Edición del Jueves 23 de mayo de 2002

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Edición impresa - Cultura

Cultura: CULT-01

Sylvia Plath, una tragedia renovada

Nota y traducción de Pablo Ingberg


Si existe una raza de poetas cuyas obras, de indudable calidad, quedan con todo sujetas a lecturas impregnadas por el mito de sus propias vidas, a ella ciertamente pertenece la bella bostoniana Sylvia Plath, nacida a fines de octubre de 1932, bajo el signo del escorpión, y exitosa en su segundo intento de suicidio, cuando en febrero de 1963, a los treinta años, introdujo la cabeza en el horno de su casa de Londres, tras abrir la llave del gas. Tenía ocho años cuando su padre, biólogo alemán especialista en abejas, murió luego de que la diabetes le engangrenara una pierna que hubo de ser amputada. Tiempo después, según anotó años más tarde en su diario una Sylvia que se sentía así culpada de la muerte del padre, la madre soñaría que ella, la hija, salía con vestidos llamativos, de corista o prostituta, y el padre redivivo se iba de la casa enojado y aparecía ahogado en el mar. Precoz en el ejercicio de la poesía, alumna brillante de selectas escuelas y universidades de su Nueva Inglaterra natal, la joven incursionó becada en otra selecta universidad de la Cambridge británica, donde sus estudios de literatura inglesa la llevaron también a la lectura de tragedias griegas. Allí conoció a quien se convertiría en su esposo y padre de sus dos hijos, el futuro poeta laureado de Inglaterra Ted Hughes. Con él retornó por tres años a Estados Unidos, donde, a los veintiséis años y por consejo de su terapeuta, visitó por primera vez la tumba de su padre, y a los pocos días escribió el poema que se acompaña, que ella misma decidió no incluir en su único libro de poemas publicado en vida (también llegó a publicar una novela, que incluye otra versión ficcionalizada de ese episodio). Abrumada por el tiempo que le llevaba dar clases de literatura inglesa, volvió con su marido a Inglaterra para instalarse dos años en Devon, hasta que la disolución de la pareja la llevó a vivir sus últimos meses en Londres.

Si el trágico final de una escritora tan dotada, inteligente, cultivada y bella impregnó de mito las lecturas de su obra, donde por lo demás, bajo la máscara corrosivamente cómica del sarcasmo y la ironía, campean la desolación, la destrucción, la muerte, el suicidio, no deja de ser significativo que ella misma haya impregnado esa obra de una mitificación de diversos hechos de su vida personal, a menudo entremezclados con elementos propiamente míticos de otras épocas, como los "coturnos de una tragedia antigua" que dice tomar prestados este poema. Alude de ese modo, como en el título mismo, en la situación planteada y en algunos elementos específicos, a las diversas tragedias, y a una de ellas más en particular, que trataron el tema de Electra, versión femenina de Edipo, según algunos epígonos del psicoanálisis. Hija de Agamenón y Clitemnestra y hermana de Orestes e Ifigenia (a quien el padre sacrificó para que los dioses le otorgaran por fin vientos que hincharan las velas de sus naves y las llevaran camino a la guerra de Troya), Electra fue tomada como personaje por los tres grandes poetas trágicos de Atenas: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Los tres la hacen visitar la tumba del padre, expresar su dolor y anhelar la muerte de su conyugicida madre; pero es Esquilo, en la primera de las tres piezas que componen la Orestía, quien presenta a Clitemnestra alfombrando de rojo el último retorno de su marido a casa (antes de asesinarlo).

En las breves reseñas biográfica y mitológico-literaria que anteceden, el eventual lector encontrará varios de los trazos de esos dos orígenes que confluyen en el poema aquí traducido, cuidadosamente edificado en cinco estrofas simétricas de versos cimentados sobre el canónico pentámetro yámbico inglés. Obviamente tan someros apuntalamientos no habrán de servirle para explicar el resultado a partir de algunas fuentes concretas, puesto que unos cuantos ladrillos jamás explicarán una casa, pero acaso sí para, tal vez en ulteriores lecturas, interrogarse sobre los procedimientos humanamente misteriosos a través de los cuales esos ladrillos pudieron cuajar en una construcción poética tanto más perdurable que la breve vida de su malograda arquitecta.

Electra on Azalea Path

Por Silvia Plath


The day you died I went into the dirt,

Into the lightless hibernaculum

Where bees, striped black and gold, sleep out the blizzard

Like hieratic stones, and the ground is hard.

It was good for twenty years, that wintering-

As if you have never existed, as if I came

God-fathered into the world from my mother's belly:

Her wide bed wore the stain of divinity.

I had nothing to do with guilt or anything

When I wormed back under my mother's heart.

Small as a doll in my dress of innocence

I lay-dreaming your epic, image by image.

Nobody died or withered on that stage.

Everything took place in a durable whiteness.

The day I woke, I woke in Churchyard Hill.

I found your name, I found your bones and all

Enlisted in a cramped necropolis,

Your speckled stone askew by an iron fence.

In this charity ward, this poorhouse, where the dead

Crowd foot to foot, head to head, no flower

Breaks the soil. This is Azalea Path.

A field of burdock opens to the south.

Six feet of yellow graver cover you.

The artificial red sage does not stir

In the basket of plastic evergreens they put

At the headstone next to yours, not does it rot,

Although the rains dissolve a bloody dye:

The ersatz petals drip, and they drip red.

Another kind of redness bothers me:

The day your slack sail drank my sister's breath

The flat sea purpled like that evil cloth

My mother unrolled at your last homecoming.

I borrow the stilts of an old tragedy.

The truth is, one late October, at my birth-cry

A scorpion stung its head, an ill-starred thing:

My mother dreamed you face down in the sea.

The stony actors poise and pause for breath.

I brought my love to bear, and then you died.

It was a gangrene ate you to the bone

My mother said; you died like any man.

How shall I age into that state of mind?

I am the ghost of an infamous suicide,

My own blue razor rusting in my throat.

O pardon the one who knocks for pardon at

Your gate, father -your hound bitch, daughter, friend.

It was my love that did us both to death.

Electra en el Sendero de Azaleas


El día de tu muerte fui a meterme en el barro,

En el invernadero sin luz, en donde abejas

A rayas negro y oro se refugian del viento

Como piedras hieráticas, y donde el suelo es duro.

Fue bueno por veinte años, aquellos invernares...

Como si nunca hubieras existido, como si yo viniera

Con Dios por padre al mundo desde el vientre de mi madre:

Su amplio lecho exhibía la mácula divina.

Yo no tuve que ver con culpas ni con nada

Cuando bajé reptando del seno de mi madre.

Pequeñita como una muñeca en mis vestidos de inocencia

Reposaba soñando tu epopeya, imagen por imagen.

Nadie moría ni se marchitaba sobre esos escenarios.

Todo ocurría en una blancura perdurable.

Cuando me desperté, desperté entre las tumbas.

Allí encontré tu nombre, con tus huesos y todo,

Todo alistado en una necrópolis estrecha,

Tu piedra con manchitas torcida junto a un cerco de metal.

En este hogar de caridad, este asilo de pobres, donde muertos

Pie con pie se amontonan, cabeza con cabeza, ni una flor

Rotura el suelo. Tal es el Sendero de Azaleas.

Se abre hacia el sur un campo de bardanas.

Seis pies de rubia grava te recubren.

La salvia artificial color rojo está inmóvil

En la cesta de helechos de plástico que han puesto

En la lápida al lado de la tuya, y no se pudre,

Aunque las lluvias licuan un sangriento teñido:

La imitación de pétalos gotea, y gotas rojas.

Otra clase de rojo me perturba:

Cuando tus laxas velas bebieron el aliento de mi hermana

Se empurpuró el mar liso como el maligno paño

Que en tu último retorno desenrolló mi madre.

Tomo en préstamo coturnos de una tragedia antigua.

Lo cierto es que ese fin de octubre de mi llanto natal

Se picó su cabeza un escorpión, señal de mal augurio:

Mi madre te soñó boca abajo en el mar.

Los actores de piedra se ciernen y se toman un respiro.

Traje mi amor como sostén, y entonces te moriste.

Te comió una gangrena hasta los huesos

Dijo mi madre; has muerto como un hombre cualquiera.

¿Cómo llegar a vieja en ese estado mental?

Soy el fantasma de un suicidio infame,

Una navaja azul que se oxida en mi garganta.

Ah, perdona a quien busca perdón cuando golpea,

Padre, a tu puerta... tu perra, hija, amiga.

Mi amor fue el que a los dos nos ha matado.





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