Exilio y hogar nacional
Alrededor de tres mil argentinos que en su momento dejaron el país para construir su futuro en Miami, decidieron regresar a la Argentina porque Estados Unidos no satisfacía sus expectativas laborales. Una gran número de estos inmigrantes tuvieron serias dificultades para legalizar su documentación, pero en la mayoría de los casos el problema fue que no conseguían trabajo o las ofertas laborales no eran tan beneficiosas como se lo habían contado o como lo imaginaban.
En diferentes editoriales nos hemos referido a los motivos que alentaban a muchos argentinos a abandonar su país, buscando mejores horizontes en el extranjero. La desocupación, la falta de reconocimiento y los bajos salarios fueron algunas de las causas de este exilio que no se inició en estos últimos años, pero que adquirió una preocupante masividad durante el período de la recesión económica.
Si bien en cada caso particular podían llegar a justificarse los motivos que llevaban a muchos jóvenes -y no tan jóvenes-, a buscar nuevos horizontes en el extranjero, siempre se advirtió sobre los peligros de idealizar las condiciones sociales de otros países y se insistió en el compromiso con el país.
Ajenos al nacionalismo de pacotilla o a cierto chauvinismo de mal gusto, en todas las circunstancias hemos alentado la necesidad de asumir nuestra condición nacional y esforzarnos por cambiarla en términos de más libertad y justicia. La salida no estaba, por lo tanto, en irse definitivamente de la Argentina, sino en trabajar para hacerla más habitable para nosotros y para nuestros hijos.
Esto no significaba desconocer nuestras desgracias o eludir las responsabilidades del caso. Una rigurosa verdad histórica nos dice que un país se afianza como Nación y el Estado fortalece su autoridad y su capacidad de gestión, o su destino es la disgregación y la anarquía. Ese fue el peligro que corrimos en algún momento y si el éxodo de cientos de miles de argentinos en los últimos años nos preocupaba seriamente, era porque efectivamente existía una realidad social y política que, en cierta manera, justificaba la decisión de abandonar la patria para siempre.
Hoy queda claro que muchos de los problemas que nos afligían no se han resuelto, pero no es menos cierto que las variables económicas y sociales se han estabilizado y ya no se tiene la sensación que conocimos hace apenas unos meses de estar caminado sin esperanzas al filo del abismo.
El retorno de estos tres mil argentinos desde Miami merece ser interpretado seriamente. Por un lado, quienes volvieron se han dado cuenta de que en la actualidad el mundo está atravesando por una profunda crisis y, por lo tanto, no hay paraísos en donde nos estén esperando con los brazos abiertos y, por el otro, han recibido noticias de que en la Argentina lentamente se está saliendo de la depresión.
Es verdad que las dificultades que aquí existen no son fáciles de sobrellevar, pero no es lo mismo plantearse conseguir trabajo o reconocimiento en el país en donde viven nuestros padres y nuestros amigos, que proponerse objetivos parecidos en el extranjero, en la soledad del exilio y soportando en más de un caso el desprecio o la agresividad de los sedicentes "nacionalistas" de otras tierras.
Muchos, después de peregrinar por consulados, embajadas y oficinas estatales consiguieron la tan ansiada residencia, para después descubrir que los trabajos a los que podían acceder, no eran diferentes a los que les ofrecían en su país natal. Puede que algunos se hayan abierto espacios y estén satisfechos con su destino, pero no son la mayoría y hasta en estos sectores siempre merodea el sentimiento de nostalgia por la patria lejana.
No en vano en el mundo antiguo el destierro era, después de la pena de muerte, el castigo más severo. Ya entonces se sabía que no había nada más cruel que arrancar a una persona de su patria, es decir, de la tierra de sus padres. En el caso que nos ocupa se habla de un exilio que es, por definición, voluntario, pero no obstante ello el sentimiento de desarraigo y vacío sigue pesando, más allá de los procesos de globalización y del debilitamiento de la categoría "Nación".
El regreso de estos tres mil argentinos es, al respecto, muy representativo de lo que está pasando en otras latitudes. Su retorno nos dice que el mundo no es un lugar tan habitable como nos cuentan o como lo imaginamos pero, al mismo tiempo, las inclemencias de nuestra economía y la desintegración social se nos presenta como un desafío acerca de las asignaturas pendientes que tenemos como argentinos a la hora de proponernos construir en serio nuestro "hogar nacional".