Edición del Sábado 27 de noviembre de 2004

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La bella vida de un polimórfico arrepentido
Miguel Brascó vino a Santa Fe para hacer una de las mil cosas que sabe hacer bien: una degustación de vinos en Bodegas del Castelar. El coautor de "Santafesino de veras", junto con Ariel Ramírez, dejó su huella en esta ciudad y no para de encarar proyectos de todo tipo. Hoy conduce un programa en El Gourmet. La entrevista fue una larga charla que ahora abreviamos para estas páginas.

Compuso "Santafesino de veras", pero nació en Puerto Santa Cruz. Vivió en Santa Fe desde los 14 a los 24 años. Puede parecer poco pero fue tiempo de intensa actividad para Brascó, "porque es esa edad en que uno se despliega".

-Estudié en el Colegio Nacional y en la Universidad del Litoral.

-El ex Colegio Nacional...

-¿No existe más? He visto que la mayor parte de las cosas lindas que tenía Santa Fe no existen más. Estuve buscando La Modelo para tomar un liso y no la encontré. Ahora venden de todo allí, menos lisos. ¿Tiran todo en Santa Fe, no? Estudié en Derecho en la UNL. Negocié con mi padre que yo iba a estudiar abogacía pero al mismo tiempo letras, que era lo que me interesaba, y así fue: una la hice formal y la otra informal. Hice el posgrado de Derecho en Madrid en la Universidad Central (hoy Complutense). Me ingenié para hacerme amigo del rector de la Facultad de Letras, que era nada menos que Vicente Aleixandre (poeta premio Nobel).

Era la época de Franco: no estaba tan mal España pero tampoco estaba bien. Era como el primer peronismo aquí. No fuimos lo que se dice amigos, porque él era mayor y una especie de prócer, y yo con 30 años era como de 4º grado a su lado, pero hablábamos mucho de literatura. Apreciaba a los autores latinoamericanos y decía algo que siempre destacan los españoles: que nosotros tenemos una libertad en el uso del idioma que ellos no tienen. Es claro, nosotros no le damos artículo a la RAE (Real Academia Española).

Cuando le dije que quería hacer el posgrado en Letras, le hizo mucha gracia: "tú no puedes hacer el pos porque te falta el pre"."En boca de un poeta me parece inaceptable -le dije. Qué es un título, creo haberle demostrado que sé bastante de literatura". Me autorizó entonces a cursar el posgrado en Letras y, obviamente, el de abogacía.

-¿Colgó el diploma o trabajó de abogado?

-Era buen abogado. Trabajé en un estudio en Buenos Aires dos años y pedí permiso una semana para dar unas charlas en La Paz, Bolivia, con Ariel Ramírez. Nos fuimos de ahí a Lima a dar unos conciertos. Lima en esa época, año '54, era como New York comparado con Argentina, que vivía una época sórdida. Podíamos alquilar un departamento o comprar un auto sin problemas, tener un teléfono en 5 minutos, se importaba de todo, comíamos ostras francesas...

Ariel se volvió y yo empecé una época de vagabundeo, unos 6 años más. Después anduve por Europa. Y cuando volví me tomó el mismo estudio de abogados. Era bueno, sí.

-Los años de Santa Fe dejaron huella...

-En Santa Fe hice cosas interesantes. Una buena experiencia fue la de teatro. Yo trabajaba en el Departamento de Extensión que lo manejaba Oscar Murúa, un intelectual muy liberal. Hicimos el Teatro Universitario. También hicimos el teatro de la Alianza Francesa. Me ha servido mucho, para la televisión, para las presentaciones, aprendí a usar la voz, a moverme, a situarme. Todo lo aprendí entonces.

Los medios y la política

Incursionó en radio, en LT9, "con un programa medio estúpido" y meteóricamente llegó a director artístico, con 24 años. También escribió mucho en El Litoral y recuerda con afecto a Cocho Vittori.

-Fundamos el grupo literario Espadalirio (recita a Lorca "con el aire se batían las espadas como lirios"). Yo era uno de los más jóvenes. Estaban Gianello, Chizini Melo, De Carolis que hacía octavas reales, era muy bueno; Rafincho López Rosas, Galfrascoli (está en Buenos Aires, es un poeta burlón, al tipo de Olivari o González Tuñón).

-¿La política nunca lo tentó?

-Tengo una gran duda de que la política pueda llevar la realidad a estados más maduros y no hacia el caos. Yo estaba muy bien en Europa, iba a entrar como profesor en la Universidad de Lund, Suecia, y mi generación me tentó a volver al país a trabajar por la candidatura de Frondizi porque parecía que iba a cambiar todo en el país. Yo, ingenuo, lo creí y resultó un cachafaz. Después nunca más la política.

Una vez Raúl González Tuñón, que era afiliado al Partido Comunista, (luchó con las brigadas internacionales en la Guerra Civil y era bastante mayor que yo) me propuso afiliarme al PC. Le contesté que ni era comunista ni podía pertenecer a un partido que había tenido gente abominable como Stalin. Me respondió: "Mirá, no sos católico militante, o sea que la Iglesia no te apoya; no sos homosexual, ni pertenecés a un partido, por consiguiente tampoco te ayudan; tenés que buscarte un apoyo, de lo contrario los escritores pasan inadvertidos". Y tenía razón, si yo me hubiera afiliado al PC hubiera tenido todo el aparato del partido como tantos. Es así.

De la boutique a la cacerola

-¿Cómo llegan el vino y la gastronomía?

-Empecé por casualidad. Cuando era joven comía muy poco, era flaco y no sabía nada de eso. Escribía en una revista muy importante de entonces: Claudia. A la dueña, Mina Civita, le gustaba mi estilo pero decía que me faltaba conocer lo que hablaban las mujeres. Me hacía ir a un negocio de ellos, La Boutique de Claudia, yo me sentaba una hora y escuchaba hablar a las mujeres. No cambié mi estilo, pero me convertí en experto en mujeres. Tenía en esa revista una sección fuerte, La Bella Vida y escribía sobre todo lo que era disfrute del vivir aplicando pautas de la cultura a la vida cotidiana. Era un periodista libre, no me indicaban nada ni me editaban las notas. Empecé a escribir sobre restaurantes, tenía que recorrerlos y así me vi obligado a aprender. Yo sabía cocinar desde chico, pero ahí aprendí de verdad.

-Formó parte del selecto club Epicure, del que fue secretario 15 años. Son clubes con un reglamento internacional, muy exclusivos, solamente 30 socios y cada vez cocina uno de ellos.

-Funcionaba en el Plaza Hotel. Un día me invitaron y también al Gato Dumas a quien yo no conocía. Él acababa de llegar de Inglaterra, tenía el pelo batido, enrulado y llevaba muchas cadenas, muy hippie. Yo pensaba: "De este tipo no podría ser amigo nunca", pero después nos hicimos muy amigos. Él cambió el oficio de cocinero, le dio prestigio.

Aprendí mucho. El dueño de Bodegas López, que era como un duque, me sentaba siempre a su lado y me enseñaba a comer, a desgustar el vino, a indicarle a los mozos. Me fui porque esos clubes en algún punto decaen y se convierten en lugares de relaciones públicas. Fundé otro club "The twelve fishermen" sacado de un libro de Chesterton, y después también "The Fork Club".

Un escritor que dibuja

-Aparte de fundador de clubes, es músico, compositor, humorista, escritor, periodista, dibujante, y todo lo hace bien.

-No. Ése fue un error de estrategia. Cuando era joven me divertía la idea de ser polimórfico y poder hacer tantas cosas. Pero fue un error. Por ejemplo, hice dos exposiciones de dibujos, acuarelas y aguadas y vendí todo, pero los críticos escribían: "Brascó, el periodista experto en vinos, expone...". Mis colegas de vinos dicen "Brascó también es un gran dibujante".

Edité una novela en Tusquets, se vendió bien pero pasó sin pena ni gloria. Se llama "Quejido Huacho", que era el nombre de una serie de notas de humor que yo había publicado en un diario de Buenos Aires. Al editor le habían gustado y le puso ese nombre. Le dije que la novela es amena pero seria, dramática, una metáfora sobre Argentina, pero no hubo caso, me tenía como humorista. Por eso reniego. El polimorfismo es una perversión. Profesionalmente, hay que ser una sola cosa. Por eso cuando me propusieron hacer otra exposición dije: "No, porque no soy dibujante soy un escritor que dibuja". Hasta que una amiga me respondió hace poco: "Entonces hacé una exposición de un escritor que dibuja". Mientras, me perdí 30 años.

Música, lenguas y humor

Apasionado por la música desde chico, aprendió, sin embargo, componiendo con Ariel Ramírez. Compuso folclore, tangos, y hasta el libreto de una ópera. Anda en busca de alguien que le ponga música. El final es con dos orquestas, una clásica y una de jazz, que se mezclan y a la vez son independientes.

Ha traducido poetas ingleses y holandeses. "Soy bilingüe. En la Patagonia, si uno no hablaba inglés no comía. Iba a la casa de mis amigos, estaba la madre tomando el té. Si le decías: "¿me puede pasar el pan?", "Pan no, bred", y así aprendí. Cuando estuve en España traduje poetas ingleses. Yo no leía diarios españoles, que eran franquistas muy aburridos, leía el London Times. Conocí en esa época a Robert Graves. Vivía en la isla de Mallorca, donde no había turismo entonces. Era un gran novelista, un hombre de una gran cultura.

-¿Y la faceta humorística?

-Escribí mucho humor: por ejemplo en Tía Vicenta, también en Leoplán. Era una revista mensual muy importante, en la Patagonia yo la esperaba porque allí aprendí a leer obras como "Los Tres Mosqueteros". Cuando volví al país después de mucho tiempo me pidieron una tapa para Leoplán. Fue una emoción inmensa, aquello que había sido un sueño de chico estaba ahí. Hice varias tapas y una sección de humor. En esa revista escribieron Rodolfo Walsh, Carlos del Peral y varios escritores serios.

Periodista de vinos

-Fundó varias revistas muy especiales...

-Sí, con Carlos del Peral hicimos "Cuatro Patas". Fundé "Cusines et vins". Hice "Status" una revista totalmente libre en plena época de la dictadura militar, parece una contradicción. Fui al Comando del Ejército y hablé con unos coroneles, era antes de que empezara la represión. Estaban todos preocupadísimos en cómo vencer a Montoneros. Yo les dije: "Si no los puedes vencer, únete a ellos". Me miraron con una cara...

Les expliqué que quería hacer una revista libre, para hombres y que no me la censuraran cada vez. Me dijeron: "Pero salen tetas". Les contesté: "¿Prefieren que salgan genitales masculinos en vez de tetas? Es una revista para machos". Y eso les gustó. Era un negocio conjunto con un grupo brasileño, pero la que salía en Brasil era abominable, directamente porno. Los dueños empezaron a ver la de acá, que era inteligente, y me dieron la terrible misión de ir a modificar la revista de allá.

-También hizo Ego con Lanata

-Sí, una revista de buena vida, de consumos caros. Cuando vino el corralito se fue al diablo. Estuvimos todos en la miseria. La reemplacé por Wines, de la que salió un solo ejemplar. La escribí en castellano con estructura inglesa y la hice traducir por una inglesa muy culta, que le dio la música del idioma. Después que yo la reescribí con mi estilo y se la mandé a una escritora amiga a Australia para que la revisara y no pareciera una traducción. Tuvo un gran éxito comercial pero dio mucho trabajo. Funcionó como folleto de todos los vinos de Argentina.

-¿Cuál de todas esas facetas suyas predominan?

-Depende. Ahora soy periodista de vinos.

"No hay que jubilarse"

Desde joven empezó a transitar distintos caminos culturales y todos los hizo y hace bien: abogacía, periodismo, humor, música, literatura, teatro, traducción, enología, dibujo, gastronomía. Fundó clubes epicúreos y editó revistas. Hoy conduce un programa en el canal El Gourmet. Va por el quinto matrimonio.

Ha conocido personajes antológicos y es amigo de muchos de ellos, como Quino. Es muy conocida la circunstancia en la que Brascó lo recomendó como dibujante para una tira publicitaria de la que nació Mafalda, por eso la obviamos en la charla.

Coautor con Ariel Ramírez de "Santafesino de veras", dejó su huella en Santa Fe y no deja de encarar proyectos de todo tipo. Su secreto parece ser éste: "No hay que jubilarse; una empresa puede prescindir de alguien pero es decisión de uno no tomar esa actitud y seguir en actividad. Y no hay que tener edad. Yo cumplo por décadas: sé que estoy en la década de los 70, pero no sé, mi edad ni me interesa".

Tiempos modernos

"Me encanta el e-mail -dice Miguel Brascó. Es fantástico. Y la computadora irreemplazable. Yo me compré una máquina de escribir eléctrica cuando era una novedad total, carísima, solamente porque en una revista americana había una foto de Truman Capote delante de una máquina de esas. Años después lo conocí en Nueva York, era un tipo encantador. Le conté y me dijo que jamás había usado una máquina de esas, él escribía a lápiz. Era sólo una foto armada".

María Alejandrina Argüelles





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