Opinión: OPIN-03 Zenobia Camprubí y el amor egoísta
Por Ana María Zancada


El 28 de octubre de 1956, Zenobia Camprubí, o la sombra cadavérica de lo que había sido una mujer vital, exhalaba su último suspiro en un hospital de Puerto Rico. A su lado, Juan Ramón Jiménez, su marido, perdía con ese aliento los últimos momentos realmente lúcidos que le quedaban.

La historia de Zenobia es triste, pero no única. Muchas fueron las mujeres que resignaron su protagonismo, que postergaron la vida misma para vivir dedicadas a la carrera o a la voluntad del amor del hombre que eligieron para compartir el camino.

¿En esto consiste el verdadero amor? Esta entrega total, este canibalismo atroz en que uno se fagocita al otro, ¿es debilidad? ¿Es sumisión enfermiza? Tal vez, inmersa en el torbellino de una existencia, la protagonista no puede encontrar el camino hacia la libertad. El caso de Zenobia Camprubí fue un ejemplo de lo que significa el voraz egoísmo de una personalidad enfermiza.

El protagonismo de la mujer


Zenobia Camprubí Aymar nació en Malgrat, un pequeño pueblo de la Costa Brava catalana en 1887. Pertenecía a una familia adinerada y creció en un ambiente culto y refinado entre literatura inglesa y negocios familiares.

Las mujeres de su familia nunca aceptaron el papel de cómodas burguesas y eso fue lo que le transmitieron a la joven que como otras de su generación, decidieron romper los límites que la sociedad les imponía, para proyectarse en el concierto nacional.

Su educación estuvo en manos de tutores particulares y su infancia y adolescencia transcurrió entre Nueva York, Madrid y Barcelona.

Inquieta, vivaz, inteligente, la literatura captó su atención desde el principio. A los nueve años ya había redactado su primer cuento. Con sólo quince años comenzó a escribir en inglés para una revista de Nueva York.

En 1909 estaba instalada definitivamente en Madrid habiendo traducido parte de la obra de Rabindranat Tagore al inglés.

El destino manda


En 1913 su camino se cruzó con Juan Ramón Jiménez, el poeta andaluz de la triste sonrisa. Juan Ramón se enamora de Zenobia y la persigue durante dos años. Ella amaba su independencia y le bullía la sangre de actividad y proyectos. Había organizado una escuela para los niños campesinos, colaboraba con sociedades de beneficencia y su mundo no tenía límites. En 1915 vuelve a Nueva York y allí el tenaz asedio del poeta obtiene éxito. Se casan el 2 de marzo de 1916 en la iglesia católica de St. Stephen, en Nueva York. El tiene treinta cinco años, ella veintinueve. (1).

Con su nueva condición, Zenobia comienza a escribir su diario en el que irá volcando todas las angustias de su vida junto a su inestable marido. Juan Ramón era un enfermo. Ya a los diecinueve años, al morir su padre, había tenido que ser internado en una clínica para enfermos mentales, en ese entonces sin eufemismos, manicomio. Era un hipocondríaco con graves problemas de depresión en que no comía, no se lavaba, no hacía planes para el día siguiente porque pensaba que ya habría fallecido (2).

El matrimonio volvió a Madrid y la actividad de Zenobia se multiplicó. En 1919 junto a otras mujeres fundó la asociación La Enfermera a Domicilio. Ocupó la secretaría del Comité para la Concesión de Becas a Mujeres Españolas en el Extranjero. Junto a Carmen Baroja, María de Maeztu y Victoria Kent crearon el Lyceum Club Femenino, inspirado en los que ya existían en Londres y París. Con este tipo de asociaciones pretendían promover la emancipación femenina a través de la educación y la actividad cultural. La época no era muy propicia ya que transcurría 1926. A la par de toda esta actividad Zenobia mantenía el hogar con una intensa dedicación a los negocios, ya que Juan Ramón no tenía precisamente inclinación hacia la economía.

El rostro del exilio


Pero densos nubarrones iban cubriendo el cielo español. La guerra civil comenzó a devorar el corazón del pueblo y la pareja partió nuevamente hacia América. Se instalaron en Cuba donde una sociedad machista impedía expresarse a las mujeres. Zenobia volcó en su diario toda la angustia de una mujer reprimida, entristecida por un marido depresivo y melancólico, el sabor amargo del desarraigo y el atraso cultural que la rodeaba.

Pero en el Lyceum de La Habana, fundado en 1929 por Elena Mederos, encuentra un poco de consuelo y un lugar para dar rienda suelta a su necesidad de actividad. En ningún momento deja de apoyar a JRJ, como lo menciona en su diario, para quien trabaja transcribiendo sus textos, corrigiendo los originales y desempeñando las tareas de secretaria personal.

El sacrificio final


La atmósfera asfixiante de La Habana los decide a viajar a Estados Unidos. Lo hicieron entre 1939 y 1950. Fue una buena época: Miami, Florida, Washington. Estaban en contacto con la colectividad anglo-española como embajadores de la cultura hispánica. Zenobia daba clases en la Universidad de Maryland y con eso les alcanzaba para vivir.

JRJ seguía con sus crisis emocionales. Zenobia escribía en su diario: ..."después de todo soy en parte dueña de mi propia vida y JRJ no puede vivir la suya aparte de la mía. Y yo no acabo de ver ningún ideal por el que valga la pena dar la vida, pese a todo lo que se proclama. En esta empresa nuestra yo siempre he sido Sancho..." (3).

Pero el destino de Zenobia ya estaba marcado. En 1951 fue operada de un cáncer de matriz en Boston pero en 1954, viviendo nuevamente en Puerto Rico el mal vuelve a aparecer. Para no dejar solo a su esposo, que la reclama en forma permanente, se somete a radioterapia en el mismo Puerto Rico. El tratamiento no es el correcto y es prácticamente quemada viva. Cuando en 1956 por fin puede desprenderse de la dependencia asfixiante de JRJ, ya es demasiado tarde. Los médicos horrorizados se niegan a operarla nuevamente. Nadie se explica de dónde saca fuerzas esa mujer para soportar tanto dolor.

Zenobia vuelve a Puerto Rico, apuntando en su diario toda la frustración de una vida consumida por una pasión egoísta y absorbente. Estando ya internada, el 25 de octubre de 1956, reciben la noticia del Premio Nobel de Literatura para Juan Ramón. Tal vez haya sido un consuelo para ella, su sacrificio daba sus frutos, no todo había sido en vano.

Tres días después, terminaba su agonía. JRJ la sobrevivió, internado, un año y medio. Nunca volvió a escribir. Zenobia Camprubí tenía sesenta y nueve años cuando murió. Durante cuarenta años vivió prisionera del amor mezquino y enfermizo de su marido.

(1) y (3) Mujeres en la Historia de España, Planeta 2000.

(2) Historia de mujeres, Rosa Montero, ExtraAlfaguara 1995