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Martes 07.12.2021 - Última actualización - 12:36
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Por María Teresa Rearte

La Inmaculada Concepción de María

La grandeza que reconocemos en María no es una grandeza que se eleva junto a la grandeza de Dios, como una manifestación más pequeña. Se trata de la misma grandeza de Dios, de la misma Luz, que brilla en Ella que supo aceptar y entrar en el plan divino. Crédito: La grandeza que reconocemos en María no es una grandeza que se eleva junto a la grandeza de Dios, como una manifestación más pequeña. Se trata de la misma grandeza de Dios, de la misma Luz, que brilla en Ella que supo aceptar y entrar en el plan divino.
Crédito: "Inmaculada Concepción", Isidro Carnicero

La grandeza que reconocemos en María no es una grandeza que se eleva junto a la grandeza de Dios, como una manifestación más pequeña. Se trata de la misma grandeza de Dios, de la misma Luz, que brilla en Ella que supo aceptar y entrar en el plan divino. Crédito: "Inmaculada Concepción", Isidro Carnicero

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Por María Teresa Rearte La Inmaculada Concepción de María Desde el inicio de su vida María recorre un camino de gracia, que culminará con la más alta santidad a la que puede llegar una criatura humana. La que para la Iglesia, para las personas con fe, tiene un gran poder de intercesión. No obstante el cual sigue siendo una criatura.

Por María Teresa Rearte

 

Si María hubiera sido sólo el instrumento físico por medio del cual el Verbo vino al mundo, se podría hacer memoria de Ella como de los lugares, cosas o personas que de algún modo tuvieron alguna relación con Cristo. Pero María es mucho más. 

 

Por lo que a través de sucesivas etapas la Iglesia ha ido iluminando el misterio profundo de María. Es lo que sucede con el misterio de la Inmaculada Concepción, cuya solemnidad se celebra el 8 de diciembre. El que fuera proclamado dogma de fe por el Papa Pío IX en el año 1854. Que dice así: "La bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano." (CIC 491)

 

Sobre lo cual también el Concilio Vaticano II enseña que la "resplandeciente santidad del todo singular" con la que fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56) le viene enteramente de Cristo. Ella ha sido "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo." (LG 53)

 

A su vez San Pablo afirmaba que Dios la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos, en Cristo". (Ef 1, 3) Y añadía que la había "elegido, antes de la creación del mundo, para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor." (Ef 1, 4)

 

Si nosotros comparamos la humanidad común, corriente, con la humildad de María, podemos advertir que en Ella resalta la presencia del Espíritu Santo. Todo el vacío de la criatura humana se ve llenado de la gracia divina. De la potencia del Amor de Dios.

 

Toda su vida transcurrirá sin pecado. En Ella se visualiza la raíz de la nueva criatura en consideración de los méritos futuros de su Hijo. Sin Cristo no habría tal grandeza.

 

María comprende que una nueva historia del renacer de la criatura humana tuvo comienzo con Ella. Con relación a lo cual quiero citar el Magnificat, que dice: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas. Su nombre es santo, y su misericordia se extiende de generación en generación sobre los que le temen." (Lc 1, 46-50)

 

Este hermoso canto pone de relieve la síntesis de dos preciosas virtudes, que es interesante considerar. Me refiero a la humildad y la magnanimidad. Es propio de los seres humanos la tendencia a sobresalir. A mostrar su preeminencia. Sin embargo la virtud de la humildad reside en que cada uno se tenga por lo que realmente es. Esto es la humildad, que no sólo no contradice la virtud de la magnanimidad, sino que ambas son como hermanas gemelas, que se complementan. Y toman distancia tanto de la soberbia como de la pusilanimidad.

 

La raíz de esta nueva criatura se llama Inmaculada Concepción. Desde el inicio de su vida María recorre un camino de gracia, que culminará con la más alta santidad a la que puede llegar una criatura humana. La que para la Iglesia, para las personas con fe, tiene un gran poder de intercesión. No obstante el cual sigue siendo una criatura. A la que la fe de la Iglesia en su amor por Ella nunca la confunde con Dios. 

 

La grandeza que reconocemos en María no es una grandeza que se eleva junto a la grandeza de Dios, como si se tratara de una manifestación más pequeña. O de una luz más débil que la Luz divina. Sino que tratemos de hacer el esfuerzo de comprender que se trata de la misma grandeza de Dios, de la misma Luz, que brilla en Ella que supo aceptar y entrar en el plan divino.

 

En el contexto del mundo actual y de la cultura que nos circunda, puede resultarnos difícil de lograr; pero no imposible de realizar el esfuerzo de aproximarnos a la comprensión de la potencia del Amor de Dios. El que separa lo que es de Dios de lo que no le pertenece. "Es fuerte el amor como la muerte y son como el sepulcro duros los celos. Son sus dardos saetas encendidas", dice el Cantar de los Cantares ( 8, 6). Y Jesús en el Evangelio anuncia: "No crean que he venido a traer paz sobre la tierra. No vine a traer la paz; sino la espada. He venido a oponer el hombre a su padre, la hija a su madre y la nuera a su suegra, y así, los de su misma familia serán sus enemigos." (Mt 10, 34-36) 

 

El Amor de Dios propone exigencias. Reclama seguimiento y obediencia. Los santos lo experimentaron. Es el caso de Santa Teresa de Jesús que escribe que cuando salió de la casa de su padre experimentó una pena tan grande que no la experimentaría igual ni en el momento de su muerte. "Me parecía -dice- que cada hueso se me separase del resto, cada hueso se me apartaba por sí." (Autobiografía IV, 1).

 

Para aproximarnos a la comprensión de estas profundas experiencias de vida hay que tomar distancia de los criterios mundanos. De su frivolidad e inconsistencia. Ponerse a la escucha de Dios. Y ponernos en sintonía con el significado de la Inmaculada Concepción de María que la liturgia celebra.   

 

María no fue salvada; sino preservada del pecado. No es como un árbol torcido al que hubo que enderezar. Sino que Ella es como una planta siempre recta. Todos nosotros venimos de un tronco enfermo, infectado, que junto con la vida física nos transmitió el pecado. Y así sucederá toda vez que se transmita la vida de generación en generación. 

 

Con la Inmaculada Concepción de María Dios nos muestra que no ha recurrido a un viejo y carcomido tronco tratando de arreglarlo un poco para seguir andando hasta donde se pueda. Sino que ha dado nacimiento a una generación totalmente nueva. Porque como dice una parábola evangélica,"nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar otro viejo; porque arruinaría el vestido nuevo, y el pedazo sacado a éste no quedaría bien en el vestido viejo. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos. De lo contrario, el vino nuevo hará reventar los odres, el vino se derramará y los odres ya no servirán más, sino que el vino nuevo se echa en odres nuevos." (Lc 5, 36-38) .

 

Con el cántico de la Comunión de la Misa de ese día los invito a celebrar con gozo la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María: "Cosas maravillosas se dicen de ti, María; porque el Señor te ha colmado de privilegios." 

 

Referencias:

CIC: Catecismo de la Iglesia Católica.

LG: Concilio Vaticano II. Const. Pastoral Lumen Gentium.

 

Es propio de los seres humanos la tendencia a sobresalir. A mostrar su preeminencia. La virtud de la humildad reside en que cada uno se tenga por lo que realmente es. Esto no contradice la virtud de la magnanimidad, sino que se complementan. Y toman distancia de la soberbia y la pusilanimidad.

 

Desde el inicio de su vida María recorre un camino de gracia, que culminará con la más alta santidad a la que puede llegar una criatura humana. La que para la Iglesia, para las personas con fe, tiene un gran poder de intercesión. No obstante el cual sigue siendo una criatura.

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