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Jueves 14.03.2013 - Última actualización - 17:24
16:58

Un argentino en la Silla de San Pedro

Aquel maestrillo


Jorge Bergoglio en 1964, cuando llegó al Colegio de la Inmaculada Concepción. Crédito: Archivo El LitoralJorge Bergoglio en 1964, cuando llegó al Colegio de la Inmaculada Concepción.
Crédito: Archivo El Litoral

Jorge Bergoglio en 1964, cuando llegó al Colegio de la Inmaculada Concepción. Crédito: Archivo El Litoral



Un argentino en la Silla de San Pedro Aquel maestrillo Por Gustavo J. Vittori
Por Gustavo J. Vittori

Lo recuerdo muy delgado, ojeroso y con una extrema palidez que la sotana negra resaltaba por contraste. Corría 1964, y por entonces Jorge Mario Bergoglio tenía 28 años. Su voz era suave y se correspondía con un aspecto físico que expresaba un estado de debilidad.

Nuestra promoción, egresada del Colegio de la Inmaculada Concepción en 1966, pronto supo que al nuevo maestrillo que nos daba Literatura (con muchos ingredientes de historia del arte) le habían extirpado un pulmón, hecho que explicaba su apariencia enfermiza. Sin embargo, sus ojos eran potentes y reflejaban un brillo vital.

Pese a que aún sufría los efectos de la pérdida del pulmón, el joven cura tenía una personalidad fuerte y una voluntad a prueba de adolescentes. En particular la mía, que tardaba en evolucionar hacia la madurez y reincidía en provocaciones que una y otra vez eran castigadas sin levantar la voz por el maestrillo convaleciente. Bajas calificaciones en la asignatura y en conducta, así como frecuentes expulsiones del aula, me hicieron entender de manera práctica e incluso dolorosa la causalidad que ata a las acciones con las consecuencias. Aun debilitado, Bergoglio me puso límites que contribuyeron a mi formación tanto como sus clases, aunque a esos aportes los habría de valorar con el tiempo, cuando de aquella semilla implantada en tercer año germinara -mucho después- un apasionado interés por la historia, la literatura y las artes visuales.

Tuve oportunidad de decírselo en un cálido reencuentro producido en 2006, cuando el cardenal respondió con afecto a una invitación que le cursara como presidente de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) para que hablara en el marco de la Junta de Directores de ese año. Nos visitó, pese a que era reacio a ese tipo de encuentros institucionales, y nos transmitió sus conceptos sobre comunicación social. Con inteligencia y firmeza, sin concesiones de cortesía, dijo lo que pensaba. Lo hizo con voz tranquila y cadencia de buen comunicador, notas que ya estaban presentes en aquel maestrillo de los ’60. Hoy ese testimonio próximo en el tiempo adquiere la importancia singular de revelarnos el pensamiento del flamante Papa sobre el tema de la comunicación, crucial en estos días. Por eso reproducimos en esta edición tramos relevantes de aquella reflexión.

En lo personal, hace años que sigo con atención las palabras de Bergoglio porque tienen capacidad transformadora. Hace rato que hizo su opción por los pobres, tendencia que enfatiza con la elección del nombre papal, identidad que comporta un mensaje de compromiso y revela una apertura que trasciende los círculos -un jesuita toma el nombre de il poverello d’Assisi, fundador de la orden mendicante de San Francisco. Su elección tiene la fuerza simbólica de un empeño renovador desde el momento que abre el círculo de hierro de la Curia romana, entroniza por vez primera a un hijo de América Latina -subcontinente de enormes proyecciones en el siglo XXI- y consagra como conductor de la Iglesia a un integrante de la orden jesuítica que, fundada por Ignacio de Loyola, fue la pieza clave de la contrarreforma del siglo XVI, momento histórico de renovación y depuración eclesial, y ampliación de la geografía de la evangelización.

La carga simbólica de la decisión del cónclave cardenalicio que sienta en la silla de Pedro a Francisco es, sin duda, muy alta. Y la determinación de aquel maestrillo que se convirtió en pontífice, también. Hombre de profunda espiritualidad, humanista convencido, ecumenista, cultor del diálogo y promotor de la tolerancia, el nuevo Papa es un hijo dilecto del Concilio Vaticano II. Recuerdo que abrazó rápidamente las reformas que como aire fresco llegaban de Roma y cambiaban doctrinas, modificaban el sistema pedagógico y renovaban la liturgia. Su paso por Santa Fe concluyó en 1965, cuando también finalizaba el Concilio que constituyó la última gran ola de renovación de la Iglesia.

Como se ve, los antecedentes suman en una dirección clara. El tiempo dirá si los símbolos y el mensaje implícito se traducen en las transformaciones que la figura del elegido promete y que la Iglesia necesita, para revalidar sus fundamentos y ahondar su misión en la sociedad contemporánea.





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