El filósofo Karl Popper, de quien se celebra hoy el centenario de su nacimiento, legó a la filosofía contemporánea una obra que vincula lo teórico con lo práctico y transmite conocimientos útiles tanto para el individuo como para la sociedad y la política.
Nacido en Viena en 1902, Popper participó activamente desde joven tanto en el marxismo como en el movimiento psicoanalítico de Alfred Adler. Conoció también la ortodoxia psicoanalítica de Sigmund Freud, y desde siempre fue un estudioso de la filosofía y la ciencia.
El filósofo fue durante muchas décadas de este siglo un polémico animador de la actividad intelectual, una figura mundial relevante cuyo reconocimiento se debe también a su esfuerzo por escribir tan sencillo y claro como le fuera posible, algo que sentía como una obligación.
Su primera obra, que debía titularse "Los dos problemas fundamentales de teoría del conocimiento", pero que no se publicó hasta 1979, se convirtió tras muchas conversaciones y discusiones con otros filósofos neopositivistas en el núcleo de "La lógica de la investigación científica" (versión alemana, 1934; versión inglesa, 1959).
El libro propone una nueva teoría sobre lo que hay que entender por "conocimiento científico": un conocimiento no verdadero ni probablemente verdadero, sino simplemente hipotético.
Con la anexión de Austria por Hitler, Popper se vio obligado a abandonar Viena, y tras un intento de establecerse en Inglaterra emigró en 1936 a Nueva Zelanda, donde aceptó un cargo de profesor en el Canterbury University College, en Christchurch.
Allí aplicó las ideas metodológicas de la lógica de la investigación científica a las ciencias sociales, con el objetivo de hacer una crítica al marxismo: el resultado es la publicación -no sin muchas dificultades- de "Miseria del historicismo" (1945) y "La sociedad abierta y sus enemigos" (1945).
El título inicial de esta última obra era "Falsos profetas: Platón-Hegel-Marx", y el objetivo de ambos libros era exponer cómo el historicismo había llevado al marxismo y al fascismo.
Popper escribió estos libros como "contribución a la guerra", suponiendo que, acabado el conflicto bélico, una de las necesidades más urgentes sería la de defender la libertad contra toda forma de totalitarismo y autoritarismo. Estas obras representan su principal aporte al campo de la metodología de las ciencias sociales.
Casi todas las obras destacadas del fundador del racionalismo crítico son variaciones sobre un mismo tema: no se trata de conseguir la mayor felicidad posible para el grupo de uno, la clase, la nación, la raza o la humanidad, sino de aspirar al menor sufrimiento posible para todos los que necesitan ayuda.
Y no se trata de buscar certezas, sino de aprender de los errores que se cometen. El núcleo de su propuesta es el crecimiento infinito del conocimiento, es decir, su eterna provisoriedad, y por tanto también su constante progreso.
Consecuente con esta idea, para Popper un enunciado científico sobre la realidad es inválido cuando tiene un error lógico o lo contradice un hecho. En ese caso resulta falsado, se constata su falsedad. Sin embargo, para el racionalismo crítico no existe ninguna constatación de la verdad, sino sólo conjeturas y la refutación de los errores.
Según su teoría, nunca es posible alcanzar la verdad última, porque experiencias contradictorias pueden recibir distintas explicaciones teóricas. A veces, sin embargo, se puede constatar que un enunciado es falso. Si no es el caso, ese enunciado puede mantenerse de forma provisional.
Las tesis de Popper han servido siempre para subrayar las ventajas de una democracia liberal. En un sistema así, ninguna teoría puede arrogarse ser la verdad absoluta, y en cambio se permite la elaboración provisional de hipótesis que deben ser mejoradas de forma constante mediante la discusión crítica.
Esta posición fue criticada en ciertos debates de los años '60, cuyo punto central era la problemática entre la objetividad y los juicios en la ciencia. Popper, que no participó de este debate, aseguró cierta vez que se trataba de "un barullo de una grotesca insignificancia".
Otros filósofos y epistemólogos posteriores han partido de nuevos puntos de arranque para sus teorías y ofrecen distintas orientaciones. Sin embargo, la idea básica de Popper de que vivimos en un universo abierto, en el que los seres humanos deben resolver sus problemas con la conciencia de su ignorancia y su falibilidad, sigue teniendo para muchos una enorme validez. (Télam)