Edición del Martes 02 de octubre de 2001

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Edición impresa - Persona y Sociedad

Persona y Sociedad: PER-01

Todo sobre mi padre

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Don Ludovico Paganini (1883-1957) tenía sus raíces en Italia, pero se convirtió en santafesino por elección.


Fue por un raro encantamiento del paisaje costero, las calles santafesinas y sus habitantes, sobre su sensibilidad de artista, y aquí dejó su huella expresiva.

"Había nacido en 1883 en Pozzolo, cerca de Mantua, al norte de Italia, y llegó con su madre siendo muy chico. Siempre le había gustado expresarse a través del trazo y el color. En parte estudió y en parte fue autodidacta". Así el Dr. Mario Paganini va desgranando los recuerdos sobre su padre, posibilitándonos un acercamiento al entorno del artista.

Aquí estudió en las academias de los pintores del momento y para subsistir puso una empresa de pinturas de casas y un negocio de pinturería.

En 1928 se casó y se fue a Italia "en una luna de miel que duró dos años. Se quedaron en Génova, alquilaron una casa, mi hermano nació allá. Recorrió los talleres de los artistas de ese tiempo, los museos, las galerías de arte, estudió con destacados maestros, y adhirió al Impresionismo ".

"A su regreso al país -dice Antonio Colón- trae apuntes y pequeños cuadros que acusan fineza de color, revelando un temperamento pictórico que, años más tarde, afirma su personalidad transformándose en el pintor de mayor trascendencia en el Litoral santafesino".

Trajo como novedad la pintura con espátula, que aquí no se usaba. "Algunos le decían que eso no era pintar, que era acumular un montón de pinturas. Él sostenía que eso era propio del Impresionismo, era una técnica rápida y lograba lo que él quería. Recuerdo que una vez iba a Rincón con mi tío Ambrosio, que siempre lo acompañaba, sobre todo para manejar el auto, porque papá tenía coche pero no sabía manejar. Al pasar por el puente Colgante Ambrosio ve un velero en la laguna y le dice `Ludovico, mirá que lindo, ¿te animás a pintarlo?. Se detuvieron, puso el caballete, hizo dos espatulazos y prácticamente estaba el velero en la tela. Pero también usó mucho los pinceles."

ÛSus temas son los suburbios de la ciudad, también las flores, pero sobre todo el agua: el río, el puerto, el paisaje costero, los animales, la laguna, la inundación, la isla... Y en todos ellos el color transformado por la luz y las sombras."En San Jerónimo, entre Tucumán y La Rioja, estaba el negocio de pinturería. Con eso vivíamos bien, decorosamente, y él, además, pintaba. Un día compró una quinta en Rincón, fue el primero en ir allá; después llegaron Pucinelli (su casa estaba al lado de la nuestra), de los Santos, Matías Molinas. Nos llevaba los tres meses de vacaciones a Rincón y él viajaba todos los días a Santa Fe (cosa que no era tan sencilla como hoy) para atender el negocio. Se hicieron muy amigos con Pucinelli, su primera muestra la hizo con papá, que ya exponía hacía tiempo."También, dicen los comentaristas, fue el primero en llevar a la tela el paisaje y la gente de Rincón, y enseñó dibujo, pintura, y algo de artesanía en la primera Escuela de Dibujo que había fundado en 1823 el legendario Fray Francisco de Paula Castañeda en el pueblo que hoy recuerda al maestro Paganini en el nombre de una de su calles."Dividía la vida entre el negocio y la pintura. Fue el primero en hacer vidrios pintados. Empleaba dos formas de hacer este trabajo: una era marcando dibujos exactos previamente, con todas las de la ley. Pero también llevaba el vidrio al fondo del negocio, un operario lo sostenía de cada extremo, y papá tiraba las diferentes pinturas y les indicaba `mové para acá, para allá' según el efecto que quisiera lograr. Hizo los del viejo cine Moderno (hoy Centro Cultural Provincial). Cuando más tarde yo iba al cine, me quedaba un rato mirando la luz que pasaba por esos vidrios que había hecho mi padre". ÛUn día -los hijos ya estaban en el colegio secundario- don Ludovico cerró el negocio, se instaló en Rincón y se dedicó enteramente a pintar.Ya desde antes vendía bien sus obras, de manera que pudo vivir de su vocación, el sueño de muchos y que pocos pueden concretar. Mucho tiempo antes, por ejemplo, había hecho dos exposiciones en Buenos Aires en la galería Müller. Al segundo día de llegar tenía todo vendido. En los últimos diez años de su vida vivió de la pintura, y pintó hasta el final de sus días.Pero también por entonces existía un interés de la gente dedicada al arte en general por reunirse, discutir, cambiar impresiones, comentar trabajos, generando un enriquecimiento mutuo. "En ese tiempo, en casa se reunían pintores, poetas, escritores, y se armaba cada discusión... Yo ya trabajaba de mañana y estudiaba Derecho de noche, así que los escuchaba. Uno de los temas frecuentes era si el cuadro podía ser una mercancía o no; algunos opinaban que si se vendían las obras de arte se convertían en mercancía. Otros sostenían que no era una mercancía cualquiera, que el artista no podía producir obras como si fueran latas. Papá vendía, pero no producía en serie para vender, que es otra cosa. Cada cuadro tenía su identidad, su vida propia".Ese clima impregnaba el hogar de los Paganini. "Si yo entro a una casa y no veo cuadros me parece que falta algo. En mi casa había dos o tres hileras de obras colgadas. Sí, es verdad que entre mi hermano y yo tendremos unas 30 obras de mi padre. Me han preguntado si quería vender algunas, pero no queremos, es algo que ya no se producirá mas, es irrecuperable".El ambiente formó a los hijos en la sensibilidad para apreciar las artes, las creaciones de distinto tipo. "Mi mayor acercamiento al arte -aclara Mario Paganini- es por el lado de la música. Algunos colegas me dicen `vos poetizás el Derecho'. Pero mi padre era diferente. Tenía talento natural. Uno no sabe por qué un artista hizo tal frase o dio tal pincelada. Porque la técnica se aprende, pero tiene que haber otra cosa, tiene que significar algo para el que lo ve. La creación debe dejar al espectador cierta apertura para que él también, en una ida y vuelta, ponga algo en la creación. Cuando la obra está terminada es de otros".




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