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El poder de las palabras
Acompañado por cinco bailarinas y cinco bailarines que le dan un marco que realza la pintura que hace Pinti de la realidad nacional, el actor se desplaza y baila con una gracia que desafía a su talla física, y entona las punzantes canciones por él escritas sin caer en un solo bache, a pesar de las complicadas letras que son un reto aún para memorias tan prodigiosas como la suya. Como siempre, sin pelos en la lengua ni concesiones a lo que algunos definen como buen gusto, Pinti refiere las peripecias de un país "rico pero empobrecido, empobrecido pero fértil", desde aquel lluvioso 25 de Mayo de 1810, originalmente representado, con precipitación incluida, con la música de "Cantando bajo la lluvia". Después, con el entrañable estilo radial de los '50, en un bloque que denomina "Radio Me.Ka.Go. con Frecuencia... modulada", relata los vaivenes de dos décadas de la democracia recuperada a fines del '83 y vapuleada por los sucesivos gobernantes. Sin dejar títere con cabeza dentro del espectro político nacional pero remarcando claramente que la salida tampoco está por la puerta de los cuarteles, entre carcajada y carcajada, reclama a los argentinos el ejercicio de la memoria, representada sobre las tablas por un viejo travesti desmemoriado. Además del gran escenario nacional, algunos de sus monólogos, en los que el espectador intuye que no olvida ni una coma, también reflejan las pequeñas realidades, como la de un jubilado de 82 años que peregrina con su insulina a cuestas mientras espera los tres meses que deben transcurrir para que le den un turno los médicos de la obra social. O la del ex estatal que malgastó su retiro voluntario en frustrados emprendimientos miniempresariales, económicamente quebrado, abandonado por su mujer y sus hijos exiliados, y transformado accidentalmente en travesti, al que no le queda otra alternativa que ejercer el más viejo oficio para subsistir. Casi sobre el final, en tono casi melancólico, relata su sueño de una Argentina "año verde" en la que todo funciona bien, en la que existe la justicia y no hay corrupción ni hambre, en la que sobra el trabajo. Pero el despertar, tras ese sueño de tonos verde esperanza, el escenario vuelve a ser negro, y en el cuadro final, a todo candombe y con figura central y bailarines íntegramente de blanco -es excelente el vestuario de Renata Schussheim-, la canción del cierre exhorta a buscar mediante el voto una nueva dirigencia cuya condición esencial no sea el carisma, sino la transparencia, la honestidad y la eficiencia. Como ya es tradición, Enrique Pinti ofrece sobre la escena una labor actoral de brillante desempeño. Algunos dirán que no, que sólo "dice" sus monólogos. Pero hay que estar dos horas y media permanentemente en escena, cantando, bailando y, esencialmente, cautivando a los espectadores. Los dardos son arrojados hacia los propios argentinos como culpables al elegir a sus gobernantes. "Somos piojos resucitados, desmemoriados, indiferentes y retardados mentales", dispara a la vez que solicita no repetir los mismos errores. A lo largo de su ya larga trayectoria, el actor propone reflexiones para tener en cuenta. Es cuando se descubre que pasan por el escenario los más diversos personajes de una sociedad devastada. Ellos son los que provocan la -vaya paradoja- amarga risa del espectador. Roberto Schneider |
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