Vemos al viejo ex periodista que acomoda papeles (hay un ventanal detrás, edificios, cables que recortan sus contornos) y revisa documentos (éstos forman parte de su despedida del mundo editorial, nos dice la voz en off). Ha redactado una furiosa crítica a los vicios de la profesión (a la profesión, en rigor), descarnada, visceral e implacable (no tiene dudas de la reacción corporativa de quienes se arrogan la representación de todos). Esboza una media sonrisa cuando lee, en voz alta, para la cámara: "... (los periodistas) esos condenados al necio trabajo de adjetivar y sentenciar".
Vemos al joven periodista, en un luminoso departamento (la imagen en blanco y negro, los muebles, la ropa, indican un pasado lejano). En su rostro, un gesto denota intimidación o hartazgo (es un gesto ambiguo). Pregunta (el audio no es bueno) algo así como �cuál es su mayor deseo para su obra?. Enfrente, el viejo autor (célebre, como ausente, aburrido, ya muerto) desparramado en un sillón, fuma. El encuentro (después nos enteraremos) ha sido casi infértil. El joven procura que el afamado escritor abandone la armadura y establezca un diálogo que trascienda la sucesión de preguntas y respuestas como en un standar interpretado sin vida. El joven periodista (mientras corre el celuloide) apenas observa al autor consagrado (harto, embriagado, trasnochado, o lo que fuere). Espera que el viejo (tan extraordinario como insoportable) justifique su viaje, sus viáticos, su trabajo. Han hablado (cansadamente) sobre su último libro, con los tópicos habituales: el argumento, los personajes, el panorama actual de la literatura argentina... El joven periodista recuerda (como una revelación) la frase que alguna vez le dijeron: "Es mejor no conocer a los héroes, siempre decepcionan".
(Ha habido un corte en la cinta). La pregunta del joven (escena 2), aunque pobre, conmueve al viejo. Repentinamente, vemos al autor (ahora entusiasmado) hurgando, con movimientos torpes, entre papeles y discos de 33 RPM. La toma (que es pésima técnicamente, pero tiene vértigo) refleja al viejo eligiendo discos (eso parece). Se escuchan (el sonido no es bueno), en sucesión, la voz de Janis Joplin, algo de Piazzolla, quizás Lennon. El viejo (se refleja vagamente en un primer plano de la cámara dos) lagrimea. "Quisiera (dice finalmente) que alguno de mis escritos haya despertado, para alguien, alguna vez, la profunda emotividad de algunas músicas, que haya tocado la fibra íntima de las personas como logra hacerlo la música, todo lo demás es anecdótico y poco importante", dice.
El joven periodista (que pasó en segundos de la desazón a la euforia, nos dice la voz en off) regresó esa tarde al canal. Dijo (emocionado) que sólo tenía una declaración breve y perfecta del Nobel; sin intervenciones, sin filtros, sin sentencias, sin calificaciones, sin su intromisión (felizmente, dijo): el artista, solo, en estado puro. Hoy renombrado (ya viejo), el ex cronista devenido literato se despide del mundo editorial, y un documental sobre su vida cita aquel encuentro de hace años, que lo convenció de dejar prontamente el periodismo. "Yo también quise ir tras la música", dice ahora, a cámara, mientras en el ventanal cae la sombra de la tarde (y aparecen los créditos y la música que despide el envío).