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Crédito: Mauricio Garín

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Verdades que indignan

 

AMALIA

 

"Quiero hacer referencia a un periodista de Bs. As., que hace mucho que lo miro, que le dicen Gonzalito. Es increíble la forma en que está escrachando y diciendo la verdad de un viejo diputado de aquí de Santa Fe. Ese diputado hace añares que circula en la política santafesina, quiere decir que toda la vida vivió de la plata del Estado. Al escuchar a Gonzalito hablando sobre ese político santafesino, sentí tanta indignación; porque hay tanta gente que la ha pasado muy humildemente en su mesa de fin de año, que seguramente no han podido comprar un juguete de Navidad, que es cuando los chicos reciben ansiosos sus regalos, y este año fue terrible lo que cobraban un juguete, sin control de nada, carísimo todo. A la gente le quedó muy poca plata para fin de año, entonces llevó a su mesa lo que pudo, lo más barato que se podía comer. Y así la pasamos los santafesinos, entre el calor, la pandemia, los precios por las nubes. Y veo en televisión este escrache a ese diputado que se fue de viaje, no estuvo en los calores de esta cuidad peleando por los santafesinos, como debieran hacer los legisladores. Él se fue a una isla paradisíaca, al otro lado del mundo, donde se manejan con euros, dólares, gastando fortunas. Está muy bien que muestren esto. Pero el tema es que después a la gente la compra con cualquier cosa. Reciben dádivas y entonces lo votan de nuevo. Un hombre que siempre ha sido votado, votado, votado... Por eso quiero felicitar a ese periodista porteño, que saca a la luz sobre esta mafia corrupta que hay en Santa Fe. Son ladrones de guantes blancos que hay en la Legislatura. Hay gente que hace años que está en el poder, que han vivido de la política, pero por lo menos que no alardeen como hace este, que viaja en avión en primera y vive en la opulencia. Es doloroso, pero es verdad. Mientras uno se sienta a tomar unos simples mates, se entera de lo que hacen estos ladrones del Estado. Solo resta pedirle a Dios que haga su justicia".

 

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Llegan CARTAs

 

Historias para contar y escuchar

 

LUCIANA SOLÍS

 

Quiero compartirles un texto de Stefan Zweig (Hombre, libros y ciudades):

 

No he visto en Rusia nada más grandioso e impresionante que la tumba de Tolstoi. Ese augusto monumento, venerable centro de peregrinación de las generaciones futuras, queda desplazado y solo, sombreado en el bosque. Un sendero estrecho, que discurre sin aparente plan entre claros y maleza, conduce a este túmulo, que no es otra cosa que un pequeño rectángulo amontonado de tierra, que nadie vigila ni ampara, a la sombra única de unos pocos grandes árboles. Y esos árboles descollantes, mecidos suavemente por el viento del temprano otoño, fueron plantados por el mismo León Tolstoi, según me refiere su nieta.

 

Su hermano Nicolás y él habían oído, cuando niños, de boca de alguna ama o aldeana, la antigua conseja de que allí donde se plantan árboles se constituye un lugar de felicidad. Y por eso, jugando, habían hincado por las buenas en la tierra unos cuantos renuevos en determinados lugares y no habían tardado en olvidar este juego de niños. Solo al cabo de mucho tiempo se acordó Tolstoi de aquella anécdota infantil y del extraño augurio de felicidad, que se presentó de repente al hombre fatigado de la vida como provisto de un significado nuevo y más bello. E inmediatamente expresó su deseo de ser enterrado bajo aquellos árboles plantados por él mismo.

 

Se cumplió puntualmente esta voluntad de Tolstoi, y aquel lugar pasó a ser la tumba más bella, impresionante y triunfal del mundo. Un pequeño túmulo rectangular en medio del bosque, recubierto de flores –nulla crux, nulla corona–, sin cruz, ni lápida, ni inscripción y ni siquiera el nombre: "Tolstoi". El gran hombre está enterrado en el anonimato; el que sufría como ninguno bajo el peso de su nombre y fama, enterrado como cualquier vagabundo hallado por casualidad.

 

A nadie se impide el acceso a su último lugar de descanso; la débil cerca que lo rodea no está cerrada: nada protege el descanso de León Tolstoi sino el respeto de los hombres, que, en otros casos, se complacen en turbar con su curiosidad las tumbas de los grandes. Pero aquí justamente la irrefutable sencillez proscribe la desatada curiosidad e impone hablar en voz baja. El viento susurra en los árboles que cobijan la tumba del anónimo; el sol juguetea sobre ella; la nieve pone en invierno su tierna nota de blancor sobre la tierra oscura, y se podría transitar por aquí, verano e invierno, sin advertir que ese pequeño rectángulo prominente acogió en su seno la parte terrena de uno de los hombres más poderosos de nuestro mundo.

 

Más precisamente ese anonimato conmueve más que todos los mármoles y pompas posibles: de los centenares de personas de hoy, este día excepcional, ha atraído hacia su rincón de descanso, ninguno ha tenido el atrevimiento de tomar como recuerdo ni una sola flor del oscuro túmulo. Nada de este mundo resulta más monumental –eso se experimenta de continuo– que la suprema sencillez.

 

Ni la cripta de Napoleón bajo los mármoles de los Inválidos, ni el sepulcro de Goethe en la tumba principesca de Weimar, ni el sarcófago de Shakespeare en la abadía de Westminster impresionan a su vista una y otra vez las fibras más humanas del hombre como esa conmovedora tumba anónima perdida en el bosque, con su solemne silencio, en la que solo susurra el viento y que está desprovista de todo aviso y palabra.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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