Pasión de multitudes
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"Delirio futbolero" es un espectáculo que intenta complacer a todos por igual. Su elenco, los temas que transita (el fútbol, los conductores radiales, los conductores televisivos, alguna guerra) e incluso su manera de abordarlos -desde el humor, el absurdo, la picardía, el dolor, la nostalgia de un pretérito mejor- todo parece responder a una fórmula cuidadosamente estudiada. Así, la totalidad tiene algo de menú fijo: entrada liviana, plato principal, algo dulce para los postres y al final un poco de licor para salir con el corazón aliviado.
El director Ricardo Gandini parte de una idea tanto interesante como ambiciosa: reflejar el mundo del fútbol y algunos de sus protagonistas. Para eso divide el montaje en dos claras secuencias. En la primera, se adapta el cuento de Roberto Fontanarrosa "íQué lástima, Cattamarancio!", y la segunda es un texto que le pertenece, con el título homónimo del montaje.
En el primer caso, se muestra cómo en la emisora Radio Laboral se transmite un partido de fútbol. Se advierte rápidamente que es una radio con un gran equipo de producción: en el aire, el relator toma contacto con un corresponsal en Rusia y otro en Estados Unidos que le informan sobre un posible ataque nuclear. El absurdo es aquí la nota distintiva. La segunda secuencia muestra un estudio de televisión donde se emite un programa titulado "Fútbol": en su desarrollo, el entrevistador hace una nota a una gloria del balompié... pero no lo escucha, preocupado como está más por aparecer atildado y respetar las pautas comerciales. El autor tiene un buen oído para el lenguaje propio del tema que aborda, sobre todo en el registro de los conductores televisivos.
Había cierta expectativa por el debut actoral del periodista Ricardo Porta. En la primera secuencia, su personaje es el del relator del partido, por lo que en realidad no se puede evaluar su labor. Porta hace de Porta y la gracia se pierde, error que debe atribuirse al director de la propuesta. Es en el segundo bloque del espectáculo donde Porta se recibe de actor: su conductor televisivo no tiene desperdicio: la postura, el peluquín, el excesivo maquillaje, la vestimenta riveresca colaboran para que, incluso, pueda burlarse de algún modo de sí mismo. Juega el juego propuesto y gana en el resultado.
Debemos resaltar que en las dos partes de este espectáculo, Porta está acompañado por un actor excelente: la labor de Orlando Martínez es estupenda. El intérprete acepta jugar en "Qué lástima..." y es un comentarista perfecto. En "Delirio..." su composición del viejo ídolo resulta conmovedora, a partir de una labor de indisimulable entrega.
Resultan atractivos la escenografía y el vestuario de Carolina Lazzarini; es correcta la planta de luces de Miguel Novello, en tanto que ofrece dificultades auditivas el sonido de Ariel Kolbrener. Insistimos: el teatro se hace con actores y con sus voces, por lo que resulta innecesario crear la magia de una audición de radio u otra televisiva con micrófonos, sobre todo cuando éstos no funcionan con corrección.