Una carta de Mallarmé


Ediciones del Copista, de Córdoba, acaba de editar "Cartas sobre la poesía", del autor de "Les Noces d'Hérodiade", "L'AprŽs-Midi d'un Faune". De la enorme mole de correspondencia de Stéphane Mallarmé (1842-1898), que abarca doce enormes volúmenes, Rodolfo Alonso ha seleccionado y traducido un grupo de esas cartas, aquéllas en las cuales disquisiciones sobre su original y rigurosa concepción de la poesía se mezclan con las preocupaciones cotidianas y las experiencias de vida, como en esta carta destinada a su íntimo amigo Cazalis.

Mi querido Henri,

-Tengo entonces que contarte tres meses, a muy grandes rasgos: íes espantoso, sin embargo! Los transcurrí, encarnizado sobre Herodías, ími lámpara lo sabe! He escrito la obertura musical, casi todavía en estado de esbozo, pero puedo decir sin presunción que será de un efecto inaudito, y que la escena dramática que tú conoces no es con respecto a esos versos más que una vulgar estampa de Épinal comparada con una tela de Leonardo da Vinci. Necesitaré tres o cuatro inviernos todavía para acabar esta obra, pero habré hecho al fin lo que yo sueño es un Poema -digno de Poe y que los suyos no superarán.

íPara que te hable con esta firmeza, yo que soy la víctima eterna del Desaliento, es necesario que entrevea verdaderos esplendores!

Desdichadamente, ahondando los versos hasta ese punto, he encontrado dos abismos que me desesperan. Uno es la Nada, a la cual he llegado sin conocer el Budismo, y estoy todavía demasiado desolado para poder creer aún en mi poesía y volver a ponerme al trabajo, que ese pensamiento aplastante me ha hecho abandonar. Sí, lo sé, no somos más que vanas formas de la materia -pero bien sublimes para haber inventado a Dios y nuestra alma. Tan sublime, íamigo mío! que quiero darme ese espectáculo de la materia, teniendo conciencia de ella y, sin embargo, lanzándose locamente en el Sueño que ella sabe no ser, cantando el Alma y todas las divinas impresiones semejantes que se han atesorado en nosotros desde las primeras edades, íy proclamando, ante la Nada que es la verdad, esas gloriosas mentiras! Tal es el plan de mi volumen Lírico, y tal será quizá su título, La Gloria de la Mentira, o la Gloriosa Mentira. íYo cantaré como desesperado!

íSi vivo el tiempo necesario! Porque el otro vacío que ha encontrado, es el de mi pecho. No estoy realmente muy bien, y no puedo respirar ampliamente ni con la voluptuosidad del bienestar. En fin, no hablemos de eso. Lo que me entristece solamente es soñar, si no estoy destinado más que a ver algunos años, ícuánto tiempo pierdo en ganarme la vida, y cuántas horas, que ya no tendré, deberían ser ofrecidas al Arte!

En efecto, qué de impresiones poéticas tendría, si no estuviera obligado a cortar todas mis jornadas, encadenado sin tregua al más estúpido oficio, y al más agobiante, porque decirte cuánto mis clases, llenas de gritos y de piedras arrojadas, me quiebran, sería desear apenarte. Regreso, embrutecido. He ahí por qué, amigo mío, me he servido de ese cruel trabajo nocturno. En cuanto a ahora, descanso (aunque no participe de la primavera, que me parece a millones de leguas detrás de mis cristales) y, huyendo del querido suplicio de Herodías, vuelvo al primero de Mayo a mi Fauno, tal como lo he concebido, íverdadero trabajo estival!

No me interrumpiré más que para la corrección de mis poemas del Parmasse, que espero recibir pronto en pruebas, si no me olvidan de hecho. Lo que me dices de las primeras correcciones me aflige. Ellas no pueden ser malas en bloque, sin embargo; o sería un signo de decadencia. Yo que creo en una superioridad real de ahora sobre antaño, las encuentro, con excepción de una, o dos, que no son definitivas, excelentes y mi conciencia me impide cambiar nada. Hubiera deseado que Catulle me indicase las que no le gustaban.

Adiós, mi buen Henri, no te inquietes por ciertos pasajes de mi carta, no trabajaré de noche, este verano, pero voy a retomar mis bellas mañanas azules. No te aflijas, tampoco, de mi tristeza, que viene quizás del dolor que me causa la salud de Baudelaire, que durante dos días he creído muerto. (íOh! íqué dos días! todavía estoy aterrado de la desgracia presente).

Marie, que está siempre pálida y débil, te tiende su mano fría, y Genevieve, una verdadera mujercita, andando, hablando y que tú te comerías a besos, pone su más linda sonrisa para ti y te ofrece uno de sus papelitos.

Adiós.

Tu

Stéphane.

(Traducción de Rodolfo Alonso).