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Martes 07.12.2021 - Última actualización - 7:07
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Historieta

El amigo americano

Lucky Luke y Jolly Jumper. Crédito: Gentileza Libros del Zorzal Lucky Luke y Jolly Jumper.
Crédito: Gentileza Libros del Zorzal

Lucky Luke y Jolly Jumper. Crédito: Gentileza Libros del Zorzal

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Historieta El amigo americano

Alto y desgarbado, al cowboy americano Lucky Luke le tocó paradójicamente crecer a la sombra de un minúsculo gigante, Asterix, estrella indiscutida del cómic franco-belga (junto con Tintín), cuyo creador, René Goscinny, también fue guionista de la serie creada por Morris. 

 

Con todo, los problemas de identidad no eran menores para el hombre “más rápido que su sombra”. No está muy claro que, como su indumentaria típica sugiere, haya sido un “vaquero”. Casi nunca se lo ve arreando ganado, aunque sí escoltando caravanas, cumpliendo misiones para el gobierno o impartiendo justicia. Impávido, lacónico, con un cigarrillo consumido entre los labios que nunca desapareció para besar a una mujer, aunque sí para ser saludablemente reemplazado por un escarbadientes empezados los ‘80. Y acompañado por un caballo más inteligente que él, Jolly Jumper, y circunstancialmente por un perro guardiacárcel, Rantanplan, más tonto que ambos, y que apenas escondía en la fonética de su nombre la burla a otra celebridad canina del rubro, Rin Tin Tin.

 

Y era americano, claro, como lo deja establecido la ambientación de sus historias, su entorno y los personajes con los que se cruzaba (varios de ellos reales). Pero no, en la medida en que pertenece tanto a la tradición del western como a la de la bandeé desinee, y su público es preferentemente europeo. Incluso su traslación al cine estuvo a cargo de una estrella de las comedias de aventuras como Terence Hill (nacido en Venecia como Mario Girotti). 

 

Claro que, a la manera de su colega galo, también se convirtió en argentino por adopción, a través de la difusión en publicaciones de circulación masiva en los años 70, como Anteojito o los álbumes de la llorada editorial Abril. 

 

Ni western clásico, ni la versión spaguetti (¿un baguette western?), pero un poco de todos, mostró en esa transnacionalización la cualidad universal de un género, quizá de un sistema de valores, que se les fue de las manos a sus creadores originales, tanto como la finalmente descalzada referencia geográfica que le da nombre. 

 

Un mundo de fantasía donde los buenos siempre son los más rápidos para disparar, las autoridades son casi siempre corruptas y reciben su castigo, los criminales se ajustan a las reglas del juego, las prostitutas son dechados de virtud, los indios suelen sobrevivir, los verdugos son empáticos y los borrachos del pueblo no son enfermos de alcoholismo, sino depósitos de sabiduría a la espera de ser rescatados. En saloones de puertas rebatibles, diligencias de asombrosa suspensión, granjas prósperas o persistentes, y funcionales tipis de campaña. Y donde, más allá de alguna botella rota trazandos círculos en el aire, las razones se dilucidan finalmente a puño limpio o disparos prodigiosos, a la hora señalada.

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