va a ocurrir si respondemos a ese amor siendo capaces de que nos trascienda y vaya más allá de nosotros. Nuestros hijos no nos tienen que amar por ser sus padres, sino por el modo en que -como padres- los conducimos para que un día nos dejen y no porque nos hemos vuelto en un obstáculo para su desarrollo personal, sino porque ya cuentan con los recursos mentales para tener su propia vida.

 

En este recorrido, retarlos es un paso necesario y una acción que debe practicarse con responsabilidad. Espero, querida Paula, haber despejado tus inquietudes a partir de esta carta.

 

Para concluir, quiero decir que es importante retar a un niño y darle a la palabra "reto" también la acepción de desafío.

 

Si retamos con enojo, lo que era un problema del niño se convierte en un problema del adulto que ahora tiene que lidiar con el efecto paradójico que le produjo haber retado.

 

El amor de los padres no se mide solamente por la satisfacción de necesidades, sino por la chance que dieron de ofrecer un vínculo en el que también pasiones conflictivas se pudieron vivir sin temor a represalia y de manera constructiva.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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