Opinión: OPIN-03

A 20 años de la Guerra de Malvinas

Por Cnl. (R) Santiago Sánchez Sorondo


El 2 de abril de 1982, una imponente, espontánea y vibrante concentración popular rebasó la Plaza de Mayo. La multitud, sin que nadie -ninguna autoridad- la convocara, había acudido a ese foro de la patria, al enterarse de que en las últimas horas del día anterior tropas argentinas habían desembarcado victoriosamente en la isla Soledad y capturado las Georgias y las Sandwich del Sur. Fue una explosión incontenible de entusiasmo ante lo que parecía un sueño, un sueño que se había hecho realidad. Desde niños, en el hogar y en la escuela, nos inculcaron que las Malvinas eran nuestras, eran argentinas. Teníamos esa persuasión, esa certidumbre alojada en nuestra conciencia colectiva. Y atrapados por la nostalgia -como un acto de fe- creíamos, sin saber cómo ni cuándo, que llegaríamos a poseerlas. Entre tanto, nos asociábamos con el mar y las estrellas, y las sentíamos próximas y lejanas como el futuro.

Así, el 2 de abril de 1982 fue un reventón de júbilo, una fiesta inolvidable. Nada de lo que sucedería después -la retirada, la derrota- pudo borrar el recuerdo puro de ese día en que nos rozó el aletazo de la gloria. Para traducir con la elocuencia de los símbolos la emoción del alma colectiva en un solo instante, como por arte de magia, en todos los balcones de todos los barrios y de la ciudad apareció nuestra enseña, límpida, generosa. Y así embanderada, por mandato del unánime plebiscito, "La gran capital del sur" se mostró conmovida, colmada de entusiasmo. Después de un largo siglo de hábitos pacifistas, nuestra patria, nuestro pueblo, se vio atrapada, envuelta en una contienda, enfrentada al antiguo imperio, repentinamente convertido en enemigo. Quizá la mayoría de los argentinos -ante lo insólito de tal circunstancia y la celeridad del desenlace- no acabó de comprender que estábamos en guerra ni tomó plena conciencia de lo que la guerra implicaba.

La derrota


Entre el 2 y el 6 de abril, el Ejército y la Armada llevaron a cabo en forma coordinada la "Operación Rosario", que se desarrolló sincronizadamente y de manera impecable: se hizo pie en las islas sin derramar una sola gota de sangre británica.

Luego de ello, sin organizar racionalmente la defensa, mientras se acercaba la flota inglesa, no sólo falló la coordinación entre las fuerzas, sino que éstas se ignoraron entre sí con increíble autonomía.

Nada se previó y poco se hizo. Así y todo, a pesar de la vacancia del mando y del consiguiente desconcierto, el coraje de nuestros soldados se acreditaría con la reiteración de sus proezas. En tal sentido, el desempeño de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea reveló la excepcional calidad de sus pilotos, cuya destreza se duplicaba por su temerario arrojo: el 5 de mayo, los aviones Súper Etendard de la Marina cargados con los misiles franceses Exocet atacaron la vanguardia de la Task Force -la fuerza de tarea británica-, que ya navegaba próxima a las islas e hicieron blanco en el moderno destructor H.M.S. Sheffield. Por su parte, los Mirage y los Skyhawk de la Fuerza Aérea hundieron a los buques Ardent, Antelope y Coventry de la flota enemiga. No obstante, los ingleses lograron desembarcar el 21 de mayo en la Bahía de San Carlos.

En otro raid de nuestra Aviación Naval, la escuadra británica perdió también al Atlantic Conveyor, cargado con pertrechos. Poco después, la aviación argentina atacó el transporte Sir Galahad y provocó un elevado número de bajas.

Las operaciones en tierra, a pesar de las resistencias en sectores decisivos, no fueron favorables a nuestras fuerzas: el ataque contra las tropas inglesas desembarcadas en San Carlos que debía respaldar la ofensiva aérea no se materializó.

Desde marzo ya navegaban hacia la zona los submarinos atómicos. Para ello contaban con el apoyo explícito de los EE.UU., que les había facilitado como base de tránsito la isla Ascensión. Así pues, nos resultó imposible retener las Malvinas. Por un lado, habíamos perdido las áreas marítimas: nuestra flota, luego del hundimiento del crucero General Belgrano, se replegó al continente para proteger a la Patagonia del eventual zarpazo de Chile como aliado de Gran Bretaña. Por otro lado, la superioridad de instrumental de guerra era aplastante, mortificaba severamente nuestra capacidad de resistencia. En tales condiciones cayeron una tras otra, la Bahía de San Carlos, el istmo Darwin, el Prado del Ganso y, finalmente, Puerto Argentino, cuyo cerco tácito se cerró el 31 de junio.

En todos estos frentes, los argentinos pelearon como pudieron y con lo que tuvieron, sin desmedro del honor militar. Paradigma de esta conducta fue el caso del teniente Estévez, quien hallándose fortificado en el Prado del Ganso recibió la orden de ejecutar un ataque hacia las colinas de Boca House. Estévez reunió a sus hombres, los arengó y a la cabeza de ellos se lanzó sobre el objetivo. Con las primeras luces, ya gravemente herido, rechazó varios ataques hasta que cayó abatido por una bala que le penetró en un ojo. Casi todos los suboficiales y soldados fueron muertos o heridos. El teniente Roberto Estévez -que fue condecorado post mortem con la máxima distinción que concede la Nación Argentina al valor en combate-, al recibir aquella orden que equivalía a una condena de muerte, le agradeció al jefe la oportunidad que le ofrecía para llevar a cabo tal misión.

Repatriar la patria


Durante la guerra murieron más de mil personas, entre argentinos y británicos, y una pléyade de héroes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. Demostraron su sacrificio aun con tropas sin la debida preparación, y sin suficiente material bélico. Por eso, ganar la guerra contra Gran Bretaña y en suma contra la OTAN constituyó, en definitiva, una misión imposible.

Podemos arriesgar que el diferendo que mantienen la Argentina y Gran Bretaña por el "Caso Malvinas" se ha visto empañado por el sello de las dudas, la presión encubierta, los intereses inocultables y los hechos consumados que, en definitiva, han servido no sólo para que Gran Bretaña afirmara su presencia en las islas; también consiguieron que se lo encuadrara como una cuestión de "negocios", mientras se oculta el tema de la soberanía bajo la sorprendente imagen del paraguas.

Precisamente, los acuerdos de Madrid de 1990 y 1991 son los que han permitido a los ingleses fortalecerse en la usurpación. Su diplomacia ha logrado todo por nada: ejerce derechos unilaterales sobre la pesca y el petróleo; ha realizado una prospección sísmica de petróleo; aprobó la venta y equipamientos de los skyhawks; extendió la jurisdicción pesquera impidiendo tal actividad en las Georgias a empresas argentinas, incrementó significativamente el poder militar en las islas, etc.

Tantas concesiones no se compadecen frecuentemente con las de generar expectativas alentadoras -ampliamente difundidas en los medios- que pronto se diluyen y generan una nueva frustración. Ello, en correspondencia con la sorprendente política de seducción que ha habido sobre los kelpers, cuando nadie ignora que la solución a nuestros reclamos dependerá esencialmente de la corona británica.

Así también, un sector de la sociedad nacional manifiesta un derrotismo que elude avergonzado el reconocimiento de un revés, que en última instancia debería servir para rearmar el espíritu del patriotismo. Faltaría, para completar la reflexión, el ámbito educativo donde tampoco se evidencia interés por mostrar que los derechos argentinos sobre las islas son inclaudicables y que todas las fuentes del poder de la Nación deben empeñarse en rescatar un territorio que en su momento fuera ocupado por la fuerza, como Gibraltar y Hong Kong.

Llegará el día en que se mostrará al mundo que la Argentina tiene un pueblo capaz de recuperarse adoptando una actitud firme y decidida. La gloria de la epopeya es patrimonio de los argentinos, que en Malvinas supieron mostrar el mismo heroísmo, sacrificio y valor de los fundadores de la nacionalidad -tal como ocurrió durante las Invasiones Inglesas y en la Vuelta de Obligado-, que forjaron nuestra patria libre y soberana. Malvinas aguarda silenciosa su prioridad eminente pero mediata.

Ahora, estrechemos filas: la prioridad será que los argentinos repatriemos a la patria fundada y ésta renazca con orden y en armonía.

Una carta


Querido papá:

Cuando recibas esta carta yo estaré rindiendo cuenta de mis acciones a Dios, Nuestro Señor. Él, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en el cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos íqué misión! ¿No es cierto?... ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las Islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía? Dios, que es un Padre generoso, ha querido que éste su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria.

Lo único que a todos quiero pedirles es: 1) Que restauren una sincera unidad en familia bajo la Cruz de Cristo, 2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza, y muy importante: 3) que recen por mí.

Papá, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre los hombres, pero que hoy debo decírtelas: gracias por tenerte como modelo de bien nacido, gracias por creer en el honor, gracias por tener tu apellido, gracias por ser argentino e hijo de sangre española, gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar.

Hasta el reencuentro, si Dios lo permite. Un fuerte abrazo. Roberto.