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Sábado 16.10.2021 - Última actualización - 19:28
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Crónica política

Estación 14 de noviembre

Aníbal Fernández fue ministro en diferentes carteras, legislador, alguna vez intendente y operador a tiempo completo. Crédito: ArchivoAníbal Fernández fue ministro en diferentes carteras, legislador, alguna vez intendente y operador a tiempo completo.
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Aníbal Fernández fue ministro en diferentes carteras, legislador, alguna vez intendente y operador a tiempo completo. Crédito: Archivo

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Crónica política Estación 14 de noviembre La noción de republicanismo democrático que pone límite a los poderosos para Aníbal Fernández es una extravagancia. Su biografía política así lo confirma.

I

Aníbal Fernández no es una casualidad en el esquema de poder político del peronismo. Ni siquiera un error. En todo caso es una paradoja o una fatalidad. Es muy probable que más de un peronista se haya llevado las manos a la cabeza cuando leyó el tweet que el flamante Ministro de Seguridad escribió contra el humorista Nik. Admitamos a continuación que más que una inmaculada vocación democrática es probable que a este hipotético peronista lo haya afligido la inoportuna bravata a un mes de las elecciones y cuando todos los pronósticos anuncian una nueva derrota. Una pregunta pertinente al respecto sería si para la lógica del actual esquema de poder el acto de Fernández es una torpeza o un error o, por el contrario, una consecuencia previsible de alguien que a lo largo de una prolongada carrera política se ha esmerado en cultivar un perfil en sintonía con ese perfil autoritario que más de un observador asimiló con el de barrabrava. Admitamos también que a su manera y en su estilo Fernández es previsible, muy previsible. Él mismo al momento de asumir el Ministerio de Seguridad se comprometió a actuar "sin miramientos". Lo sucedido con Nik cumple al pie de la letra con su consigna.

 

II

Importa insistir en que Fernández no es un personaje marginal del peronismo. En los últimos quince años ha ocupado responsabilidades políticas de primer nivel. Fue ministro en diferentes carteras, legislador, alguna vez intendente y operador a tiempo completo. La historia del peronismo en lo que va del siglo XXI no podría escribirse omitiendo su presencia. No solo que no es marginal, sino que es considerado algo así como una destacada reserva política y moral del peronismo, el dirigente al cual se acude en los malos tiempos, o en los momentos de crisis, o cuando la nave amenaza naufragar. ¿O alguien puede imaginarlo a Fernández en otro lugar que no sea el peronismo? Fernández es la respuesta que da el peronismo a la catástrofe electoral de las PASO. Los interrogantes que un observador comprometido se haría en este caso serían los siguientes: ¿Qué pasa con una fuerza política que acude a dirigentes de esta talla para superar una derrota? ¿Qué diagnóstico de la actual realidad política y social elabora el peronismo para considerar que dirigentes como Aníbal Fernández pueden ser los pilotos de tormentas? Si esta hipótesis fuera posible, lo que pondría en evidencia por parte del peronismo ya no sería solo la selección equivocada de un ministro, sino una concepción del poder y en particular un diagnostico totalmente equivocado de la actual coyuntura política.

 

III

¿Pero fue efectivamente un error el que cometió Fernández con Nik? ¿O lo suyo no fue más que el producto de una palabra de más o de menos que se suele pronunciar en discusiones acaloradas? Situemos el caso. La discusión se dio entre un periodista gráfico y un Ministro de Seguridad. Fernández es su biografía, pero en primer lugar es su investidura. Cuando un ministro o un presidente se trenza en una discusión con un ciudadano no está debatiendo, está cometiendo un abuso. Un abuso de poder. Nik todos los días sale de su casa con sus hijas, las lleva a la escuela y después se va a trabajar al diario. Solo. Fernández dispone de custodia, chofer, recursos. Cuenta con una cadena de mandos que le responde; recibe información reservada y, según lo que se sabe, dispone de un presupuesto anual de alrededor de cuatro mil millones de pesos. ¿Queda claro que no hay simetría en el debate? ¿Queda claro, además, que no se trató de un debate? Por lo menos a los ministros de gobiernos democráticos esto les queda claro. Como también queda claro que a los déspotas y a los autócratas ese ejercicio del poder los fascina, y además lo practican sin remordimientos y sin escrúpulos. Sin embargo, esta elemental noción de republicanismo democrático que pone límite a los poderosos para Aníbal Fernández es una extravagancia. Su biografía política así lo confirma. Fernández hace lo que sabe hacer y siempre ha hecho. Eso ya lo sabemos. Lo que cuesta más asimilar es que lo suyo no es una aventura solitaria. ¿Fernández se propuso amenazar a las hijas de Nik o cometió una torpeza verbal? El problema del ministro es que sus antecedentes no lo ayudan a elaborar un juicio complaciente con sus actos. Tampoco lo ayudan sus explicaciones y justificaciones. Puede que en sus intenciones no hay estado presente agredir a las hijas de Nik. Pero la intención de sus palabras son inquietantes. Las reiteraciones y los signos de preguntas son inequívocos. Solo desde una concepción despótica del poder es posible construir esa frase. ¿Por qué lo hace? ¿Qué gana con enredarse en una discusión sin resolución posible? No hay muchas respuestas. Fernández es peronista, lo cual es un elección política, pero al mismo tiempo es prisionero de su personalidad, lo cual bien puede ser considerado una fatalidad. Para él y para los argentinos.

 

IV

Se sabe que en política los pronósticos además de riesgosos son irresponsables. Debatir si el peronismo logrará remontar la derrota del 12 de septiembre es un ejercicio vano. La única certeza existente es la que dieron las urnas. Y la próxima certeza se conocerá el 14 de noviembre a la noche. Todo lo demás son especulaciones que la realidad puede contradecir con la misma velocidad con la que se construyeron. Tal vez la única licencia que nos podemos permitir en este campo es la que nace de las preguntas. ¿Podrá el peronismo modificar en dos meses un resultado que ellos laboriosamente contribuyeron a lograr en su contra durante dos años? ¿Alcanzará con el reparto de "platita" para convencer a votantes que después de meses de desencantos, frustraciones y postergaciones han encontrado ahora motivos si se quiere más "espirituales" para votarlos? ¿Las actuales disensiones internas, algunas de las cuales bordearon el escándalo, no son acaso el síntoma de la crisis que suele anticipar la derrota? ¿Que una fecha mítica del peronismo como es el 17 de octubre no pueda ser evocada porque daría lugar a refriegas políticas inesperadas, no es la señal de un estado de descomposición interna que ningún recordatorio en nombre del día de la madre alcanza a disimular? ¿Qué un personaje emblemático del actual peronismo como es Sergio Berni, anuncie que después de las elecciones renuncia a su cargo porque considera que el Frente de Todos más que una coalición política es un cabaret, no es el anticipo de un naufragio político?

 

V

El resultado de las elecciones del 14 de noviembre no es la exclusiva preocupación del peronismo y de los argentinos. El estado calamitoso del país trasciende un resultado electoral. Sea cual fuera el dictamen de las urnas, los problemas que nos aguardan son serios, muy serios. Si ganara el peronismo estos problemas se agravarían porque se sentirían respaldados en todo lo que han hecho. Basta pensar qué se les ocurriría hacer a quienes, por ejemplo, designaron a Juan Manzur, Aníbal Fernández y a Roberto Feletti como salvadores de la patria. Pero si el peronismo fuera derrotado, lo que muchos opositores deben saber es que la exclusiva alteración institucional que provocaría esa derrota sería un cambio de relación de fuerzas en el parlamento. No es un detalle menor, pero importa saberlo porque el Poder Ejecutivo continuará o debería continuar con el mismo titular hasta 2023. ¿En qué condiciones podrá el presidente Alberto Fernández dirigir la política después de una hipotética derrota electoral? No hay respuesta a este interrogante. ¿Convocaría a un gobierno de unidad nacional? ¿Aceptaría colaborar la oposición? Y si lo acepta; ¿en qué condiciones lo haría? Los principales dirigentes de Juntos por el Cambio han expresado dos cosas importantes: que sea cual fuese el resultado electoral, el presidente de la nación debe concluir su mandato; y que la responsabilidad decisiva de esa tarea le corresponde al gobierno. Después están los imponderables de la política. La Constitución Nacional prevé las soluciones para esos imponderables. El consenso a favor de la institucionalidad es mayoritario. Si alguna voz se levantó en contra de ello no ha sido de la oposición sino del propio peronismo. Sin eufemismos y sin matices, esa voz reclamó la renuncia del presidente y la convocatoria anticipada a elecciones. Esa voz pertenece a Guillermo Moreno, voz que solitaria o no responde a una identidad política que nadie le puede desconocer.

 

Cuando un ministro se trenza en una discusión con un ciudadano no está debatiendo, está cometiendo un abuso de poder. Todos los días, Nik sale de su casa, lleva a sus hijas a la escuela y se va al diario. Solo. Fernández dispone de custodia, chofer, recursos.

 

La noción de republicanismo democrático que pone límite a los poderosos para Aníbal Fernández es una extravagancia. Su biografía política así lo confirma. Hace lo que sabe hacer y siempre ha hecho. Lo que cuesta asimilar es que la suya no es una aventura solitaria.

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