Opinión: OPIN-02

Entre la guerra justa y la guerra santa

Por Rogelio Alaniz


De la guerra se puede saber cuándo empieza, pero no cuándo termina. Su estilo preferido es el final abierto y mucho más en este caso, en donde no hay un enemigo militar en el sentido convencional de la palabra. Por lo pronto, Bush sabe muy bien que las acciones militares contra Afganistán están muy lejos de ser un paseo.

Conscientes de los riesgos, sus jefes militares se tomaron casi un mes de tiempo para iniciar las acciones bélicas. Durante tres semanas se distribuyeron las fuerzas en la zona, se estudió el terreno, se realizaron las previsibles presiones diplomáticas a los dirigentes políticos musulmanes y finalmente se dio la orden de ataque.

La prudencia con que se manejó la respuesta a los atentados terroristas contra el World Trade Center demuestra que las decisiones en Estados Unidos no se toman a tontas y locas, sino que son el producto de una evaluación racional en donde no hay casi lugar para los caprichos personales.

Para los que esperaban una respuesta guiada por la histeria y el sentimiento de venganza, la realidad les demuestra que el Imperio es más cauto de lo que sus enemigos imaginan. Ni salió al mundo como un lobo sediento de venganza, ni actuó al margen de alianzas y tratados internacionales. Tampoco cayó en la trampa de la guerra religiosa. Por el contrario, respetó a los organismos internacionales, se preocupó por ampliar su consenso y hasta tuvo el tino de distinguir entre terrorismo e Islam.

Queda claro que la guerra contra el integrismo musulmán recién se inicia. La lucha no tiene como objetivo exclusivo concluir con el régimen Talibán, pero un punto de inflexión en esta lucha será desalojar del poder a esta secta de fanáticos de extrema derecha.

En efecto, derrotar a los talibanes significaría terminar con una dictadura delirante y medieval y desmantelar a la organización criminal de Ben Laden implicaría poner punto final a una de las bandas más temibles y mejor organizadas del integrismo. En todos los casos el golpe sería muy duro y disuadiría a más de un musulmán de la tentación de transformarse en mensajero de Alá.

El escrúpulo respecto de la inocencia de los talibanes se ha desvanecido. Ahora se sabe que no sólo lo protegen a Ben Laden, sino que Ben Laden es en realidad la principal figura política del régimen. Sus reclamos de pruebas para juzgarlo no han sido más que maniobras retardatarias, chicanas leguleyas tendientes a ganar tiempo y a jugar con el sentimiento de culpa de algunos dirigentes de Occidente.

El enemigo ya no es tan difuso. Estados Unidos ahora tiene un territorio y un gobierno contra quien declarar la guerra. Se sabe que esta lucha no terminará con la caída del régimen Talibán y la detención o muerte de Ben Laden, pero también se sabe que si se logran esos objetivos se le habrá infligido una dura derrota al terrorismo.

No me animaría a decir que estamos ante la cuarta guerra mundial, aunque hay datos importantes a favor de esta hipótesis. Por ahora el combate está localizado en un territorio, pero atendiendo a los valores que pone en juego y a la capacidad militar que han desplegado los terroristas, queda claro que el conflicto se va a internacionalizar.

Esta cuarta guerra mundial es probable que recurra a los métodos de la tercera, es decir, el espionaje y las técnicas de desestabilización, pero los norteamericanos extrañarán a ese enemigo lógico, previsible y negociador que se llamaba la Unión Soviética. Dos instituciones se van a reflotar en esta coyuntura: la CIA y las novelas de espionaje, ambas muy de capa caída después del derrumbe del comunismo.

Estados Unidos deberá lidiar con un enemigo ideológicamente compacto y territorialmente difuso; un enemigo repartido por todo el mundo, aferrado a una religión medieval pero capaz de valerse de los recursos más avanzados de la tecnología moderna. Un enemigo que dispone de una tropa integrada no por soldados, sino por mártires más interesados por disfrutar de los beneficios de Alá en el Paraíso que en soportar los rigores de un mundo dominado por herejes e infieles.

Por lo pronto, Ben Laden ha dicho que los norteamericanos nunca más se sentirán seguros. Que estas declaraciones hayan sido conocidas por el mundo casi en el mismo momento en que se iniciaban los ataques contra Afganistán, demuestra que se está ante un enemigo poderoso, atrevido y decidido a dar la pelea estableciendo sus propias reglas de juego.

Con esa movida, el millonario saudita no sólo que hizo su primera aparición pública, sino que retomó la ofensiva. No olvidar que la diferencia entre Estados Unidos y los terroristas es que mientras unos deben responder por la seguridad de su propia población civil, los otros sólo responden ante Alá.

El fundamentalismo no va a librar esta guerra en términos convencionales. Hoy el campo de batalla es Afganistán, pero en el futuro inmediato el campo de batalla será el mundo. Allí las ventajas pueden estar repartidas, ya que al poderío militar y tecnológico de Occidente se contrapone el acto terrorista preparado en la clandestinidad y, en muchos casos, dirigido contra la población civil o blancos económicos.

Quienes critican desde la buena fe la iniciativa ordenada por Bush, insisten en la injusticia de atacar la población civil y en los riesgos de repetir la experiencia de Vietnam. Suponen que la solución militar le hace el juego a la provocación terrorista y, además, corre el riesgo de transformar a un fanático en un héroe de las masas musulmanas.

Todas estas consideraciones fueron tenidas en cuenta. Los bombarderos están dirigidos a objetivos militares y no está previsto, por el momento, un ataque por tierra. Nadie ignora los riesgos, pero después de lo ocurrido el 11 de setiembre, lo más peligroso para Occidente es no hacer nada o creer que al terrorismo se lo puede derrotar con predicadores.

Entre la paz y la guerra prefiero siempre la paz, pero cuando la alternativa es elegir entre la guerra santa y la guerra justa no tengo dudas: estoy con la justicia. Ocurre que entre el delirio medieval y la modernidad me quedo con la modernidad, no porque sea perfecta y justa, sino porque siempre ha dejado abierta la posibilidad de superarla por el camino de más libertad y más justicia.