Nosotros: NOS-08
Nosotros
Chau Tito

Por Rogelio Alaniz

En la puerta de El Litoral después de su última entrevista para el diario.. 

Se murió Tito Mufarrege y en homenaje a los sentimientos puedo decir que un pedacito muy entrañable y pintoresco de la ciudad de Santa Fe desaparece con él. Hacía rato que venía caminando por la cuerda floja, pero no sé por qué razón uno pensaba que Tito era tan eterno como la calle San Martín o la Plaza España.


Se fue respetando hasta el último minuto su estilo discreto y reservado. Nunca le gustaron las exageraciones y tenía muy desarrollado el sentimiento de la vergüenza como para consentirse papelones o aflojadas. Se fue como había vivido, tratando de no molestar a los otros y de llamar lo menos posible la atención.

Aunque muchos no lo crean, Tito era un tipo muy respetuoso de su intimidad y no aceptaba ni intromisiones ni fiscalizaciones moralizantes. Su sentido del humor podía ser exquisito. Si se lo proponía, su ironía podía ser demoledora. En sus mejores momentos inventaba giros verbales y aforismos que sólo los podían entender quienes conocían su universo intelectual y político.

Su lenguaje y su estilo eran más santafesinos que los alfajores, los lisos y los mosquitos. Se paseaba por la peatonal con su estampa de Quijote vencido y le gustaba tomarse un café en los bares de calle San Martín o en la terminal de ómnibus.

Como buen santafesino se interesaba por apellidos, linajes y genealogías. Su memoria era admirable. Hablaba de sus hijos naturales y de sus amores con mujeres conocidas. Contaba de sus visitas a los prostíbulos de General López al fondo y de sus relaciones con el hampa santafesina.

Fundamentalmente fue un santafesino del centro, pero de vez en cuando ampliaba su recorrido y entonces era posible ver su frágil figura caminando por algún barrio de las orillas. Siempre el cigarrillo en la boca, el desplazamiento lento, los hombros caídos, los modales pausados.

A veces, muy de vez en cuando, se tomaba un colectivo y se iba a alguna ciudad de Entre Ríos. Se bajaba en la terminal, saboreaba un café en algún bar cercano a la plaza y después regresaba a Santa Fe. Cuando la plata escaseaba prefería irse a Santo Tomé. Se tomaba la "ele" se bajaba en la plaza. Una breve caminata, el infaltable cafecito y de vuelta a su casa de la calle Crespo.

Era respetuoso del tiempo de los otros e incapaz de cometer una grosería o un exabrupto. Las charlas con Tito siempre fueron breves y frescas. Decía dos o tres de sus frases, se fumaba un cigarrillo, hacía algún comentario ligero de la realidad política y se retiraba.

Tito y la literatura


Escribía como hablaba y algunos de sus relatos pueden llegar a ser excelentes aguafuertes santafesinas o el testimonio descarnado de un tiempo y de una ciudad que ya están desapareciendo. Su mundo mítico se había congelado en la década del cincuenta y los primeros años del sesenta. La facultad de Ingeniería Química, el Colegio Industrial, el Club Universitario, las casas y los centros de estudiantes, la Revolución Libertadora, las relaciones de los intelectuales con la izquierda, están presentes en sus textos y formaban parte de su lenguaje cotidiano.

Borges, Tuñón y Arlt fueron sus debilidades literarias. Con Saer mantuvo un duelo interminable. Tito aseguraba que su obra era superior a la de su paisano residente en Francia. "Yo soy más famoso y más querido que Saer" repetía hasta el cansancio. "Las únicas novelas buenas que escribió fue las que me incluyó a mí como personaje", afirmaba.

Dicen que dicen que hasta el último día continuó reclamando una deuda real o imaginaria. Saer por su parte lo acusaba de oportunista y de haber capitulado ante la propuesta conservadora de Angeloz. Tito respondía que Saer recurría a esos golpes bajos porque se quería hacer famoso a su costa. Ahora el debate quedó inconcluso.

Fue el primer grafitero de la ciudad y tal vez el primero del país. Así se lo reconocieron los grafiteros cuando lo declararon el fundador del oficio y pintaron frente a su casa: "Tito, tu corazón es de tiza". Su consigna a favor del rey Simeón de Bulgaria fue sin dudas premonitoria; su llamado a cortar cabezas como racimos de uva en día de vendimia, fue leída y comentada por todos los santafesinos; el apoyo de la UCRA a Viola en 1979 movilizó a los servicios de inteligencia de la ciudad que no sabían quiénes eran los que se habían atrevido a romper la veda política.

El Partido Obrero Stalinista fue otra de sus creaciones políticas y literarias. El POS podía apoyar a Onganía o criticar a Fidel Castro, también podía darse el lujo de declarar la insanía mental de Videla o reclamar la asociación de Argentina a USA. No sé por qué motivos era muy crítico de los trotskistas, al punto que sin exageraciones podría decirse que los trotskistas y los psiquiatras eran sus auténticos y permanentes enemigos.

A veces le gustaba disfrazarse de enfermero y decía que estaba autorizado para ordenar redadas y encerrar locos. Le temía a los psiquiatras pero toleraba a los psicoanalistas: "Esos son inofensivos...curan de palabra, en cambio los psiquiatras te meten los fierritos", afirmaba con su ironía demoledora.

Adelantándose a Foucault y a los disidentes soviéticos, consideraba que el centro de la represión en las sociedades modernas no estaba en el ejército o la policía, sino en los psiquiátricos. "Alaniz... no asuste a los burgueses... yo cada vez que lo hice me encerraron en el Psiquiátrico", me aconsejaba.

Los estudiantes de tres generaciones aprendieron a respetarlo y quererlo. La presentación del "Libro Rojo de Tito" en 1988 convocó a estudiantes, profesionales, políticos y autoridades académicas. Nunca el aula Vélez Sarsfield estuvo tan poblada y nunca el libro de un escritor santafesino despertó tantas expectativas.

Me consta que los chicos lo querían. Mis hijos y los amigos de mis hijos lo frecuentaron y aprendieron a conocer su extraño y maravilloso universo. ¿Fue desgraciado, triste, desdichado? No lo sabemos, pero los que lo conocimos nos consta que con su estilo y su clase brindó preciosos instantes de alegría y felicidad a muchos y que nunca hizo nada para que nadie sufra por su causa.