Dame gas
Por Roberto Maurer
Con los abismos que separan la cultura de generaciones diferentes, quienes vieron a Gardel aquella noche en el cine Apolo, o conocieron el lanzaperfumes, y están vivos, claro, tal vez se les escapa el sentido del vocablo bizarro. Una buena manera de alcanzar la comprensión profunda de esa expresión convertida en género, tan de actualidad, consiste en acudir a "El Show de Johnny Allon", los sábados a la nochecita en el 26, el canal de Alberto Pierri, que, a su manera, fue un bizarro del sistema político. El programa está realizado con una sola cámara, a la cual el corpulento animador se dirige con un "cambiame la música", o "dame gas", que son frases que se están inscribiendo en el libro grande de la tele. Ya que existe una sola cámara fija y debe aprovecharse ese recurso tan limitado, la lente acerca y aleja continuamente la imagen de Johnny Allon, y se vale de otros medios desesperados propios de tanta escasez, como cuando el corpulento animador, solitario, en su diálogo permanente con la cámara le pide un plano corto que se detiene en sus ojos de león triste. Presenta videos musicales y promociona su Disco Planeta Show, uno de los negocios de su época actual de empresario.
En "Indomables"
En la sección de "Indomables" dedicada a reproducir momentos inenarrables de los programas de cable, "El show de Johnny Allon" fue rescatado como una joya del oscuro canal 26. Y el otro día, el propio Johnny Allon fue invitado, en vivo, al espacio donde había sido gastado por Roberto Petinatto y sus secuaces. Petinatto volcó, como dicen ahora, al presentarlo equivocadamente como un DJ de los '80, ignorando que se encontraba con una importante ruina cultural argentina, anterior a esa década, cuya conservación el país necesita asegurar junto con "Titanes en el ring" y la Doctrina Peronista, como fragmentos de una tierra desaparecida. "Soy cantante", corrigió el extravagante personaje, y Petinatto volvió a errar: "¿Vos pasaste por El Club del Clan?", le preguntó. -No, yo estaba en "Ritmo de Juventud", de Canal 11, que era peor. La historia de Johnny Allon, según abundante bibliografía, arranca a mediados de los '60 con "Los Happy Boys" y "Los Tammys", imitadores de los Beatles donde nuestro personaje cantaba en inglés por fonética, aunque su debut se produjo a los 15 años en un cabaret de Mataderos, cuando todavía su nombre era Antonio Juan Sánchez. Formó "Caballo de vapor" y después grabó como Johnny Allon y su Banda Púrpura. Habría sido el primero en difundir en la Argentina el flequillo de John Lennon, un look que luego cambiaría por otro semejante al de Elio Roca, con el mismo estampado de camisa, según lo testimonia la tapa del vinilo "Caminando por el centro", cuando ya se había lanzado como solista de Microfón. En esa onda romántica escribió "Quince años y un día tenía mi amor" y "No te fíes de la rosa", y hasta apareció en una película, la única, de 1966, titulada "Una ventana al éxito", donde se pierde entre infinitos números musicales que van desde Juan Ramón a Los Chalchaleros.
Por grasa
En los '80 presentó videos en un canal de aire, y tuvo un precursor programa de computación que, juran quienes lo vieron, era patético. "Me echaron de la televisión abierta por grasa, y después Tinelli dio vuelta todo. Trajo a los Pibes Chorros y todos los turros de la cumbia villera, que hicieron mierda a la música argentina", declaró con una agudeza digna de mejor reconocimiento, y que remató con un: "La verdad es que ahora somos 36 millones de grasas". Ese es Johnny Allon, ahora empresario de una radio y una disco, el que estuvo con Pettinato, con cuyas bromas colaboró generosamente. Es un tipo grandote, de largos cables amarillos. Y es posible preguntarse si en ese universo de la farándula, los personajes concurren al solo efecto de recibir humillaciones a cambio de promoción o si van, viciosamente, porque las cámaras representan un elixir irresistible. Al final, Johnny Allon reveló una parte del secreto, o al menos descubrió el funcionamiento del mecanismo, al decir algo así: "Cómo estará la Argentina para que la gente se entretenga un rato con un gil". El gil era él, por cierto, pero con sus ojitos inteligentes estaba diciendo a quienes lo rodeaban que lo de ellos era peor, porque estaban condenados a procurarse un gil para mantenerse en la tele.
|