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Martes 01.10.2013
21:17

La vuelta al mundo

La guerrilla en Paraguay: de Stroessner a Cartes




La vuelta al mundo La guerrilla en Paraguay: de Stroessner a Cartes Por Rogelio Alaniz

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Alfredo Stroessner logró desbaratar con cruel y demoledora eficacia a las diferentes guerrillas y sus éxitos políticos con la llamada oposición burguesa fueron también resonantes. foto: archivo el litoral

 

Rogelio Alaniz

Según se mire, el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) -la organización guerrillera marxista leninista que actúa en dos departamentos del norte de Paraguay- puede ser considerada como un asombroso anacronismo o una abierta provocación. Por lo pronto, los intereses de los llamados narco-ganaderos y narco-sojeros, que operan en la región no parecen haberse sentido afectados por una guerrilla que, según las informaciones más optimistas, dispone de alrededor de sesenta o setenta militantes a tiempo completo.

Para los denominados sectores progresistas de la política paraguaya, la existencia del EPP es una de las peores noticias que han podido recibir en un país en donde en los últimos sesenta años las malas noticias han sido las habituales. En principio, la confirmación de la existencia de un foco guerrillero al único actor que movilizó fue al ejército.

El presidente Cartes, por su parte, consideró que un Estado de derecho no puede convivir con una fuerza armada y sin vacilaciones ordenó al ejército que no repare en medios para exterminar a los disidentes, una decisión que muchos aplaudieron sin que les importase demasiado que sacar a los militares de los cuarteles violenta las leyes redactadas en los últimos años.

Más allá de los recelos del progresismo acerca de una guerrilla que para muchos de ellos es un “invento” de los gobiernos de derecha para disponer de carta blanca en materia represiva, lo cierto es que el EPP existe y así parece confirmarlo periódicamente la guerrillera Carmen Villalba, detenida junto a su marido, Alcides Oviedo, desde hace unos cuantos años. Villalba se ha transformado en una suerte de vocera oficial de la guerrilla y según sus declaraciones, el EPP es una fracción de ese otro partido de izquierda que respondía al nombre de Partido Patria Libre, una organización de izquierda que en 2003 resolvió presentarse a elecciones propiciando la candidatura de Tomás Zayas, un reconocido dirigente campesino y uno de los críticos más duros de los terratenientes sojeros, muchos de ellos argentinos y brasileños decididos a beneficiarse con las laxas leyes paraguayas en la materia.

El EPP como tal se constituye en 2008 y a la vocación marxista leninista, le suman su adhesión a los próceres del siglo XIX: Gaspar Rodríguez de Francia, Antonio López y Francisco Solano López, una identidad histórica que seguramente hubiera emocionado hasta las lágrimas a ese íntimo amigo de Stroessner que fue el historiador argentino José María Rosa.

A los dirigentes del EPP se les atribuye haber asesinado al terrateniente Luis Lindstrom y se supone que algunos de ellos fueron responsables del secuestro y muerte de Cecilia Cubas, hija del presidente Raúl Cubas, y del secuestro de María Bordón de Bernardi, esposa de uno de los magnates de Paraguay.

Precisamente, el secuestro extorsivo y algunas operaciones de muy baja intensidad contra policías en bicicleta, parecen ser los exclusivos operativos de una guerrilla cuya fama proviene más que de su operatividad real, de su novedoso anacronismo y de su capacidad para irritar a los militares y a la extrema derecha.

La guerrilla no es una noticia en Paraguay, por el contrario, es algo previsible en un país donde el noventa y ocho por ciento de la tierra es controlada por el tres por ciento de la población, con un “exilio” de más de un millón de personas y con escandalosos niveles de pobreza, incluso para países que no deberían sorprenderse demasiado por esa noticia.

El general Stroessner gobernó con mano de hierro durante casi cuarenta años y si bien sus sucesores colorados no han tenido contemplaciones para condenarlo al más amargo de los destierros, en lo fundamental su modalidad de gobierno y su manera de concebir los privilegios del poder, siguen siendo tributarios de la cultura stronista, como lo siguen siendo ciertas decisiones estatales orientadas a favorecer a los mismos que en su momento se enriquecieron adulando al dictador.

Nadie se sostiene cuatro décadas en el poder sin contar con algunas condiciones políticas y ciertas habilidades para hacerse obedecer. Los opositores que en su momento supusieron que Stroessner era un tosco militar incapaz de pensar estrategias políticas de mediano y largo alcance, comprobaron a través de un tortuoso itinerario de fracasos, derrotas y desengaños, que estaban equivocados.

Los movimientos guerrilleros que a fines de la década del cincuenta y en los inicios de los sesenta intentaron constituirse como alternativa de poder fueron desbaratados uno a uno sin misericordia. Febreristas, liberales y comunistas organizaron en aquellos años expediciones armadas apoyados en más de un caso por políticos argentinos que entonces suponían que la nobleza de la causa contra Stroessner era similar a la que ellos habían propiciado pocos antes contra Perón.

Las diferentes siglas que desembarcaron en Paraguay, invocando la lucha contra el tirano en nombre de la libertad, corrieron las peores de las suertes. La cárcel fue el destino más benigno para unos pocos, porque la mayoría fue aniquilada en los enfrentamientos armados y en las prolongadas sesiones de torturas. Muchos meses después de aquellos operativos “civilizatorios” del ejército stronista, los diarios de Buenos Aires continuaban publicando noticias sobre cadáveres que aparecían flotando en los ríos Paraná, Pilcomayo y Bermejo.

Los principales dirigentes de los movimientos guerrilleros reprocharon durante mucho tiempo la supuesta defección de políticos argentinos que se comprometieron a respaldarlos con recursos materiales y humanos, pero en algún momento se desentendieron de sus promesas, una decisión que, según se supo después, se produjo al tomar conocimiento de que los principales jefes de la guerrilla eran comunistas y no discípulos aventajados de la Revolución Libertadora de 1955.

Si Stroessner logró desbaratar con cruel y demoledora eficacia a las diferentes guerrillas, sus éxitos políticos con la llamada oposición burguesa fueron también resonantes. La primera batalla el dictador la ganó en el interior del Partido Colorado, cuyas estructuras le fueron leales más allá de algunas deserciones que nunca pusieron en tela de juicio su liderazgo. Con los opositores febreristas, liberales y democristianos practicó las lecciones del palo y la zanahoria, es decir la represión cuando se ponían insolentes y la cooptación a los más dispuestos a gozar de los beneficios de poder.

Excede las posibilidades de esta nota indagar sobre las causas que produjeron la caída de Stoesssner, pero a título de enunciado general podría decirse que la caída del dictador se dio cuando sus posibilidades personales estaban agotadas y la única salida que se abría para el régimen era una suerte de stronismo sin Stroessner, experimento liderado en un primer momento por su consuegro y luego por esa singular estirpe de políticos-empresarios que forjaron sus fortunas bajo la sombra del dictador.

De Rodríguez a Cartes, hay una continuidad en el ejercicio del poder, donde la única excepción fue el obispo Fernando Lugo, cuya frustrante gestión no hizo otra cosa que alentar el retorno de los colorados a través de un típico empresario forjado en las condiciones históricas auspiciadas por Stroessner.

Cartes se propone modernizar a Paraguay con capitales extranjeros y técnicos contratados en el exterior. A menos de dos meses de asumir la presidencia ya cuenta con la oposición de los dinosaurios del coloradismo, para quienes ninguna reforma justifica la pérdida de sus tradicionales beneficios en el Estado. A la resistencia cada vez más persistente de los punteros, se suma ahora la presencia de una guerrilla que parece más una caricatura salida de alguna fantasía tropical que una alternativa de poder como la que intentaron forjar sin suerte hace cinco décadas los jefes guerrilleros que entregaron sus vidas por una causa que parecía ser mucho más noble que la que ahora reivindican sus famélicos seguidores.

La guerrilla no es una noticia en Paraguay, por el contrario es algo previsible en un país donde el noventa y ocho por ciento de la tierra es controlada por el tres por ciento de la población, con un “exilio” de más de un millón de personas y con escandalosos niveles de pobreza.

De Rodríguez a Cartes, hay una continuidad en el ejercicio del poder, donde la única excepción fue el obispo Fernando Lugo, cuya frustrante gestión no hizo otra cosa que alentar el retorno de los colorados.


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