"Hay que ser absolutamente moderno", escribió Arthur Rimbaud. Unos sesenta años más tarde, Gombrowicz no estaba tan seguro de que eso fuera necesario. En Ferdydurke (publicado en Polonia en 1938), la familia Lejeune está dominada por la hija, una "colegiala moderna". A la chica le encanta llamar por teléfono; desprecia a los autores clásicos; cuando un señor llega de visita, "se limita a mirarlo y, mientras se mete entre los dientes un destornillador que sostenía en la mano derecha, le alarga la mano izquierda con total desenvoltura".
También su madre es moderna; es miembro del "comité para la protección de los recién nacidos"; milita contra la pena de muerte y a favor de la libertad de costumbres; "ostensiblemente, con aire desenvuelto, se dirige hacia el retrete", del que sale "más altiva de lo que ha entrado"; a medida que envejece, la modernidad se vuelve para ella indispensable como único "sustituto de la juventud".
�Y su padre? El también es moderno; no piensa nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y a su mujer.
Gombrowicz captó en Ferdydurke el giro fundamental que se produjo durante el siglo XX; hasta entonces, la humanidad se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían cambiarlo; ahora bien, la aceleración de la historia tuvo consecuencias mientras que, antaño, el hombre vivía en el mismo escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, llegó el momento en que, de repente, empezó a sentir que la historia se movía bajo sus pies, como una cinta transportadora: íel statu quo se ponía en movimiento! íDe golpe, estar de acuerdo con el statu quo fue lo mismo que estar de acuerdo con la historia que se mueve! íAl fin, se pudo ser a la vez progresista y conformista, bienpensante y rebelde!
Acusado de reaccionario por Sartre y los suyos, Camus dio la célebre réplica a los que han "colocado su sillón en el sentido de la historia"; Camus vio acertadamente, sólo que no sabía que ese hermoso sillón tenía ruedas, y que desde hacía ya algún tiempo todo el mundo lo empujaba hacia delante, los colegiales modernos, sus madres, sus padres, así como todos los luchadores contra la pena de muerte y todos los miembros del comité para la protección de los recién nacidos y, por supuesto, todos los políticos que, mientras empujaban el sillón, volvían sus rostros sonrientes al público que corría tras ellos, y que también reía, a sabiendas de que sólo el que se alegra de ser moderno es auténticamente moderno.
Fue entonces cuando una parte de los herederos de Rimbaud comprendieron algo inaudito: hoy, la única modernidad digna de ese nombre es la modernidad antimoderna.
Cuando Flaubert contó a Turguéniev, el proyecto de Bouvard y Pécuchet, éste le recomendó vivamente que lo tratara con mucha brevedad. Perfecto consejo de un profesional. Porque semejante historia sólo puede mantener su eficacia cómica en forma de un relato breve; la extensión la volvería monótona y aburrida, cuando no totalmente absurda. Pero Flaubert persiste; explica a Turguéniev: "Si trato (este tema) con brevedad, de una manera concisa y ligera, será una fantasía con más o menos esprit, pero sin alcance ni verosimilitud, mientras que, si la detallo y la desarrollo, parecerá que creo en mi historia, y puede ser algo serio e incluso pavoroso".
Incluso cuando nadie lea ya las novelas de Flaubert, nadie olvidará la frase "Madame Bovary soy yo". Flaubert jamás escribió esta frase gloriosa. Se la debemos a la señorita Amélie Bosquet, novelista mediocre, que manifestó su afecto por su amigo Flaubert, destrozando La educación sentimental en dos artículos particularmente necios. Amélie le confesó a alguien, cuyo nombre sigue siendo desconocido, una valiosísima información: un día, ella había preguntado a Flaubert qué mujer le había inspirado el personaje de Emma Bovary, y él habría respondido: "íMadame Bovary soy yo!". Impresionado, el desconocido pasó la información a un tal Deschermes, quien, impresionado a su vez, la divulgó. El montón de comentarios que ha inspirado este apócrifo habla por sí solo de la futilidad de la teoría literaria, que, impotente ante una obra de arte, suministra hasta el infinito tópicos sobre la psicología del autor. También dicen mucho de lo que llamamos memoria.
Por Milan Kundera